El arte de entender el caos CAPÍTULO 36Lena
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CAPÍTULO 36Lena

Nathan me despertó con caricias y besos mientras yo dormía abrazada a él. Cuando logŕe abrir los ojos, vi que ni siquiera se colaba una pizca de luz por las ventanas de la habitación.

—¿Qué hora es? —le dije, aún casi dormida.

—Aún no son ni las seis, pero tienes que despertarte.

—Ni en tus mejores sueños, no pienso despertarme ahora —le dije mientras me volteaba para seguir durmiendo.

—Por favor, Lena, confía en mí. Tienes que levantarte —me dijo mientras me besaba la frente.

Suspiré mientras me tapaba de nuevo con el edredón, suplicando cinco minutos más, y él se coló bajo el edredón para despertarme con cosquillas. Apartó la ropa de cama y me sacó de ella en un momento.

Entré en mi habitación por la puerta contigua, que ya teníamos abierta desde la noche anterior, cogí la maleta y me puse la ropa más cómoda que encontré. A esas horas de la mañana ni siquiera tenía ganas de vestirme.

—¿A dónde vamos?

—Pronto lo verás. Ahora solo hazme un favor: ayúdame a coger este edredón, creo que lo vamos a necesitar.

—Estás loco —le dije.

—Creo que en parte es por tu culpa —me dijo mientras me sonreía—. Abrígate, y no te preocupes por nada más. He cogido esta mochila con todo lo que necesitamos. En recepción me darán lo único que me falta.

Lo miré con sorpresa, pero por dentro estaba pensando en lo tierno que me parecía. Hacía menos de una semana tenía ganas de estrangularlo y, ahora mismo, estaba pensando que era el hombre que más me había sorprendido en la vida. Fíjate cómo cambian las cosas.

Salimos del hotel y un taxi nos estaba esperando. Por un momento me compadecí de él. Menudas horas para estar trabajando.

—¿A qué esperas, guapa? Venga, que el taxista no espera —me dijo mientras abría la puerta del coche.

—Espera, primero dime una cosa. ¿Este no es el típico momento de una historia donde algo se pone turbio y de repente vas a descuartizarme y a dejarme tirada por ahí?

—Has leído muchas historias, Lena. Anda, súbete.

—¡Pero promételo, eh!

—¡Joder! Acabamos de follar, Lena. ¿De verdad tengo pinta de ser un asesino?

—Nunca he tenido buen ojo con los chicos, me resulta fácil caer en la tentación de una cara guapa.

Ambos nos reímos y cuando subimos, le enseñó una foto en el teléfono al conductor. Intuí que debía ser el sitio donde tenía que dejarnos, porque insistió en que yo no debía mirar la pantalla.

Nos bajamos en lo que parecía ser la entrada de un parque.

Hacía un frío de morir, pensaba que se me congelaban las pestañas.

Estaba aún flipando de que hubiera organizado esto.

Caminamos durante unos diez minutos. Bajo nuestros pies se encontraba una enorme capa de nieve que impedía que pudiéramos andar con ritmo. El paisaje desde ahí se veía increíble.

El parque estaba lleno de árboles por los que caían capas de nieve cuando el aire soplaba.

Nathan iba revisando los carteles del parque para guiar nuestro paso, hasta que llegamos a una gran terraza que se extendía como un balcón suspendido sobre la ciudad y estaba prácticamente vacía.

Delante, Montreal se desplegaba en miniatura: los rascacielos reflejando los primeros rayos de sol, el río St. Lawrence y los coches que empezaban a moverse al ritmo de la ciudad.

—Sé que hace un frío de cojones, pero es bonito.

Me acerqué a él y lo abracé de verdad, como aquellos abrazos que parecen reconstruirte por dentro.

—Es precioso, de verdad. Gracias.

En un momento, cogió de la mochila una manta que desplegó por el suelo, dos chocolates calientes, unos sandwiches y montón de galletas.

—Cortesía de la casa —dijo mientras sonreía—. No son muffins , pero ya me parecía abusar del tío de la cafetería del hotel.

Me invitó a sentarme y, cuando ya estábamos sentados a los pies de Montreal, nos tapamos con el edredón y nos fundimos de nuevo en un abrazo.

No era el desayuno completo perfecto, pero no lo necesitaba. En ese momento comprendí que ahí, con él, todo lo demás me sobraba. Desayunamos viendo la luz del sol aparecer, mientras hablábamos como si llevásemos toda la vida juntos.

—Estás guapa —me susurró, acercando su cabeza sobre la mía—. Pero no solo estás guapa con las mejillas sonrojadas por el frío, estás guapa cuando te dejas llevar y no te preocupa tener todo organizado.

Agaché la vista.

—Se te da mal mentir.

—Yo no miento. Aprendí a no mentir de pequeño, cuando mi madre me castigaba si le decía que no tenía deberes y al día siguiente llegaba con una nota a casa por no haberlos hecho.

Me eché a reír.

—Fíjate, yo pensaba que tenías más bien pinta de ser el niño bueno.

—Y lo era, pero a veces escribía tanto que me olvidaba del mundo.

—Deberías dejarme leer una de esas historias. Igual se esconde un bestseller y estás desperdiciando el tiempo siendo editor.

—Ni de broma. Esas historias están guardadas en una caja en el altillo de Cold Spring, ni siquiera recuerdo dónde las dejé exactamente.

—¿Tan malas eran que tenías que esconderlas? —dije, burlándome de él.

—Uy, no —dijo con ironía—. Lo que pasa es que sabía que, si las encontraba alguien como tú, podría correr el riesgo de ser famoso, y no me apetecía vivir una vida así.

—Veo que lo de ser creído evoluciona un poco más cada día, eh.

¿No te apetece ser famoso? ¿Qué tiene de malo?

Vas a estrenos, te ceden el sitio en todos lados, la gente se vuelve loca por ti, obtienes cosas gratis…

y tu firma aparecería en mil sitios. Sería una buena historia para contarles a tus hijos: «Mira, cariño, ¿ves todos esos libros? Los ha escrito papá».

Se echó a reír y soltó un suspiro mientras señalaba la ciudad, con el amanecer apareciendo detrás.

—¿Sabes qué tendría de malo? Que no podría estar aquí contigo, tranquilos, viendo el amanecer más increíble que he visto en mi vida.

Yo también suspiré al oírlo y me quedé embobada mirándole a los ojos.

También era el amanecer más bonito que había visto.

Esos colores que se dibujaban en el cielo eran preciosos, los pajaritos saliendo a volar con ese canto suave y el chico más guapo del planeta sentado a mi lado lo hacían especial.

—¿Qué va a pasar cuando termine esto? —pregunté.

—¿Cuando termine qué?

—Cuando volvamos a Nueva York, a nuestro trabajo real, a la oficina… ¿Qué pasará?

Me preocupaba que aquello se esfumara, me preocupaba que no fuera real, que en algún momento apareciera un cartel con la palabra «fin». Me preocupaba que esto fuera un juego en el que dos personas adultas salían perdiendo por no saber jugar.

—¿Quieres saber qué pasará? —me dijo, acercándose a mis labios—.

Pasará que te voy a besar en todas y cada una de las esquinas de Nueva York.

Que te voy a llevar un muffin cada mañana para desayunar.

Que tomaremos el café juntos antes de entrar a trabajar y que, cuando salgamos, te seguiré comiendo a besos mientras llegamos a casa para hacerte el amor.

Eso es lo que pasará. Si me dejas, claro —añadió cuando había terminado.

Creí que el corazón me iba a explotar con esa declaración.

Nunca antes había sentido unas mariposas tan fuertes aletear en mi estómago.

Parecían más bien elefantes correteando por ahí.

Su olor me tenía atrapada, pero Nathan me tenía hechizada.

Yo, la tía más reacia al amor, al menos durante los últimos meses, estaba experimentando una sensación que se le parecía mucho.

Demasiado. ¿Dónde estaba quedando mi resistencia?

La respuesta no era donde se había ido, sino quién se la estaba llevando, y ese quién, tenía nombre y apellido: Nathan Caldwell.