El arte de entender el caos CAPÍTULO 44Lena
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CAPÍTULO 44Lena

Me dirigí hacia el comedor aún dormida, con el recuerdo de haber dormido pegada al musculoso cuerpo de Nathan, después de caer rendida mientras lo miraba, gritando con la mirada un «te quiero» más grande que cualquier otro que haya dicho en mi vida.

Cuando crucé la puerta del comedor, me lo encontré sentado en nuestra isla, con el portátil abierto y tomando un café.

Me acerqué a él y me acurruqué en su hombro; él me besó la frente.

—¿Qué hora es? ¿Dónde están Chiara y Elaia? —pregunté.

—Las nueve y media —dijo con una tranquilidad inentendible.

—¿Qué? ¡Deberíamos estar en la oficina! Madre mía… Scarlett nos va a matar —dije, rectificando a último momento.

—Deja que te lo explique mientras te preparo el café, ¿vale? —respondió.

Asentí mientras lo veía moverse por nuestra minúscula cocina, como si ya supiera dónde estaba todo. Estaba alucinando. Cogió mi taza preferida del armario superior y puso la cafetera en el fogón. Chiara nos obligaba a beber café de cafetera italiana, decía que era un pecado tomar cápsulas.

—Le he pedido a Elaia que le diga a Scarlett que hoy teletrabajas porque estabas cansada de las grabaciones de estos días. Y tranquila, Chiara me ha dicho que hablará con Scarlett si es necesario.

Lo miré confusa, no solo por lo que me había contado, sino porque también había estado con las chicas antes de que se marcharan. Me hubiera hecho gracia observar la situación por una mirilla.

—¿Y qué hay de ti? Como nos descubran… ¿Sabes que sigues en período de prueba, no?

—Tranquila, ayer antes de dormir le mandé un correo a Conrad para tener una reunión y hablar sobre su manuscrito. El de fantasía, ¿recuerdas? —Miró el reloj y añadió—: Tengo la reunión en cinco minutos. Si quieres, mientras, dúchate o sigue descansando, y después vemos qué hacemos.

—Madre mía, empiezo a pensar que estás loco.

—Ya te lo dije, ojitos, estoy loco por ti.

Esbocé una sonrisa cuando dijo aquello.

—¿Y qué hay de Elaia y Chiara? —pregunté.

—Ah, sí. Bueno, digamos que no les ha extrañado mucho encontrarme aquí. Me han dicho que ayer por la noche nos habían escuchado y me han recordado que te dijera que eres una escandalosa.

—Serán perras… —dije con una sonrisa.

—La verdad es que no he sabido casi cómo actuar cuando me he encontrado con Chiara. Sé que son tus amigas, claro… Lo de Elaia ya lo tengo superado, pero la última vez que hablé tanto con Chiara me estaba entrevistando para el puesto.

Me eché a reír.

—Seguro que habéis chismeado sobre mí

—No te lo voy a negar —dijo entre risas—. Además, Chiara es más cotilla que Elaia, si se puede decir.

—No sabes cuánto…

Ambos nos reímos.

—Preparo la reunión y hablamos cuando acabe, ¿vale?

Me acerqué a su pelo revoltoso y se lo peine por encima.

—Así estás más guapo —le dije.

Le besé y me escabullí en el sofá para tomarme el café que me había preparado en mi taza favorita, una taza de corazones preciosa.

Tenía un estilo un poco señorial; la compré porque me recordaba a los Bridgerton , y también a mi abuela.

Era bastante raro tener una especie de apego a una taza, pero era inevitable no pensar en el recuerdo de mi abuela, de su vajilla en la casa de la playa.

Tenía miles de recuerdos de cuando tomábamos café junto a mi abuelo, incluso de esas mañanas desayunando Cola-cao cuando era pequeña.

Sonreí mientras me bebía el café. Porque, de una manera u otra, pensé en cómo mi abuela se alegraría de verme así.

Rodeé el anillo con mis dedos y sentí como si hubiera sido ella quien había puesto a Nathan en mi camino.

Como una especie de explicación de por qué no había funcionado antes con nadie más.

Está claro que el amor no entiende de momentos, ni de edades, ni de personas.

Siempre llega cuando menos te lo esperas y consigue demostrarte que aún queda esperanza, incluso cuando creías haberla perdido.