CAPÍTULO 35Nathan
Abrí, le cogí la mano y la traje con fuerza hacia mí.
—La espera se me ha hecho eterna —le dije antes de besarla.
—Eres un exagerado —me dijo mientras se ponía de puntillas para llegar mejor.
—¿Qué tal la quinta enmienda con Elaia? —le pregunté—. ¿Has podido contestar todas sus preguntas?
Lena se rio.
—No te preocupes, guapito, solo les he contado lo justo y necesario.
—¿O sea que saben…?
—Te dejaste los calzoncillos tirados por ahí, no he podido inventar mucho —me dijo Lena mientras me los devolvía.
Ambos nos reímos de la situación. Parecíamos dos críos intentando ocultar lo evidente.
—Cuéntame un poquito eso del email —comentó.
—¿Que te echaba de menos?
—Más bien, quiero que me cuentes como querías tocarte —añadió mientras se sentaba encima de mí.
—¿Ah, sí? ¿Quieres que te explique de manera exacta en qué iba a pensar mientras me tocaba?
La besé con ganas y, mientras lo hacía, le conté lo que había hecho en mis fantasías. Le confesé que el otro día me había tocado pensando en ella, mientras dormíamos separados por una puerta, y lo mucho que me había gustado imaginarla con su pijama de lencería.
—¿Qué me has hecho, Lena? —le dije—. Te has colado poco a poco en mi cabeza, y ahora solo quiero tenerte aquí, sin dejarte salir.
Con las manos, me tumbó en la cama y me sacó la camiseta de un tirón. Yo hice lo mismo con la suya y le desabroché el sujetador de encaje. Ella se arqueó encima de mí mientras nos besábamos. Joder, esa curva entre su espalda y su culo me volvía loco. Podría quedarme a vivir en ella.
Deslicé mi mano por su cuerpo, como si quisiera atrapar cada rincón entre mis dedos.
Nos besamos con más pasión que la noche anterior, como si aquello solo hubiera sido el comienzo, como si en lugar de saciarnos nos hubiera dado aún más hambre.
Y así era. Tenía hambre de ella, de sus besos, pero también de su persona; de que me contara toda su vida y de escucharla con atención.
Lena me acarició los labios con el pulgar y se deslizó poco a poco hacia mi abdomen, dejando un camino de besos allí por donde pasaba.
Cerró sus manos en mi erección y acercó su boca caliente. Empezó moviéndose con sutileza, mientras la mezcla del roce de su mano y su lengua me enloquecía.
—Espera, espera —susurré—. Aún no has disfrutado.
Volví a besarla, con más fuerza, si eso era posible. La aparté con suavidad para que cayera justo a mi lado.
—Dime qué te gusta —añadí—. Quiero aprender lo que te gusta. Quiero darte placer y después quiero hacértelo hasta que estemos cansados.
Le gustó lo que le dije. Cogió mi mano y me chupó el dedo pulgar, succionándolo, después lo condujo hacia su entrepierna. Me guió para que la masajeara antes de penetrarla.
Se puso encima de nuevo y se movió con fuerza.
Tanta fuerza que me corrí. Me ahogué en un grito mientras pronunciaba su nombre y ella jadeó mientras se dejaba caer.
Lena era la chica más apasionada que había conocido en mi vida.
El sexo con ella había sido, desde el primer momento, un destello de luz en medio del día; como encontrar un lugar donde jugar estaba permitido, donde la lujuria se hacía grande y las inseguridades empequeñecían.
Mientras se duchaba, pedí unas pizzas margaritas. Había aprendido en otros momentos que con la comida no se jugaba. Y aunque yo quería comérmela a ella, dejarla sin cenar hubiera sido un delito.
Cenamos en la cama viendo Netflix, y me di cuenta de lo natural que era tenerla ahí, hablando con la boca llena, mientras se emocionaba viendo Sexo en Nueva York , que seguro que había visto mil veces, pero que observaba como si fuera la primera.
Y pensé que así era como quería verla yo siempre, como si fuera la primera vez.
Sin querer, ese pensamiento me llevó a recordar cuando pensé que nunca iba a poder ver a alguien de esta manera después de todo lo que ocurrió con Alice.
La muy cabrona había jugado tanto conmigo que pensé que no iba a volver a conocer el amor.
Bueno, de hecho podría decir que todo lo que sentí con Alice se alejaba bastante de la definición de amor. Más bien sería una pesadilla.
Entre capítulo y capítulo, mientras veíamos la televisión, Lena, de alguna forma, me hizo partícipe de su verdadera esencia.
Me contó que se crió en España, en un pueblo de la provincia de Tarragona; que en invierno saboreaba el aire de las montañas y en verano se sumergía en las playas del Mediterráneo junto a sus padres.
Que no tenía hermanas, pero que su mejor amiga, Sara, había cumplido ese papel desde que eran pequeñas.
Me habló de cómo se pelaba las rodillas yendo en bicicleta por un paseo marítimo, mientras el sonido del mar entraba por sus oídos, y de cómo el amor por la lectura le ayudó a ganar batallas y a perseguir su sueño.
—Mi abuelo siempre leía en el porche de la casita frente al mar, y esa fue la imagen con la que crecí.
Me gustaba compartir ese tiempo con él y, poco a poco, con los años, pasé de devorar cuentos a devorar libros.
Compartíamos un hobby. Él siempre me decía que la lectura te ayudaba a conectar con el mundo, que leer es como soñar despierto, y así es como lo he sentido siempre.
Me contó que su primer libro de romance fue Orgullo y Prejuicio .
Y que sus flores favoritas eran las rosas blancas y las ramas de eucalipto.
Que su primer beso fue en su pequeño pueblo, su primer amor fue en el instituto, e incluso me habló del cabrón de su ex, que no supo valorarla y que le cortó las alas cuando ella aprendía a volar.
Y me dio una rabia increíble, porque mientras ella me hablaba, yo pensaba en lo bonito que sería volar a su lado.
—Cuando mi abuelo murió —suspiró—, empecé a escribir nuestras historias. Era una manera de mantenerlo presente.
Asentí con la cabeza mientras la miraba.
—Fue ahí cuando el amor por la lectura se transformó en algo más —añadió—. Empecé a escribir historias, historias de amor, y fue entonces cuando decidí dedicarme a esto. Quería adentrarme en este mundo y quería emocionarme como una niña pequeña cada vez que abría por primera vez un manuscrito.
—Y ahora estás aquí, en Nueva York, cumpliendo tu sueño —le dije.
—Así es… Cuando por fin lo hice, no me lo creía.
—¿Por qué?
—Llevaba tres años con Marco, y siempre había ido posponiendo este sueño por quedarme junto a él. Es eso de que, cuando estás con alguien, a veces no te das cuenta de que no te suma hasta que no te desprendes.
Parecía que los ojos se le llenaban de lágrimas mientras lo contaba. Me acerqué un poco más a ella y le cogí la mano mientras me explicaba.
—Cuando lo dejamos, me di cuenta de que no tenía la vida que quería. Y supe que era el momento de echar a volar. No fue fácil, ¿sabes? Me fui de allí como una persona rota y llegué aquí sin tener nada.
—Te entiendo. Pero no podías quedarte en un lugar donde no eras feliz.
—Cuando aterricé en Starlight, tuve la suerte de conocer a Elaia y Chiara. Han sido siempre lo más parecido que he tenido a una familia aquí; estar con ellas es como estar en casa. Chiara siempre nos lo dice en italiano: dove tu sei, quella è casa.
—Es una suerte que, entre todas las personas del mundo, os hayáis encontrado —le dije.
—También lo es haberte encontrado a ti —me dijo, mirándome a los ojos.
Y en ese momento fue cuando me di cuenta de que haber coincidido con ella también estaba poniendo mi mundo patas arriba, y que estar con ella era como estar en casa.
Tenía el don de hogar instalado en algún punto de su persona, y supuse que por eso las personas de su alrededor se quedaban a vivir en ella.