El arte de entender el caos CAPÍTULO 31Nathan
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CAPÍTULO 31Nathan

A Lena le cambió la cara por completo. No supe decir si fue porque la sorprendió ver todo aquel despliegue o porque pensó que el imbécil —como solía llamarme— había dado justo en el clavo y entendía con precisión lo que necesitaba para trabajar.

—Este imbécil sabe apreciar tu desorden —dije, encogiéndome de hombros.

Llevaba dos semanas observándola en la oficina. Dos semanas viendo como se movía entre el desorden, y aunque a mí ese caos me sacaba de quicio —y me hacía imposible concentrarme—, ella parecía fluir dentro de él como si nada más existiera.

—Te veo bailar dentro de tu propio caos como si nada alrededor importara —continué—. Quizá no me he adaptado a Starlight, pero creo que sí me he adaptado a ti.

Movió la cabeza de un lado a otro, negando, con una expresión de sorpresa absoluta. Luego dejó escapar una pequeña risa, de esas que no se pueden contener.

—Si me permites, aún falta algo —añadí, ya dándome la vuelta.

Me miró, extrañada, pero se apartó lo justo para dejarme pasar.

—Prometo volver —dije antes de salir.

En la siguiente esquina había un 7-Eleven. Había pasado por delante varias veces desde que llegamos, pero esta vez bajé casi volando en el ascensor decidido a cumplir mi misión: el muffin .

Volví a subir igual de rápido. Antes de regresar a la piscina hice una parada estratégica en la habitación, abrí la neverita y cogí un par de botellines de Aperol Spritz.

No podía parecer un robo a mano armada, con la cantidad de bebidas que había allí dentro, nadie iba a notar su ausencia, aunque lo dejara sin pagar.

Empujé las puertas de la piscina con un gesto victorioso, como si acabara de salvar el mundo. A veces, la chulería me acompañaba demasiado. Siempre he creído que era un acto reflejo como para protegerme de la vergüenza. Me volvía un descarado y así las cosas no me costaban tanto.

Me acerqué a la mesa y le tendí el muffin a Lena.

—Lo siento, no quedaban de los de chocolate blanco. Bueno… sí quedaban, pero parecían hechos a las siete de la mañana —dije—. Así que me he atrevido con este de doble chocolate y este de fresa, que tenían pinta de ser, como mínimo, de las cinco de la tarde.

Ella arqueó una ceja, divertida.

—Todo un reto —respondió.

Luego señaló los botellines.

—¿Y esto?

—Los he robado de la neverita de la habitación. No creo que nadie los eche de menos… ¿has visto la cantidad de bebidas que hay ahí dentro?

Se echó a reír.

—Estás loco —dijo, negando con la cabeza—. Entonces… —añadió, señalando la mesa—. ¿Este parece ser mi kit oficial para trabajar bien?

—Ya lo creo.

Sonreí, satisfecho.

—Es más —continué—, ahora que tienes azúcar y desorden, voy a darme un baño mientras tú te quedas aquí escribiendo la puta mejor novela.

—Intenta no ahogarte, porfa —me dijo, como si fuera mi madre—. No tengo tiempo para salvar vidas.

Me hizo gracia. Me desprendí de la ropa sin pensarlo demasiado y me lancé a la piscina.

El agua me envolvió de golpe, despertando cada nervio de mi cuerpo.

Durante un segundo la observé desde ahí abajo y deseé que mandara el trabajo a la mierda y se tirara conmigo, que rompiera esa barrera invisible que siempre parecía mantenerla a salvo de todo lo que podía pasar si dejaba de lado el trabajo. Pero no pasó.

Al rato salí del agua, me coloqué la toalla en la cintura y me acerqué a ella chorreando todavía. Estaba a punto de coger uno de los botellines cuando un ruido seco que venía de la entrada de la piscina nos alertó.

A Lena se le escapó un chillido breve. Enseguida me acerqué más a ella y le tapé la boca con la mano.

—Shhh —susurré—. Sabes que no podemos estar aquí, ¿verdad?

Asintió con los ojos muy abiertos.

Nos levantamos despacio y empezamos a movernos casi a la carrera, conteniendo la risa, buscando una de las esquinas como dos críos cazados haciendo algo prohibido. El corazón me latía rápido, por esa emoción absurda de estar a punto de que te pillen.

Lena iba delante de mí, corriendo como una niña pequeña jugando al pilla-pilla, y tuve que morderme el labio para no reírme.

La esquina no era demasiado amplia.

Nos agachamos de golpe y ella terminó sentándose sobre mis piernas.

—¡Au!, me clavas la rodilla —susurró.

La agarré por la cadera sin pensarlo y la empujé un poco más hacia dentro del hueco.

—¿Así mejor?

Asintió. Noté cómo su ropa se pegaba a mi piel húmeda, cómo su pelo caía cerca de mi rostro. La tenía tan cerca que casi podía saborearla. Tragué saliva, rezando e intentando contener los instintos de mi cuerpo.

—Calla, que viene —musitó.

Vimos cómo la luz de una linterna se acercaba, barría el suelo y se detenía un segundo. La adrenalina me recorrió entero. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una chiquillada así. Sentía su respiración acelerada contra mi pecho y la mía intentando acompasarse a la suya.

Cuando el destello se alejó y el guardia desapareció, salimos disparados de allí. Corriendo sin rumbo y muertos de la risa.

—¿Qué hemos hecho? —me dijo entre carcajadas.

—¿A qué te refieres? ¿A colarnos o a correr como si nos fuera la vida en ello?

—A las dos cosas —respondió, todavía riéndose—. Creo que nos merecemos ese Aperol.

Volvimos a la mesa mirando alrededor, por si acaso. La sonrisa no se nos borró en toda la noche. Me lo estaba pasando bien. El caos de Lena ya no me parecía tan exagerado con ella al lado.

Cogí el botellín y me senté en la baldosa, dejando caer los pies dentro de la piscina.

—¿Te vienes?

—Ni de coña, guapo. No llevo bañador.

—¿Y la ropa interior no sirve?

—No pienso bañarme en ropa interior contigo husmeando por aquí.

—Anda ya —le dije—. Ni que fuera muy diferente de un bañador. Venga, vente.

Me miró unos segundos, dudando.

—Promete no mirarme.

Sonreí.

—Que sí, Lena. ¿Qué somos? ¿Críos?

Y por cómo me devolvió la sonrisa, supe que esa noche lo éramos, al menos un poco.

Se bajó el pantalón despacio. Su figura resaltaba aún más en ropa interior, era mejor de lo que había imaginado, y eso me descolocó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Debajo del sujetador se le marcaban los pezones, redondos, oscuros.

Tuve que luchar contra mí mismo para no fijarme más de la cuenta en ellos.

Tenían una caída perfecta. Lena chasqueó la lengua mientras se sentaba en la repisa.

—¿Sabes? —dijo—. Cuando era pequeña, y no me concentraba para hacer los deberes, mi madre me hacía jugar a un juego. Es una táctica que me ayudaba bastante, y aún la sigo usando.

Asentí con la cabeza mientras me lo explicaba. Gesticulaba tanto que era imposible no quedarse embobado en ella, en sus gestos, en su manera de hablar.

—Se trata de hacerse preguntas de algo super diferente, como si fueran cosas aleatorias —añadió—.

Así la mente se dispersa y luego vuelve con más fluidez.

Por ejemplo, yo te pregunto una cosa y tenemos que responder, a la de tres, con un número del uno al diez.

Si yo digo: «¿Del uno al diez, cuánto te tirarías a la piscina?

» y nuestra respuesta coincide, tenemos que tirarnos al agua.

Sin excusas. Se puede usar esta alternativa, o bien decir «Del uno al qué», pero la dinámica es la misma.

La miré, desconcertado, mientras me lo explicaba.

No esperaba algo así de ella, puede que porque la imagen que me había hecho hasta ahora era otra, algo así como «Lena la trabajadora que no disfruta».

Pero la idea me gustaba. Hacía bastante tiempo que no jugaba a nada.

O, al menos, no a un juego en el que pudiera pasármelo bien.

—Empiezo yo —comentó, sin darme margen—. ¿Del uno al diez, qué tan mala compañera crees que soy?

—¿Qué? —Fruncí el ceño—. ¿Por qué dices eso, Lena?

—Di un número. Del uno al diez —insistió.

La miré un segundo más, intentando entender de dónde salía esa pregunta. Había algo ahí que no estaba diciendo en voz alta.

—Respóndeme tú primero —añadí—. No entiendo por qué piensas así.

—Ay, no sé… —dijo al final—. Creo que soy un desastre porque debería haberte ayudado a adaptarte a tu puesto y, en vez de eso, te he estado evitando todos estos días.

—¿Por eso? —Negué con la cabeza—. Eso da igual, Lena. La cagué. Y puedo entenderlo perfectamente; a mí tampoco me gusta que toquen mis cosas o que me dejen en evidencia. De hecho, siguiendo esta misma teoría… —añadí—: te podría preguntar, del uno al qué: ¿Qué tan imbécil crees que soy?

Soltó una risa breve.

—Uff… —Se llevó el botellín a los labios, pensativa—. ¿Diez mil? Eres un creído. Vas por ahí convencido de que todo el mundo baila a tus pies.

—¿Pero qué dices? —protesté, llevándome una mano al pecho.

—Shhh —me cortó, levantando un dedo—. Sin preguntas ahora.

Me rendí, divertido.

—Vale. Tu turno.

—Del uno al qué: ¿Cuánto has odiado la propuesta de Montreal?

Nos miramos apenas un segundo antes de responder.

—Cinco —dijimos a la vez.

Al ver cómo las respuestas coincidían, chocamos los botellines y bebimos entre risas, como si aquel pequeño acuerdo nos hubiera colocado, sin querer, en el mismo punto.

En menos de diez minutos nos habíamos hecho una especie de test de nosotros mismos. Algunas preguntas referentes a la editorial, otras hablando de lo cotidiano y otras bastante más random . No recuerdo en qué momento la conversación empezó a fluir hacía otros temas más subidos de tono.

—Del uno al qué: ¿Te bañas conmigo?

—No voy a bañarme —respondió sin dudar.

—¿Número?

—Tres —dijimos a la vez

Me lancé a la piscina sin pensarlo. El agua me envolvió de golpe y, desde dentro, alargué el brazo y le agarré la muñeca antes de que pudiera reaccionar.

—¡Nathan! —exclamó mientras caía al agua conmigo.

Me respondió con una pataleta, lanzándome agua a la cara. Estaba ridículamente graciosa cuando se enfadaba así.

—Del uno al qué: ¿Repetirías el beso de esta mañana? —preguntó.

Nos miramos fijamente. Sabíamos que en esta pregunta intentaríamos no coincidir. Levantamos los dedos y empezamos la cuenta atrás.

—Ocho —dijimos a la vez.

—Imbécil —murmuró Lena, desviando la mirada—. No pienso besarte.

—¿Estás segura? —le pregunté, antes de rodearla y acercarla a mí bajo el agua—. ¿Entonces por qué preguntas?

Me sostuvo la mirada, desafiante, con una sonrisa satisfecha mientras asentía.

—Segurísima —contestó, alargando la palabra.

Me acerqué un poco más, lo justo para que el espacio entre nosotros desapareciera sin llegar a romperse del todo.

—Perfecto —respondí—. Entonces tengo derecho a otra ronda. Si no cumples las reglas, esto es lo que me parece justo, así que… Del uno al qué: ¿te quitas el sujetador?

—Eres un cretino —protestó.

—Responde a la pregunta, Lena —dije, bajando lentamente los dedos—. Uno… dos… tres…

Ella dijo diez, y yo esperé una milésima de segundo en contestar para hacerlo después de ella sin que se notará demasiado, y a pesar de que mi pensamiento era un siete, cuando escuché la primera sílaba, también dije diez.

No tenía muy claro cómo iba a controlarme si realmente lo hacía, pero, conociéndola, estaba convencido de que no pasaría y por eso, jugué sucio.

Me equivoqué. Se colocó frente a mí. Con la mano izquierda se desabrochó el sujetador con un gesto lento, casi ceremonial.

Lo alzó en el aire como si fuera una bandera y lo lanzó fuera del agua sin romper el contacto visual.

Durante un segundo me quedé en blanco. No pude controlar mis pensamientos naturales y noté como empezaba a endurecerme.