El arte de entender el caos CAPÍTULO 42Lena
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CAPÍTULO 42Lena

Cuando entramos en el aeropuerto, sonaba A Sky Full of Stars de Coldplay en el hilo musical.

Como si el mundo quisiera mandarme un mensaje.

Le di vueltas a la letra de la canción mientras veía cómo Nathan la tarareaba casi en susurros, y me di cuenta de que algo en ella era cierto: él había hecho que mi vida se sintiera más iluminada.

Sin querer, me vinieron a la mente una sucesión de imágenes de todo lo que habíamos vivido esa semana, como si se tratara de un tráiler. Mi cerebro decidió evadirse y ponerle sonido a ese pensamiento: los recuerdos siguieron desfilando, ahora acompañados por Bailemos , de Dani Fernández.

Era la canción ideal para dejar ese miedo atrás y abrirme a la posibilidad de algo nuevo, a esa esperanza que se escondía en la frase «pídeme que bailemos, al menos una vez más».

Eso quería yo: bailar, bailar y bailar con Nathan, hasta escapar de la realidad, hasta encontrar un lugar donde solo importáramos él y yo.

Yo solo quería revivir ese viaje. Quería que todo lo que habíamos sido allí permaneciera también en otros lugares, en otros momentos.

Este viaje me había ayudado a volver a creer en las cosas bonitas.

Y Nathan era eso: una cosa bonita en medio de mi ajetreada vida, donde hasta ahora parecía que no había cabida para un amor.

Con él lo tenía claro: solo quería que un minuto más juntos durara toda la vida.

Esa era una de las canciones que añadí a nuestra lista de reproducción.

Poco a poco, Nathan se iba familiarizando con el ritmo de las canciones españolas que fui poniendo.

Al principio las escuchaba con atención, tratando de entender o de buscar alguna palabra que le sonará un poco, y después, cuando se terminaban, buscaba en Google las traducciones e intentaba pronunciarlas.

Me daba una ternura increíble, ver como ponía tanto esfuerzo en aprender mi lengua materna.

Me agarró de la mano mientras íbamos a por nuestras maletas y no pude evitar sonreír.

Sonreír por lo que habíamos sido, sonreír por lo que habíamos vivido y sonreír porque lo tenía ahí, a mi lado, sin importar lo que el resto de la gente pudiera pensar.

Estos dos últimos días en Montreal habíamos evitado el acercamiento delante de cualquiera que no fuera Elaia o James, por miedo al qué dirán o qué pasará en la empresa, pero parece que ahora ese miedo nos daba bastante igual.

Ya habían habido otros líos en la empresa: cosas tontas, James y Elaia, Eleonor y Henry…

pero eran encuentros con tantas idas y venidas que nadie nunca había tenido que hacerlo oficial, ni renunciar, ni cambiar de departamento.

Así que no tenía ni idea de qué podría pensar Scarlett.

Pero en medio de ese pensamiento, de esa realidad, estábamos Nathan y yo, viviendo el momento.

Ni siquiera sabía si él se lo había planteado.

Y mientras iba pensando en eso, el teléfono de Nathan sonó y se apartó un poco del grupo para contestar.

—Tranquila, Fallon, no me esperes. Pasaré por la oficina antes de llegar a casa y después… —Se giró para mirarme—. Después tomaré algo con el equipo. Nos vemos mañana y charlamos.

Colgó y, antes de guardarse el teléfono, ya me estaba abrazando.

—¿Sabe algo Fallon? —pregunté.

—¿De qué? ¿De esto?

—Sí, de nosotros —dije mientras lo miraba, algo preocupada.

Negó con la cabeza y se me encogió un poco el corazón. ¿No le había contado nada a Fallon? ¿Quizá tampoco sabía quién era yo? ¿Por qué no le había dicho nada? Un montón de preguntas empezaron a retumbar en mi cabeza, y el miedo volvió a abrazarme. Nathan me miró, buscando una respuesta.

—Se lo voy a contar, ojitos. Es solo que quería hacerlo en persona —dijo, intentando quitarme la preocupación de encima.

Sonreí un poquito cuando me llamó ojitos.

Me gustaba que me llamara así. Me había dicho que mis ojos reflejaban tanto que le encantaba mirarlos, y era cierto, cada vez que hablábamos, no apartaba la vista de ellos ni un momento.

Él también tenía los ojos bonitos, y yo me perdía en ellos cada vez que me miraba… y también cuando hacíamos el amor.

Pedimos un furgón para ir juntos hacia Starlight.

Hubiera preferido irme a solas con él, para seguir pegaditos hasta llegar a la realidad, pero por razones de logística y de compañerismo, eso era lo mejor.

Llegamos a la editorial casi a las cinco de la tarde, cuando todo el mundo empezaba a recoger; algunos compañeros ya salían por las grandes puertas, otros aún guardaban el portátil en el maletín.

Nosotros llegábamos para hablar con Scarlett, que quería vernos a nuestra vuelta, así que ahí estábamos todos, subiendo a su despacho.

Abrió la puerta su secretaria y, al entrar, Scarlett se encontraba a un lado con una sonrisa de oreja a oreja.

—Excelente, chicos —dijo casi aplaudiendo—. He visto por encima los resultados del vídeo. Qué barbaridad.

Se giró hacia Nathan y hacia mí:

—¿Veis cómo sí que podíais traspasar la pantalla con esa química? Y Elaia —añadió—, menudo montaje. La novela de Noa será un gran éxito. Con este booktrailer conseguiremos muchas cosas buenas, estoy segura.

Nos felicitó a todos por el trabajo que habíamos hecho, y aprovechó para recordarnos los proyectos con los que debíamos seguir esa semana.

Por supuesto, lo sabíamos, pero era bastante meticulosa organizando todos los departamentos para que todo fuera bien.

Y claro, trabajando en una de las mejores editoriales, cualquier movimiento mal calculado podía pasar factura.

Salimos de Starlight y anduvimos juntos hasta llegar a casa. El frío empezaba a calar, pero Nathan no me soltó la mano en todo el camino, excepto cuando se acercó a la cafetería y pidió un café con leche con caramelo y mucho chocolate blanco.

—Lo habrás echado de menos —dijo acercándome el vaso.

Era difícil no quererle; era probablemente la persona más detallista que había encontrado.

No solo conmigo, con todos. Estaba siempre dispuesto a echar una mano, aunque no tuviera ni idea de cómo hacerlo.

Se acordaba de los pequeños detalles que otro ni siquiera hubiera visto.

Trabajaba de una manera súper precisa y ordenada, para que no faltara el detalle de nada.

Era amable incluso con quien no conocía.

El otro día, en el hotel, ayudó al botones a cargar con las maletas de una familia de seis, que no iba ligera precisamente.

Incluso se prestó a dejarle a James su sudadera cuando, en medio del rodaje, se le manchó la suya.

—Para —le dije.

—¿Cómo? ¿Qué pare de qué?

—De ser así conmigo… —dije mientras lo miraba fijamente—. Porque si sigues así, no podré controlarme.

—¿Y si no quiero parar?

—Me enamora…

Se detuvo al instante, me cargó en brazos y me dio una vuelta por el aire.

Casi se desparramó todo el café por el suelo y, cuando me bajó, me besó tan tierno, tan lento, que sentí que me derretía por dentro.

Nuestras lenguas se encontraron casi con timidez.

Nos habíamos besado otras veces así, pero esta vez…

esta vez sentí que era diferente. Como si ese beso estuviera hablando por nosotros.

—Lena Martínez, soy todo tuyo —me susurró susurrando entre besos.