El arte de entender el caos CAPÍTULO 37Nathan
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CAPÍTULO 37Nathan

Llegamos a Montreal hacia las nueve de la mañana, cuando el frío ya no calaba tanto en la piel.

Nos dirigimos al hotel y nos dimos una ducha caliente en la habitación.

Nos la merecíamos después de estar a menos diez grados tapados solo con un edredón.

Pero Lena me había comentado el otro día lo bonito que sería ver Montreal desde las alturas, y no pude dejar de pensar en ello hasta que di con este plan.

Lena entró a ducharse conmigo y acabé enredando mis manos en su pelo mientras la besaba bajo el agua caliente. Todo en ella me provocaba cuidarla, besarla y mimarla. Aún no me creía que el idiota de su ex no la hubiera valorado.

Olía a una mezcla de vainilla y miel que hacía que quisieras quedarte atrapado en su cuerpo mientras la abrazabas. Sus besos sabían a cielo, y su manera de acariciar pedía a gritos que alguien la abrazara como si fuera un bebé que necesita cariño. Todo en ella desencadenaba ternura.

Hacia las diez estábamos preparados para salir a grabar las últimas tomas del corto. Hoy era el penúltimo día en Montreal y mañana ya regresamos a la ciudad.

Mientras esperábamos al taxi, nos acercamos a Elaia que estaba en el recibidor tomándose un café. Antes de llegar a su lado ya nos estaba sometiendo a su querido interrogatorio.

—¿Cómo han dormido los tortolitos? —añadió Elaia—. Tenéis cara de no haber pegado ojo.

—Es que más o menos ha sido así. Llevamos despiertos unas cuatro horas —dije mirando el reloj.

—Dais envidia, guarros.

Nos echamos a reír los tres, intentando disimular lo que era evidente.

Lena y yo parecíamos sacados de un anuncio romántico.

Caminábamos juntos, desprendiendo una luz difícil de disimular, y en la forma en la que sonreíamos se reflejaba ese amor incipiente que solo tienen las parejas que acaban de empezar, ese que hace que los demás piensen: «joder, qué bonitos».

Le explicamos que habíamos ido al parque de Montreal y que habíamos visto el amanecer mientras se nos congelaban las pestañas.

—¿He dicho ya que me cae bien? —dijo Elaia, refiriéndose a mí.

La conversación se volvió ligera y divertida. Estar con ellas era como estar en una casa con dos hermanas que no paraban de picarse, entre bromas y confidencias. Se notaba que su amistad era fuerte, que se cuidaban y se protegían ante cualquier porvenir.

Eso me hizo caer en la cuenta de que hacía casi una semana que no hablaba con Fallon.

Le había prometido que la llamaría y que le contaría cosas del trabajo.

Incluso le dije que le hablaría de cómo era trabajar con Lena, con esa energía negativa que ambos desprendíamos cuando estábamos juntos.

Lo que no tenía claro era cómo iba a contarle que esa energía se había transformado en la sinergia más bonita que había sentido jamás con alguien.

Sabía que Fallon me iba a interrogar, y sabía que lo haría por cuidarme, por mi bien.

Cuando lo dejé con Alice, tuvo que sostenerme durante meses.

Fue esa amiga que te abre los ojos y te saca de los peores apuros.

En esa época le tocó aguantar como yo era incapaz de entender que Alice no merecía mi amor.

Se fue de Erasmus a Inglaterra y se lío con dos tíos el primer fin de semana de aterrizar, así que querer, lo que se dice querer, no me quería, pero en ese momento yo estaba cegado.

Tener esa relación con mi hermana era una suerte, porque su punto de vista femenino siempre me ayudaba a entender cosas que, desde mi ego masculino, no sabía —o no quería— ver.

Pero lo que me acojonaba no era contárselo a Fallon, sino admitirlo en voz alta.

Porque hacerlo me abría la puerta a muchas preguntas con respuestas incómodas.

Hacía un año que estaba soltero y no me había planteado tener citas ni abrirme al amor.

En el fondo, no sabía si todo el daño que llevaba dentro había desaparecido, ni si mi corazón roto sería capaz de volver a recomponerse.

Al llegar a los jardines botánicos, pude ver en la mirada de Lena lo maravillada que estaba.

Me encantaba observarla cuando se sorprendía con los lugares que visitábamos, cuando veía a dos ancianos cogidos de la mano o cuando se emocionaba por un simple anuncio.

Todo en ella era expresivo. Creo que nunca había visto unos ojos capaces de reflejar tanta ternura.

Es como si a través de ellos pudieras ver una película que se explica sola.

Teníamos que grabar la propuesta de matrimonio entre Mia y Jon. Jon debía agacharse y pedirle la mano tras dar un paseo por los alrededores del jardín.

Y mientras grabábamos, rodeados de cámaras, micros y de todo el equipo, no pude evitar pensar en lo fácil que resultaba trabajar con Lena.

En lo sencillo que hacía todo. Supongo que no era solo porque fuera profesional —que lo era— sino porque creía en lo que estaba contando.

Creía en la historia de Mia y Jon, en lo que Noa Sparks había escrito.

A Lena no solo le gustaban las historias de amor, había algo en su manera de ser que hacía que las viviese como si fueran propias.

Como si nunca le hubieran roto el corazón.

Creía tanto en el amor, que a ella le bastaba con formar parte de algo que hablara de eso, de quererse, respetarse, de elegirse hasta la eternidad.

Supongo que por eso conectaba con cada libro, con cada historia que contaban todos esos manuscritos de romance de los que vivía rodeada.

Mientras me agachaba para simular la pedida, y veía emoción en su mirada, pensé que Lena era ese tipo de persona que guardan recuerdos pequeños como si fueran tesoros, de las que recuerdan fechas simples y de las que creen en los detalles diarios.

Al terminar de grabar, mientras la abrazaba y nos felicitamos por haber terminado el rodaje, pensé que quizá el amor era justo eso que decían Mia y Jon: alguien que ve belleza donde otros solo ven rutina. Y eso era justo lo que había sentido yo estos días junto a ella.