El arte de entender el caos CAPÍTULO 30Lena
52%

CAPÍTULO 30Lena

Ya en el hotel, me encerré en la habitación de Elaia y le rogué que, por favor, cenáramos juntas pidiendo servicio de habitaciones.

Necesitaba tiempo para mí, para procesar lo que había pasado y alguien con quien poder hablar sin filtros.

No podía dejar de pensar en ese beso. Joder, no me había apartado.

Sus labios eran gruesos, jugosos, y habían encajado a la perfección, aunque solo hubiera durado un segundo.

Sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo, como mariposas que se posaban en mi estómago y batían con fuerza sus alas.

Espera, ¿mariposas? No, no. Esto no eran mariposas.

Era otra señal más de que llevaba seis meses sin sexo.

No era solo una atracción momentánea; era una combinación de deseo contenido y la cercanía de alguien que, por lo menos hasta ayer, había sido solo un compañero de trabajo.

Podría haberme pasado casi con cualquiera, pero había sido él.

Siendo honesta, desde que llegué a Nueva York, había estado tan centrada en el trabajo que no me había permitido conocer a nadie.

Hubo una vez que quedé por semanas con un tipo que resultó ser un puto depravado que cada día estaba con una tía distinta.

Después de eso, me prometí a mi misma, no volver a involucrarme con alguien que solo buscara sexo sin compromiso.

Follar estaba bien, pero no quería ser el pasatiempo de nadie.

¿Por qué era tan difícil tener un amor como el de las películas?

Mientras Elaia abría la puerta con la bandeja del servicio de habitaciones, no pudo evitar que su curiosidad se reflejara en la mirada:

—Tía, cuando os he visto, he corrido a leer el guion por encima —dijo, bajando la voz con emoción contenida—. ¡Me he quedado flipando!

—Sí, yo también he flipado, creo que tanto como tú —respondí

—¡Pero si no te has apartado!

—¿Cómo que no? —Arqueé una ceja

—Has sido super profesional, sí, con eso también he flipado. Yo creía que le ibas a liar una escena, del tipo: «¿Qué cojones acabas de hacer pedazo de creído?», pero te has comportado, reconozco que te tengo que felicitar.

Me quedé en silencio un momento, mordiéndome el labio mientras ella me miraba incrédula.

No sabía si había sido un acto de profesionalismo puro, o si en realidad, ese beso no me había molestado tanto.

Quizá era normal; quizá, en el contexto del rodaje y la tensión de la escena, era algo que podía pasar.

A veces te dejas llevar por la emoción del momento, y ocurre. ¿No?

Después de cenar, me dirigí a mi habitación con pasos sigilosos, tratando de no despertar a Nathan.

Abrí el portátil para revisar un manuscrito, pero por mucho que lo intenté, no tuve narices de concentrarme.

Todo lo que había pasado esa mañana y la sensación de sus labios sobre los míos me distraía demasiado.

Cuando llevaba más de treinta minutos embobada en un punto fijo de la pantalla, pensé que quizá necesitaba un cambio de escenario.

Incluso se me había pasado por la cabeza tocarme. Pero no, eso no podía ocurrir. No podía ocurrir porque el tío con el que pensaba hacerlo estaba separado de mí por un puto tabique. Y ya me parecía rozar la obsesión hacerlo en estas circunstancias.

Cogí el portátil como un bebé en brazos y decidí ir a la piscina del hotel.

Segura de que a esas horas estaría desierta.

Pensé que allí podría relajarme y quizá encontrar un poco de inspiración.

Abrí las puertas de la gran cristalera que daba paso a la piscina.

Era la mejor que había visto en mi vida.

Una infinity pool enorme, rodeada de ventanales desde los que se apreciaban las luces de los rascacielos recortándose contra el cielo nocturno de la ciudad.

Frente a la piscina, había una especie de bar, con una barra discreta y varias mesas, seguro que de día se llenaba.

Era imposible no querer pasarse el día aquí dentro si venías de vacaciones.

Esta piscina, a parte de preciosa, tenía algo que te pedía que te quedaras.

Las vistas, la música que ponían, y los famosos cócteles de la cadena la hacían un lugar perfecto al que recurrir.

Dejé el portátil sobre una de las sillas, aparté otra de ellas y me senté, intentando encontrar por fin un poco de calma que me devolviera la concentración.

Llevaba unos quince minutos intentando escribir cuando escuché cómo la puerta se abría de nuevo. Me sobresalté, porque antes de entrar había visto claramente un cartel con el horario:

Invierno: de 9 a 22 h.

Lo había ignorado por completo, así que di por hecho que aparecería un guardia musculado para echarme amablemente. En los hoteles de lujo, aunque te hayas colado en un sitio, no suele pasar eso de las películas en las que aparece un guardia super mazado para cogerte en brazos y sacarte a rastras.

Me di la vuelta, con la disculpa ya en la punta de la lengua, y entre la oscuridad distinguí una silueta que se acercaba poco a poco. Metro ochenta, paso seguro y esa maldita colonia que llegaba a los sitios antes que él. Maravilloso. No necesitaba más pistas, era Nathan.

Había venido al único puto sitio del hotel donde creía que no me econtraría a nadie, y mucho menos a estas horas.

Al verme, levantó ligeramente la barbilla y señaló la silla vacía a mi lado.

—¿Te importa?

Sonreí y separé la silla de la mesa, dándole permiso para sentarse.

—¿Sabes qué hora es? —preguntó mientras se acomodaba.

—¿Las once?

—Es la una de la madrugada, Lena —corrigió—. ¿Cuánto te pagan por trabajar cuando todo el mundo duerme?

Me reí por lo bajo.

—Por desgracia nada, pero necesito acabar un proyecto de escritura fantasma.

—¿Y te viene la inspiración a estas horas?

—La verdad es que no —admití—. Pero necesitaba distraerme. Y he pensado que meterme en una historia que no fuera la mía propia ayudaría.

Se inclinó un poco hacia delante y miró la pantalla del portátil.

—Por desgracia, no ha servido de mucho —añadí señalando la pantalla.

—¿Y qué hay de ti? ¿Tienes una cita misteriosa en la azotea de un hotel? —pregunté sin pensar.

«¿Por qué cojones le has preguntado eso Lena? ¿Acaso te importa? Últimamente no sabes quedarte calladita».

Nathan se mofó, sin mala intención y, por suerte, continuó la conversación como si nada, no sabría contestarle si me hubiera seguido el rollo.

—Déjate de tonterías, yo creo que sé por qué no te concentras.

Lo miré con escepticismo.

—Olvidaba que tienes respuesta para todo.

—No es eso —dijo—. Es que esta mesa no está preparada para ti. ¿Me dejas?

Señaló mi bolso. Asentí, aún sin entender nada. Por un momento pensé que me iba a seducir con un truco de magia o quizá incluso que sacaría una varita del bolso por amor al arte.

—Prométeme primero que te vas a girar. Es más, espera.

Se levantó de golpe, me agarró del brazo y, antes de que pudiera reaccionar, me tapó los ojos con la mano mientras me giraba de espaldas. No tenía ni idea de qué coño iba a hacer, pero a esas alturas la situación me parecía tan absurda que me dejé llevar.

Escuché cómo abría la cremallera del bolso y, acto seguido, me pareció oír varios golpes secos, como cuando se dejan caer cosas sin ningún cuidado sobre una superficie.

—A la de tres puedes girarte —anunció.

Empecé a darme la vuelta cuando me interrumpió.

—Eh, eh. He dicho a la de tres. No seas descarada.

—Imbécil —le solté.

—Uno… dos… y tres.

Cuando me giré, vi que había convertido la mesa en el caos más espectacular que había visto en mi vida. El muy cabrón había reproducido mi escritorio de la oficina.

Se las había apañado para sacar absolutamente todo del bolso y esparcirlo por la mesa: los clínex, la libreta, los bolígrafos… incluso las compresas que llevaba guardadas al fondo.

Me quedé mirándolo unos segundos incrédula, abrí la boca con sorpresa y señalé la mesa del bar.

—¿Pero tú estás bien de la cabeza? —dije al final, mientras sonreía.

Nathan sonrió, orgulloso de su obra, como si acabara de crear una instalación artística.