CAPÍTULO 32Lena
Parecía que Nathan estaba disfrutando demasiado del juego, así que decidí tomar las riendas de la situación yo misma.
—Estamos en desigualdad —le comenté, sonriendo—. Y ahora me toca a mí. Del uno al qué: ¿te quitas los calzoncillos?
—Así que quieres jugar sucio, ¿eh?
—No hagas que tenga que repetirlo —respondí, intentando taparme el pecho con torpeza—. Sabes que no estamos jugando en las mismas condiciones.
Me miró durante unos segundos, como valorando si aquello era una trampa o un reto. Al final, se encogió de hombros.
—Supongo que las reglas son las reglas.
Bajamos los dedos a la vez, lentamente, hasta llegar a cero.
—Cuatro —dijimos al unísono, con la voz más alta de lo normal.
Me giré de espaldas, dándole la libertad de desnudarse sin mi mirada presionándolo.
No estaba segura de por qué había llegado tan lejos.
No sabía siquiera qué estaba haciendo. Pero quería verlo.
Algo dentro de mí pedía a gritos acercarme más, morderle una nalga, dejar de pensar y disfrutar del momento.
Por primera vez en mucho tiempo, hacía esto con consciencia.
No era por el alcohol ni por el cansancio.
No tenía ni idea de dónde iba a terminar todo aquello, pero necesitaba comprobarlo.
Quizá era verdad eso de que solo vivía para trabajar, así que era el momento de disfrutar.
Cuando volví a girarme, estaba dejando la ropa interior en el borde de la piscina.
Bajo el agua se dibujaba su cuerpo con claridad: la curva de su espalda, los músculos tensándose al moverse, el agua resbalándole por el pelo y cayéndole por el rostro. Estaba guapo. No. Estaba sexy. Pero sexy de verdad, de ese que no se busca y aun así arrasa.
Se giró hacia mí, cubriéndose por inercia, y siguió con el juego.
—Ahora soy yo el que cree que no estamos en las mismas condiciones, así que… —Sonrió—. Ya sabes que toca. ¿Lo haces, o me harás hacer la cuenta atrás?
Lo miré como una cría desafiándole, y antes incluso de tener una respuesta tiró de mi brazo con decisión y terminé a centímetros de él. Ya no había espacio para bromas. Ni para reglas. Mis brazos habían dejado de protegerme y su cuerpo estaba pegado al mío.
Lo estaba viendo por primera vez desnudo. Totalmente desnudo. Me separé lo justo para mirarlo, para grabar la imagen. Nathan sonrió, descarado.
—¿Y ahora qué?
No supe qué responder. Me sumergí bajo el agua como única salida, intentando enfriar algo que ya estaba fuera de control. Cuando volví a la superficie, me agarró por la cadera y me atrajo hacia él sin esfuerzo.
Me quedé con la cabeza a la altura de su pecho. Podía escuchar su respiración, sentir su calor. Apoyé mi cabeza contra él. Me acerqué poco a poco y nuestros cuerpos terminaron de rozarse. Mis pechos rozaron su abdomen y se me endurecieron los pezones. Sentí el cosquilleo recorrerme entera.
Levanté la mirada y me quedé clavada en sus ojos.
—¿Y ahora qué? —repetí, devolviéndole el reto.
Me acarició la cara con su mano, y la paseó por mi hombro, dejándola aterrizar en mi pecho. Le dirigí una intensa mirada antes de quedarme a milímetros de su boca y le lamí los labios. Quería volver a notarlos, quería comprobar si pertenecían a los míos.
El estómago se me encogió.
—Quiero tocarte —me dijo—. ¿Puedo?
Le respondí besándolo con fuerza. Quería saborearlo.
Quería que sus besos me pertenecieran. Quería que me tocara, y lo quería con urgencia.
Mientras nuestras lenguas se encontraban, fogosas, fue deslizando la mano despacio por mi abdomen, haciéndome cosquillas antes de colarla entre mis bragas.
En el instante en que nuestras bocas volvieron a encontrarse, olvidé por completo que estaba saltándome todas las normas que le había impuesto.
Masajeó la zona por fuera antes de hundir dos dedos en mi interior. Gemí. Él susurró contra mi boca:
—¿No decías que no ibas a besarme?
Le lancé una mirada pícara y le besé el cuello. Qué bien olía… Me estaba volviendo loca.
Intenté meterme entre nuestros cuerpos para abrirme paso hasta su erección. Estaba tan dura que me estremecí solo de pensarlo. Lo empujé con fuerza contra la pared de la piscina, le rodeé el pene con la mano y empecé a moverme despacio. Quería hacerle la mejor paja de su vida.
—Tócame… no quiero que pares —conseguí decirle.
Pareció atender a mi petición, porque su boca descendió hasta mis pechos, besándome con suavidad en cada lugar en el que se detenía.
Mordió mi pezón izquierdo mientras, con la otra mano, seguía jugando entre mis piernas.
Jadeé cuando lo hizo. Hacía tiempo que nadie me tocaba así; hacía tiempo que nadie buscaba darme placer de esa manera, tan salvaje e intensa.
Deslizó la mano por mi pelo y, mientras me acariciaba, me besó con tanta fuerza que olvidé por completo dónde estábamos. Me agarró en brazos, de modo que mis piernas quedaron rodeándole la cadera, y se rozó contra mí con intensidad. Cuando noté su erección, le mordí el labio.
Lo quería dentro de mí.
—Hazlo —le dije.
—¿Tienes condones?
Joder. Los malditos preservativos.
Salimos de la piscina con urgencia, con la misma urgencia con la que lo deseaba. Cogimos la ropa y las cosas de la mesa y bajamos hasta nuestra planta, cubiertos por una toalla, sin dejar de besarnos ni un solo segundo.
Al llegar a la puerta de la habitación, saqué la tarjeta del bolso y la abrimos a toda prisa.
Me agarró y me estampó contra el marco de la puerta. Nuestras lenguas se buscaban con hambre, ardientes. Luego se giró y nos dejó caer a ambos sobre el colchón.
Señalé la mesita de noche con un gesto torpe.
—Ahí están los condones —musité entre jadeos.