El arte de entender el caos CAPÍTULO 43Nathan
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CAPÍTULO 43Nathan

Estar con Lena era una constante felicidad.

Ella brillaba, y lo hacía con tanta fuerza que nos iluminaba a los dos.

No quería llegar aquí porque no quería separarme de ella.

Solo quería seguir encontrándola a mi lado cuando abría los ojos al despertar.

Quería notar sus brazos rodeándome por la noche, quería escucharla hablar hasta quedarme dormido y, sí, también quería seguir haciéndole el amor todas las veces que fueran posibles.

—No quiero despedirme de ti. Prometo que, si me dejas subir, no seré un estorbo.

Me cogió por la cintura, me acercó a ella y me besó mientras abría la puerta, impaciente. Supuse que tenía las mismas ganas que yo de encontrarnos tumbados en la cama mientras enredábamos nuestros cuerpos.

—Chiara ha salido, nos lo ha dicho antes por el grupo, y Elaia se ha quedado con James para retocar algún vídeo —dijo mientras no dejaba de besarme.

Ni siquiera le respondí, me hubiera dado igual que estuviera ahí cualquier persona, porque lo único que quería con urgencia era hacerla mía y posponer esta despedida.

Avanzamos con paso seguro hacia su habitación.

No era muy grande, y, a pesar de estar bastante desordenada: ropa sobre la silla, libros abiertos en el suelo, el armario abierto…

me pareció un caos encantador, como ella.

La cama estaba libre de objetos, así que nos dejamos caer en ella después de dejar las maletas y los abrigos apelotonados con el resto de cosas.

Me sorprendía lo mucho que me gustaba, a pesar de ser tan diferente a mí en cuanto al orden se refiere.

Lena desordenaba todo lo que tenía a su lado, incluso mi cabeza.

Hacía solo una semana la tenía ahí, amueblada y clara, y ahora mismo estaba desordenada de cojones, pero era un desorden que me gustaba; podía acostumbrarme a él.

Se sentó a horcajadas encima de mí y se quitó la camiseta despacio mientras me miraba.

Me estremecí de manera involuntaria, pero es que era una diosa del Olimpo.

Creo que la había deseado desde el primer día que la conocí, cuando se enfadó por haber ordenado su escritorio.

Me gustaba su pelo, sus ojos, la manera en la que me miraba, y qué decir de su sonrisa…

Era segura de sí misma, juguetona y también peleona, y esta complicidad que teníamos juntos solo me hacía quererla más y más.

Me incorporé lo mínimo para quitarme la camiseta, aproveché para desabrocharle el sujetador y me volví a dejar caer bajo sus piernas. Me besó el cuello con cariño, y le mordí la oreja con suavidad. Sabía cuánto le gustaba. Le susurré lo preciosa que me parecía y ella sonrió.

Le acaricié el abdomen, hasta llegar a su entrepierna, y colé mi mano en ella pese al poco espacio que había.

Gimió, gimió tanto que, antes siquiera de tocarme, pensaba que estaba a punto de rozar el clímax.

Tuve que contenerme y parar para controlar a la bestia.

Frené el movimiento de mi mano. Cogí a Lena y la tumbé a mi lado.

Mientras nos besábamos, terminé encima suyo.

Le besé los pechos mientras bajaba y, con la otra mano, le introduje un dedo y después dos. Estaba muy húmeda.

—Te deseo tanto, Lena, joder. Me encantas.

—Hazme el amor. —Se removió debajo de mí.

Abrió una cajita que tenía encima de la mesita de noche y sacó un condón. Lo abrió y, antes de ponerlo sobre mi erección, la acarició; solo ese roce me volvió loco.

—No te he tocado aún.

—Si lo haces, no creo que pueda penetrarte.

Se rio picarona y me puso el preservativo.

Levanté sus piernas con suavidad mientras la besaba y entré en su interior despacio.

Ella guio el movimiento mientras me cogía del culo y, casi sin darme cuenta, las caderas empezaron a moverse con fuerza, chocando en su interior y vi cómo le estaba gustando.

Puso los ojos en blanco cada vez que le golpeaba fuerte.

Clavó las uñas en mis nalgas y me suplicó que nos corrieramos juntos.

No necesité más que verla así para irme con ella.

Gemimos los dos, compenetrados como si aquel acto nos hubiera matado a ambos. Salí despacio de sus piernas y me miró el pene.

—¿Crees que podríamos hacerlo otra vez?

—Como guste —le dije en cachondeo.

Ni siquiera sabía si podía tocarme sin que se me cayera a pedazos.

Pero me moría por pasar la noche dentro de ella.

Las siguientes horas nos las pasamos jugueteando, enredados en el edredón de su cama.

Lena quería probar cosas y yo le dejaba probarlas.

Hicimos el amor de tantas maneras que había perdido la cuenta.

Una de las veces, me la chupó mientras sus ojos perseguían los míos sin apartar la mirada y yo solo quería correrme.

—¿Puedo correrme sobre ti? —le pregunté.

Asintió mientras me miraba y colocó sus pechos frente a mi pene para que me corriera. Me la agarró con la mano y me corrí, ensuciando sus preciosos pechos.

No tenía ni idea de dónde iba a dormir esa noche, pero yo solo quería complacerla. Complacernos sin pensar en mañana.

—¿Por qué follas tan bien?

—¿Por qué eres tan experta en soltar siempre lo primero que se te pasa por la cabeza sin pensar?

—Se llama sinceridad… o transparencia.

—Genial, pues espero que tu próxima sinceridad no sea tan marrana.

—Lo siento —dijo divertida mientras acariciaba mi abdomen—, es que tenerte encima me hace decir cosas absurdas.

—¿Cosas como, por ejemplo, «te quiero»?

—¿Sería muy absurdo que te lo dijera?

—Sería más absurdo que nos mintiéramos.

—Tienes razón… sería absurdo. Muy absurdo.

Me acarició la cara mientras seguía encima suyo, y tiró de mi hombro, haciendo que terminara tumbado sobre ella, sin importarle que aún estuviera manchada.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, agarró mi pelo y buscó mis labios con suavidad, casi pidiendo permiso.

Nuestras lenguas se encontraron despacio, con tanto cuidado y cariño, que se dijeron «te quiero» sin necesidad de palabras.

Y no me cupo la menor duda, porqué cuando terminamos de besarnos, nuestros ojos se encontraron y pude ver en ellos la sinceridad más grande del mundo.