CAPÍTULO 40Lena
Nunca había preparado una maleta con tan buen humor, ni siquiera cuando me mudé a la Gran Manzana sabiendo que iba a cumplir mi sueño.
Tenía a Nathan pegado a mi cuerpo en cada paso que daba. Me agachaba a colocar un jersey en la maleta y él me abrazaba por detrás, cuando buscaba por el caos de la habitación otra prenda, se echaba a bailar a mi lado al son de la música que habíamos puesto para tratar de tranquilizarme.
Nathan se había ganado el cielo, al menos el mío, en menos de una semana.
Le bastaron dos días para leerme y entenderme.
Creo que para él era como un libro abierto.
Había aprendido cosas sobre mí: lo que me gustaba y lo que me molestaba, de mis manías y costumbres, y, por supuesto, también de la música que escuchaba sin parar.
Después de abrazarme durante cinco minutos intentando relajarme, bajó a recepción a por una tila, y cuando llegó a la habitación, encendió mi playlist favorita de Spotify y nos desmelenamos como si estuviéramos borrachos.
Bailamos en la habitación, como si siguiéramos en la discoteca de anoche.
No necesitábamos alcohol, ni necesitábamos los focos.
Éramos tan solo dos adultos que estaban ahí, bailando al ritmo de la música, sacudiéndonos los problemas del cuerpo, tal y como había aprendido de Cómo conocí a vuestra madre .
A veces no se trata de entenderlo todo, sino de moverse lo suficiente como para que duela un poco menos.
—¿Qué canción quieres ahora? —me dijo sin parar de bailar.
— Forever Young —le dije.
Y mientras bailábamos libres al ritmo de la música, pensaba en cómo deseaba que Nathan fuera eterno.
Que no se acabara nunca. Que este momento permaneciera grabado, de alguna manera u otra, para la eternidad.
Como si el tiempo pudiera aprender a quedarse quieto.
Qué extraño, ¿no? Me había pasado los últimos meses viviendo en piloto automático, sin pisar el freno en ningún momento, atrapada en el trabajo.
Solo veía eso: trabajo, trabajo y más trabajo.
Y ahora parece que él ha conseguido ralentizar mi vida.
Escuché la canción como si fuera la primera vez que lo hacía.
La escuché mientras veía a Nathan bailando, como si dejara caer todo el peso que tenía encima, con los ojos cerrados y los movimientos lentos.
Ni siquiera creo que estuviera pensando en lo que decía la letra; solo la estaba sintiendo.
Y vi en él una especie de tranquilidad que hizo que me quisiera quedar a vivir aquí, en este momento.
Se acercó a mí y nos besamos como si fuéramos eternos. Cada vez que nuestros labios se rozaban, sentía que volaba. Nathan me había dado alas, y creo, por cómo me miraba cuando estábamos juntos, que yo también se las había dado a él.
Me aparté un poco para verle bien la cara, quería retener esa imagen en mi retina. Le acaricié suavemente. No pude evitar emocionarme. Se me empañaron un poco los ojos al pensar que Montreal se acababa… y que nosotros podríamos acabarnos también.
—Eh, ¿qué te pasa, ojitos?
—No quiero que esto acabe —le dije, con el corazón casi en la garganta.
Porque lo que sentía era un miedo atroz a que todo cambiara en cuanto pusiéramos un pie fuera del avión, de que se rompiera la burbuja en la que habíamos estado flotando estos días.
Una burbuja que nos mecía, nos protegía para estar juntos.
Y ahora, solo pensar que podía desaparecer me aterraba.
Era como ese síndrome del viaje: no se trata del lugar, sino de la versión de ti misma que se despierta allí.
Y yo no solo me había colgado —bastante— de Nathan, sino también de mí, de nosotros.
De como me sentía cuando estábamos juntos.
—Todo estará bien. No voy a dejarte escapar así como así.
—No lo sé… es que estos días he vivido y sentido de manera tan frenética que siento que algo tiene que romperse, ¿sabes?
—Lena, de verdad, escúchame. Cuando estoy contigo, me siento como si fuera un crío de quince años viviendo algo parecido al amor por primera vez. No creo que eso pueda desaparecer en Nueva York, ni en China, ni siquiera en otro planeta. ¿Lo entiendes?
Asentí y lo abracé. Lo abracé fuerte, como si quisiera que nuestros cuerpos se fusionaran. Porque esas declaraciones también me aterraban un poco, aunque en sus brazos, rodeada de su olor, veía el mundo con mucha más claridad.