CAPÍTULO 33Nathan
Quería follarme a Lena de tantas maneras que solo pensar que estaba a punto de hacerlo me hacía querer correrme. Tuve que contener ese pensamiento, no podía permitir que nuestra primera vez durara tan solo un minuto.
Abrí el preservativo y me lo coloqué despacio.
Al girarme, Lena me esperaba tumbada en la cama, con las piernas entreabiertas.
Me acerqué a ella mientras me tocaba. Estaba tan excitado que dolía.
Le besé los pechos y bajé despacio por su abdomen.
Antes de colocarme entre sus piernas, la miré de forma desafiante.
Quería que me diera permiso, ver en su rostro lo mucho que lo deseaba.
—Se te da fatal seguir reglas, Caldwell —dijo mientras trataba de mantener la respiración.
—Lena —suspiré—, a la mierda las reglas, me vuelves loco…
Tras su aprobación, la lamí despacio hasta humedecerla por completo. Ese sabor me supo a gloria.
—Hazmelo, Nathan —susurró.
Me dejé caer sobre ella despacio, apoyé el brazo izquierdo en la almohada y, con la mano derecha, guié la penetración. Cogí aire antes de hacerlo. Sabía que ese acto no era solo una entrada directa a ella, sino también a mi corazón: un corazón que llevaba un año cerrado.
Moví las caderas con fuerza, buscando su placer. Le acaricié todo el cuerpo mientras la tomaba, ella gemía y gritaba mi nombre entre jadeos. Aceleré el ritmo al verla sollozar de placer.
—Voy a terminar —me dijo entre jadeos.
Volví a entrar con fuerza una vez más y, cuando sentí el pene palpitar, me corrí con tanta intensidad que pensé que rompería el condón. Me coloqué a su lado, besándola con ganas, y cuando pude mirarla bien, pensé en que esa chica podía hacer conmigo lo que quisiera.
Al separar nuestros labios, caí en la cuenta de que me habría gustado que aquello no terminara nunca.
Era la primera noche que compartía con ella, pero también la primera noche con una mujer desde que Alice ya no estaba.
Aquel pensamiento me hizo encoger. Llevaba un año sin ser capaz de mirar a otra mujer.
La relación con Alice no se sostenía por ningún lado, fui un juguete usado durante años, y entonces llegué a pensar que nunca sería suficiente para nadie.
Miré a Lena de nuevo y cerramos nuestros labios en otro beso, esta vez más dulce. Mientras la contemplaba, no podía evitar sentir miedo. Miedo de estar haciendo algo que no era correcto, miedo de haber ido demasiado lejos, pero sobre todo, miedo de no saber a dónde nos llevaría esto.
Me saqué el preservativo, le di un beso en la frente y me levanté en busca de su baño.
Entré en la ducha, intentando que el agua calmara mis pensamientos. Apoyé las manos en la pared y respiré profundamente. Al darme la vuelta, la vi mirarme desde el otro lado de la mampara.
—¿Puedo?
—Ven. —Me acerqué a ella, le cogí la mano y la abracé bajo el agua.
—¿Te quedas a dormir?
No supe qué responder. Joder, claro que quería quedarme. Quería abrazarla, quería olerla, quería besarla y mirarle sus preciosos ojos hasta que amaneciera, aunque no quedaban muchas horas para eso.
Cuando desperté, la habitación se había llenado de la luz del sol que entraba por los ventanales.
—Joder, ¿qué hora es?
Me removí entre las sábanas y me detuve a pensar en lo que habíamos hecho, en lo que acababa de suceder hacía apenas unas horas.
Estaba desnudo, y a mi lado, Lena aún dormía, abrazada a la almohada.
Estaba guapa. Parecía relajada. Tenía el pelo todavía un poco húmedo.
Me acomodé de lado para verla dormir. Un instinto quiso despertarla con energía sexual; quería volver a excitarme con ella, quería estar dentro de ella.
Resoplé mientras me tapaba con el edredón.
Lena se movió y se giró hacia mí despacio. Me miró y pasó un brazo por encima de mi cintura.
—Buenos días, ojitos.
—Buenos días —me dijo aún bostezando.
Se acercó y me besó despacio. Después me miró de nuevo, recorriendo todo mi cuerpo con la mirada. Sonreí al darme cuenta de que me estaba devorando con los ojos. Creo que nunca se había atrevido a mirarme así, pero… ¿para qué esconderlo ahora?
—¿Puedo retenerte hoy aquí, en mi cama? —me dijo riéndose.
—Todo tuyo —le contesté—. Sé mi secuestradora, finjamos que estamos enfermos, o que nos hemos quedado dormidos, qué sé yo.
Mientras hablaba, se colocó a horcajadas sobre mí.
Sentí de nuevo su cuerpo caliente contra el mío mientras me besaba.
Me encantaban sus besos, tenían algo magnético que hacía imposible apartarse de ellos.
Verla de nuevo encima de mi cuerpo, de mi piel, con el pelo revoltoso cubriéndole el rostro, me provocó un escalofrío que me recorrió por todo el cuerpo.
Era como una auténtica diosa aún recién levantada.