CAPÍTULO 39Nathan
¿Alguna vez te has preguntado si puede alguien enamorarse en siete días?
La respuesta es sí. Y no porque lo haya visto, ni porque lo haya leído, sino porque yo me he enamorado de Lena en siete días.
Puede que ya me hubiera fijado algo en ella o que hubiera fantaseado un poco, pero esta semana he terminado por enamorarme.
Y no tenía muy claro por qué el corazón me retumbaba cuando estaba a su lado, ni por qué el miedo desaparecía con su presencia.
Quería que me abriera cada uno de los rincones de su mente.
No solo era preciosa, era la persona más putamente increíble que había conocido en la vida.
A la mañana siguiente, nos despertamos con las piernas entrelazadas, tal y como nos habíamos dormido.
Hicimos el amor al menos tres veces. Nos tocamos, gemimos, nos abrazamos y nos besamos hasta quedarnos sin aliento.
Y entre tanto hacíamos todas esas cosas, encontré una versión de mí mismo que desconocía.
El sexo era una puta pasada, nos excitabámos tanto que acabábamos haciendo guarradas inconfesables, y lo disfrutaba, sí.
Pero haciéndolo así, despacio, mirándola a los ojos, enfrentando nuestra verdad en ellos, había encontrado la verdadera magia de la pasión.
Hacíamos el amor de una manera preciosa.
Una que ya no quería encontrar con nadie más.
Me hubiera gustado hacérselo nada más despertar.
Me hubiera encantado tenerla encima, gimiendo mientras nos despedíamos de esa cama que hacía dos noches nos acompañaba y acariciaba.
Me hubiera gustado, al menos, decirle lo mucho que me ponía y lo loco que me traía, pero teníamos que hacer las maletas y no teníamos mucho tiempo, menos aún si tenemos en cuenta que Lena lo tenía tirado todo por ahí.
Aún me parecía incomprensible cómo podía organizarse entre tanto desorden.
Y aún me parecía más increíble tenerla aquí, tumbada a mi lado.
No era algo a lo que quisiera acostumbrarme.
No quería acostumbrarme, porque quería seguir viéndola así, quería seguir disfrutándola como si nos acabáramos de conocer.
Lena era preciosa. Era divertida, se reía con la risa más escandalosa que había escuchado jamás.
Lena bailaba entre el caos con sus ojitos preciosos cerrados.
Lena era como un rayo de luz en un día gris.
Cerré los ojos para retener esta imagen que estaba presenciando: Lena, tumbada a mi lado y durmiendo abrazada a mí.
Me sentía afortunado de verdad. Y me odiaba por tener miedo de ello.
Mientras hacíamos las maletas entre besos, caricias y mordiscos, vi a Lena jugueteando con el anillo.
No hacía falta ser muy espabilado para darse cuenta de que estaba nerviosa.
La había observado en varias ocasiones jugueteando con él y en casi todas había sido en momentos de tensión o de nervios.
Como en la reunión con Scarlett, o como cuando le ordené el escritorio y me fulminó con la mirada.
Maldita Lena, era tan transparente que ni eso podía disimular.
—Ven —le dije, agarrándola del brazo para acercarla a mí. La abracé y coloqué su cabeza entre mi pecho—. Todo estará bien, el vuelo irá bien.
Cogió aire con bastante fuerza, y tras un silencio, comenzó a llorar tanto que ni siquiera supe qué hacer para consolarla.
—¿Me da pánico, sabes? —dijo—. ¿Has mirado el cielo? Hoy no hace un buen día… Me da pánico el aire, me da pánico que se ponga a llover. Joder, no sé. Sé que es absurdo, sé que son pensamientos ilógicos, pero una parte grande de mi mente los cree de verdad.
La abracé aún con más fuerza y, en un intento de arrancarle la preocupación, le comenté:
—No vamos a caernos del cielo, amor. Y en ese caso, abriré un paracaídas y nos salvaremos juntos, y Elaia nos seguirá.
Me gané un puñetazo en el brazo.
—Cállate, burro —dijo, agarrándose el anillo.
—¿Qué hay de este anillo? —no pude evitar preguntarle. No sabía si era un gesto automático o si guardaba cierto nivel de aferramiento—. Siempre que estás nerviosa lo toqueteas.
—Mmm, la historia corta es que llevarlo y tocarlo cuando estoy nerviosa me da cierta tranquilidad. Me ancla a alguien. Y ese alguien me manda fuerzas cuando más lo necesito.
La miré, confuso. No sé qué respuesta esperaba, pero no creo que fuera justo esa.
—¿Y qué hay de la larga? ¿Es que escondes un secreto misterioso, Lena? —dije en tono cómico.
Se echó a reír.
—El anillo era de mi abuela. Y, en cierto modo, cuando lo toco, me siento guiada y acompañada, ¿sabes?
Me encantaría contarte la versión larga, pero merece otro momento.
No creo que contártelo mientras estoy al borde de un ataque sea especial.
Y, de verdad, la historia se lo merece. Quizá algo de misterio sí que guarda, pero por ahora tendrás que esperar.
—Esperaré ansioso —le dije mientras le besaba la frente.