CAPÍTULO 34Lena
Casi me dio un infarto cuando escuché a Elaia llamando tras la puerta.
No porque tuviera que esconderme, sino porque había olvidado por completo que seguíamos en Montreal.
Flipará cuando se entere de que me pasé toda la noche con Nathan.
Y flipará aún más cuando descubra que, además, lo hemos hecho.
Tapé la boca de Nathan de inmediato, mientras sonreía. Él me devolvió el gesto, pellizcándome el culo. Eso hizo que me palpitara el corazón. Quise de verdad que ese instante durara más, que esa mañana fuera solo para nosotros.
Cuando me iba a levantar para acercarme a la puerta, Nathan me agarró y rodó sobre mí hasta quedar debajo. Me tomó la mano y me la colocó encima de su erección. La madre que lo parió. Con qué energía se había levantado, ¿no?
Le lamí el labio y me dirigí hacia la puerta.
—¿Tía, estás? —dijo Elaia tras la puerta.
—Sí, sí, todo bien. Me he quedado dormida.
—Tú nunca te duermes —comentó—. ¿Es que te has tirado la noche pensando en el beso?
Nathan me lanzó una almohada desde la cama. Me giré hacia él y le hice un gesto para que parara de hacer ruido, cosa que le debió hacer gracia, porque se le dibujó una sonrisa de lo más sensual.
—Pero ¿qué dices? —contesté a Elaia, que seguía esperando una respuesta—. Estuve trabajando y me acosté tarde, eso es todo.
—Bueno, ¿me vas a dejar pasar o qué? Vengo de dar una clase de baile en el gimnasio y tengo una sed que me muero.
Miré a mi alrededor, toda la ropa tirada por el suelo, la toalla de Nathan encima del escritorio, la cama revuelta y el sobre del preservativo sobre la mesita de noche.
—Voy, voy, que no encuentro la tarjeta.
Nathan se apresuró a recogerlo todo mientras me miraba con sonrisa de pillín. Le señalé la puerta que comunicaba con su habitación para indicarle que se fuera por ahí. Antes de desaparecer, se acercó a mí, me dio una cachetada y, señalando su erección, me dijo:
—De esta no te vas a librar tan fácil.
Asentí con mirada pervertida, le lancé un beso y desapareció tras la puerta.
—Aquí estás —dijo Elaia al entrar en mi habitación—. Madre mía, esto parece una leonera.
Me eché a reír.
—Ya conoces mi desorden, no sé qué te extraña tanto.
—¿No huele un poco raro? —me dijo Elaia, haciendo el gesto de olisquear.
—Yo qué sé, tía, me acabo de levantar. Ni siquiera sé aún qué hora es.
—Es la hora de que vengas conmigo a tomar café. Se espera que nieve, y con eso no podemos grabar. Una cosa es improvisar un beso —me lanzó una mirada descarada mientras lo decía— y otra muy distinta es cambiar la estación del año de la novela.
Le hice un gesto señalando el baño.
—Voy a arreglarme y a vestirme.
Asintió con la cabeza y, antes de que pudiera entrar, chilló con emoción:
—¿Pero esto qué es? —exclamó mientras levantaba al aire los calzoncillos de Nathan—. Cuéntamelo todo ya.
Le hice el gesto de que bajara la voz. Nathan estaba al otro lado de la puerta; no hacía falta que se enterara de todo lo que iba a contarle.
Se acercó corriendo hacia el baño:
—¡Soy toda oídos! ¿Qué? ¿Te lo has tirado? —preguntó con cara incrédula—. ¿Pero en qué momento?
Tuve que cerrar la puerta del baño corriendo antes de que toda la planta se enterara.
—¡Tía! —le susurré—. Disimula coño, que está ahí, al otro lado.
—Dime que no acabas de echarlo para que yo pudiera entrar.
La miré, escondiendo una media sonrisa, y le confirmé que se acababa de ir.
—¿Cómo folla? ¿Cómo la tiene? ¡Joder, tía… De pensar en el beso a esto hay un gran paso!
—¡Serás pervertida! —respondí entre risas.
—Joder, ya que follas por las tres, al menos cuéntanos el salseo.
—Es más, deberíamos llamar a Chiara.
Acto seguido cogió el teléfono y esperamos a que descolgara la videollamada.
—¿Se lo cuentas tú o se lo cuento yo? —dijo Elaia.
Al ver que no soltaba prenda, siguió:
—Aquí la amiga —me señaló y me miró de arriba abajo—, se ha tirado a Nathan.
Chiara se recolocó los auriculares sin contestar. Vimos cómo se movía rápidamente hacia el baño de las oficina y cuando estuvo dentro respondió sin dudar:
—¿Qué has hecho qué? ¡Lo sabía! Sabía que te ponía.
Negué con la cabeza.
—Eso no es así… yo qué sé, a ver, el chaval es guapo, y puede que…
—Te dije que le había ablandado el corazón —añadió Elaia cortando mi respuesta—. He ganado la apuesta.
—¿Habéis hecho una apuesta sobre si me tiraba a Nathan? —dije, incrédula—. ¿Por quién me tomáis?
Se rieron.
—Ayer Elaia me contó lo del beso —empezó Chiara—, y cuando me dijo que no le liaste un pollo, hicimos una apuesta. Era bastante raro que no sacaras tus zarpas. Nunca hubieras permitido hacer algo que no quisieras, así que nos apostamos a ver cuánto tardabas en caer.
—Elaia —comentó mientras la señalaba—, dijo que salías de Montreal con novio, y yo me aposté a que llegarías en plan drama por no habértelo tirado, así que, obviamente, he perdido.
Ambas hicieron como que se chocaban las manos en símbolo de victoria.
—Sois unas cabronas —les dije, riéndome—. Así que consideráis que soy fácil de tentar.
—¡NO! —dijeron ambas a la vez.
—Lo que consideramos es que hacía ya meses que necesitabas un polvo y, joder, Nathan está buenísimo.
—Que, por cierto, esto me lleva a preguntarte… ¿folla bien?
Negué con la cabeza.
—Pero ¿tú no ves la cara de relajada que lleva? —comentó Elaia—. Por supuesto que folla bien y, además, creo que quiere repetir.
En un acto de esperanza para que se callaran, les dije que sí, que follaba bien, y que además había sido atento y generoso.
Quedamos que en casa les contaría todo con detalles.
Después de colgar, pasé la mañana con Elaia en el café del hotel, porque fuera hacía un frío de narices, y aproveché para ponerme con el proyecto de escritura fantasma.
Quizá Nathan no me había inspirado con el desorden de la mesa, pero me inspiró de otra manera.
Cuando estábamos recogiendo para salir a comer, la pantalla del teléfono se encendió junto al ruido de una notificación. Elaia corrió a mirar la pantalla:
—Es Nathan.
Le aparté el teléfono de un manotazo.
—Deja de ser tan cotilla —le dije mientras cogía el teléfono.
Abrí la notificación. Era un email.
Para: [email protected]
Asunto: Te echo de menos
Te acabas de ir y ya te echo de menos. Las sábanas de mi cama dicen que quieren conocerte. ¿Repetimos esta noche?
¿Qué tal tu mañana con Elaia? Yo sigo en la habitación. He considerado la opción de masturbarme pensando en ti, no voy a mentirte, pero he pensado que preferiría que fueras tú quien lo hiciera. ;)
Si quieres, te espero aquí a las 20 hrs.
Empecé a leer lo que parecía ser un mensaje romántico y, cuando terminé, faltaba poco para que se me humedecieran las bragas. El imbécil me había calado.
Le respondí el mensaje con las mismas ganas, y le pasé mi número de teléfono. Me parecía casi romántico mensajearnos por correo, pero no era lo más práctico, y después de tenerle dentro, quizá que tuviera mi teléfono no era nada desproporcionado.
Mientras caminábamos hacia el restaurante, no podía dejar de pensar en dos cosas:
1. En la noche que habíamos pasado Nathan y yo. Y en nuestra conexión que parecía estudiada.
2. Cómo Elaia y Chiara se habían referido a él como «novio».
No era algo en lo que hubiese pensado hasta el momento. Me estaba gustando este tira y afloja que teníamos y su presencia cada vez me hacía sentir mejor, más libre, más abierta.
Me gustaba chincharle y verle la cara de chulo. Me gustaba que me hiciera reír con tonterías, aunque yo pensara que era un imbécil. Y me gustaba que me devorara con la mirada, como si fuera la última tía del mundo; incluso cuando yo miraba a otro lado y notaba sus ojos fijos en mí.
Me gustaba él, en general. Y me estaba gustando la versión de mí a su lado.
No sé cómo no me había dado cuenta antes.
Nathan me arrancaba sonrisas haciendo tonterías.
Nathan me devolvía un poco a mi niña interior mientras me hacía reír.
Nathan se esforzaba por hacerme reír. Y supongo que eso revelaba muchas cosas que aún no nos habíamos atrevido a decirnos.