El arte de entender el caos CAPÍTULO 38Lena
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CAPÍTULO 38Lena

No volvimos al hotel hasta que terminamos de grabar las escenas. Fuimos todos al bar a festejar el fin del rodaje, entre chin chin y aplausos se veía el reflejo de la alegría por haber acabado este proyecto y haberlo superado de manera exitosa.

Llamé a Noa para contarle que ya habíamos terminado.

Tenía muchas ganas de enseñarle cómo había quedado todo y de que ella también pudiera sentir ese orgullo que ahora nos estaba alzando a todos del suelo.

Había trabajado con muchos autores más, pero trabajar con ella era una seguridad de que siempre todo sale bien.

Nos entendíamos y teníamos confianza mutua.

Al salir de la mini celebración, Nathan me propuso buscar un sitio para cenar juntos esa noche, antes de nuestro regreso a Nueva York.

En la propuesta no había pronunciado la palabra cita, ni tampoco creo que lo fuera, pero me arreglé como si de eso se tratara.

Me puse el vestido negro con el que me había dicho que estaba guapa, esta vez, le pedí a Elaia ayuda con la cremallera.

Me peiné con unas ligeras ondas, me puse colorete y sellé mis labios con mi lip combo de confianza.

Cuando me asomé a la puerta contigua y vi a Nathan peinándose en el espejo del baño, sentí una sensación en el estomago como si esos elefantes que me correteaban por dentro, saltarán también con ilusión.

Estaba guapísimo, llevaba unos pantalones de pinza que le marcaban el culo a la perfección.

Ese culo había sido esculpido por el mismísimo Dios.

La camisa blanca cerrada hasta arriba, le daba un toque elegante, parecía un chico de negocios.

Tenía estilo por la ropa, a diferencia de Jon, el protagonista de la novela.

Llevaba seis días viéndole con la ropa de las escenas y supongo que eso hizo que lo encontrara más guapo de lo normal.

Mi cuerpo me pedía a gritos lanzarme sobre él, no solo en el sentido sexual, también en el territorio amoroso. Me había acostumbrado a su compañía, a nuestros piques y a nuestra manera de hablar.

Salimos del hotel en búsqueda del restaurante que habíamos elegido que, por si lo dudabais, fue un italiano.

Supongo que eso de ir al tiro asegurado no era solo una cosa que hacía yo.

Además, creo que ya le había instaurado un poco esa rutina que yo tenía: estuviera donde estuviera, un italiano siempre iba a ser la primera opción.

En las calles, las últimas tiendas abiertas empezaban a cerrarse.

Los jóvenes llenaban los bares y las parejas paseaban dándose cariño.

Nathan y yo hablamos, hablamos de muchas cosas, con y sin importancia, de dormir con o sin calcetines hasta de su infancia y su adaptación cuando se mudó a la ciudad.

Mientras cenábamos me contó cómo era Cold Spring.

No sabéis la envidia que me dio. En ese pequeño pueblo se encontraban librerías preciosas, de esas en las que te quedarías a vivir si te dieran permiso.

Y, de repente, quise ir con él, quise que me llevará a conocerlo, quise recorrerlo con él mientras paseábamos contándonos anécdotas.

Me gustaba escucharle. Hablaba con una especie de tranquilidad que parecía relajar mis oídos y mientras lo hacía no podía dejar de pensar en que quería que me siguiera hablando así toda la vida. No quería perderme nada de él, quería saberlo todo, escucharle, entenderle.

Me contó cómo sus padres fueron coleccionando sus medallas de concursos literarios, como Fallon y él terminaron viviendo juntos después de que lo dejará con su ex, y también me contó que a Fallon le encantaría mi manera de ser, y que estaba soltera porque nunca elegía bien.

Me contó que todo esto le daba un poquito de miedo.

—¿Sabes? Esta mañana te he dicho que quería besarte al llegar a Nueva York —admitió—, pero me da un poco de miedo. Me da miedo llegar ahí y que esta burbuja que nos acoge aquí desaparezca.

—¿Crees eso? ¿O sea, crees que estamos así por estar aquí?

—No, claro que no. Estamos así porque lo sentimos, ¿no? —hizo una pausa—. Quiero decir… esto es real. ¿Verdad?

Me acerqué a él, tratando de entenderle un poco mejor.

—Claro que lo es. No creo que se pueda fingir algo así. Al menos yo no puedo.

—Lo sé. Yo no he dicho esto… es… no sé. Ha pasado solo una semana, ¿sabes?

En una semana has conseguido entrar en mi cabeza.

Te estoy abriendo mi corazón y… —Me agarró la mano mientras lo decía—.

Me da miedo, Lena. No tengo un buen pasado.

Esto es casi nuevo para mí. No recordaba cómo era estar con alguien.

Ni siquiera recordaba que el cuerpo pudiera reaccionar así al tener a alguien cerca.

Es más, creo que nunca había reaccionado así. Esto que me haces sentir es nuevo.

—Y lo nuevo, lo desconocido… ¿te da miedo?

Asintió, con los ojos brillantes y moviendo ligeramente la pierna.

—Oye… Déjame cuidarte, ¿vale? No sé qué te pasó con Alice. No puedo decirte que no se va a repetir, ni tampoco quiero prometerte nada. Pero si hay algo que tengo claro es que quiero cuidarte, quiero acompañarte.

—Lo haces todo muy fácil, ojitos. Yo también quiero cuidarte.

—No creo que sea yo quien lo haga fácil. Yo creo que, no sé… —dije, pensativa— quizá teníamos que encontrarnos y ahora todo parece más sencillo de lo que lo veíamos antes.

—¿Quieres que te confiese algo?

Continuó cuando asentí con la cabeza.

—Cuando nos dijeron todo esto del booktrailer , lo único en lo que pensé fue en lo difícil que sería compartir estos días contigo. Tiene gracia, ¿sabes? Ahora pienso que a veces las primeras impresiones no son ciertas, es más, creo que juzgamos demasiado rápido.

—Bueno, si te sirve de consuelo, yo pensé exactamente igual.

Me ponía enferma pensar que teníamos que compartir tiempo después de que hubieras llegado el primer día y hubieras decidido desmontar todo mi escritorio.

Tengo que confesarte que quise estrangularte.

Y, sin embargo, ahora solo pienso en cuidarnos.

—Entonces pensamos lo mismo, porque ahora yo ya no me imagino otra versión de nosotros.

¿Ha dicho «nosotros»? Creo que me muero de amor.

Ante esas declaraciones, no nos hicieron falta más palabras. Terminamos abrazados, como si el mundo a nuestro alrededor se estuviera diluyendo. En ese restaurante, en medio de tanta gente, solo estábamos él y yo.

Salimos del local y nos adentramos en un pub que parecía reclamar la atención de todos los jóvenes que se acercaban.

Estaba abarrotado; la gente bailaba al ritmo de la música, el DJ echaba humo de ese que hace que te quieras ir, pero, sin embargo, nos quedamos.

Nos quedamos porque, después de hablar, nos habíamos prometido cuidarnos y disfrutarnos.

—¿Otra copa y nos vamos? —me preguntó.

Nos la tomamos, pero después de esa vino otra. Y entre copa y copa, nos besamos y bailamos; nos agarramos abrazaditos en medio de tanto caos. Gritábamos las canciones mientras bailábamos como un par de almas libres que se habían encontrado cuando no lo tenían planeado.

Así me sentía con él. Libre.

Nos fundimos en un beso mientras sonaba Mirrorball de Taylor Swift.

Bailamos con los ojos cerrados, envueltos entre la gente.

Cabeza con cabeza, disfrutamos como si el mundo tuviera que terminar esa misma noche.

Cuando abrí los ojos, Nathan me miraba con tanta delicadeza que creí que podía derretirme allí mismo.

—Lena —dijo mientras acariciaba mi cara—. No quiero soltarte jamás.

Y, en el mismo momento en que lo dijo, me agarró por las caderas; mis pies se elevaron en el aire y volé, volé mientras dábamos un giro en el mismo lugar. Y quise que esa noche no terminara nunca.