El arte de entender el caos CAPÍTULO 28Lena
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CAPÍTULO 28Lena

A la mañana siguiente me encontré a Nathan saliendo del hotel y nos saludamos con lo que ya empezaba a parecer nuestro saludo oficial.

—Hola, vecino.

Llevaba unos vaqueros pitillo y una camiseta gris con un mensaje bordado. Sin pensarlo demasiado, le agarré la camiseta por un lateral y tiré de ella.

—Menos mal que vistes mejor que Jon —dije, riendo.

—¿Desde cuándo te metes con mi manera de vestir?

—Desde que fuimos de compras ayer y te creías un modelo.

—Venga ya, te reíste un montón.

—Porque eres imbécil.

Empezamos a caminar juntos hacia el punto de encuentro para grabar la escena que el día anterior no habíamos podido dar por buena. Eran las nueve de la mañana y las calles ya estaban llenas de gente caminando sin rumbo fijo.

Caminábamos sin hablar demasiado, pero no sentí la necesidad de romper ese silencio. Algo en estos últimos días me había hecho sentir cómoda a su lado.

—¿Por qué ya no te odio? —le pregunté, con una sonrisa burlona.

—Porque soy un amor —respondió, guiñándome un ojo.

—Lo que eres es un creído.

—Un creído al que te aferraste en el avión.

—No me lo recuerdes. Fuiste lo único a lo que podía agarrarme, no te vengas arriba.

Entre risas, seguimos caminando mientras observábamos cómo se llenaban las cafeterías de la zona.

Nathan sacaba el móvil de vez en cuando para hacer fotos, como si fuera un turista más.

No pude evitar mirar la pantalla cuando las hacía.

Parecían fotos de postal. Me sorprendí a mi misma observándolo con curiosidad.

Había algo en él que me resultaba bonito.

Su forma de mirar las cosas, la expresión que se le dibujaba en la cara cuando algo le gustaba…

La luz del sol mañanero le caía de lleno en el rostro mientras caminaba, y pensé que estaba guapo.

Llegamos a la ubicación donde todos nos estaban esperando. Siempre iban antes para grabar algunos planos de apoyo y colocar el equipo con calma. Parecíamos los protagonistas a los que alguien espera para empezar a grabar una película. Aunque, bueno, literalmente lo éramos.

—Aquí están —dijo Elaia.

Nos cogió de la mano a ambos y nos colocó con un gesto estudiado donde quería.

—Muy bien, empezamos desde aquí —añadió James—. ¿Recordáis el guion, no? Venís cada uno por vuestro lado, os encontráis en el punto que os ha marcado Elaia y os vais acercando poco a poco. Nathan, tú cogerás a Lena por debajo del culo y la levantarás.

Ambos asentimos.

Por un segundo recordé la facilidad con la que había levantado mi maleta de veinte kilos el otro día. La imagen se mezcló en mi cabeza con la de su pectoral marcado a través de la camisa y con su culo firme, y una chispa incómoda se encendió en mi estómago al pensar que iba a cogerme.

A los veinte minutos ya habíamos repetido la toma tres veces. En la primera estábamos tan rígidos que ni siquiera llegó a cogerme en brazos. En la segunda casi me caí. En la tercera nos entró un ataque de risa al tenernos demasiado cerca.

Estar junto a él empezaba a ponerme nerviosa. Me tensaba cada vez que lo tenía a milímetros. Nuestros olores se habían entremezclado y, por momentos, sentía que ese lugar era justo donde quería estar.

—Venga, última —pidió James—. Por favor, poneos serios. Vamos a sacarla.

¿Cómo se supone que iba a ponerme seria, cuando el tío que tenía a milímetros me estaba enloqueciendo poco a poco?

Nos separamos para colocarnos en posición.

Empezamos a caminar el uno hacia el otro, tal y como habíamos ensayado.

Cuando lo tuve delante, di un paso de más y me detuve.

Mi cabeza quedó casi apoyada en su hombro.

Nathan se agachó para cogerme y, cuando lo hizo, nuestras narices se rozaron.

Sonreí sin querer. Los nervios me estaban ganando.

Cerré los ojos e intenté pensar solo en la escena.

Me dejé llevar. En segundos estaba elevada del suelo, sostenida por sus brazos como si no pesara sesenta y tres kilos.

Bajo las indicaciones de Elaia, Nathan bajó los brazos lo justo para que nuestras caras quedaran a la misma altura.

Fue en ese momento cuando noté como si nuestros mundos colisionaran. Como si fuéramos uno. Ya había tenido esta sensación antes, al cantar la canción el otro día, pero en este preciso instante caí en la cuenta de algo más. Me gustaba estar con él, me gustaba compartir tiempo con él.

—Muy bien, chicos —dijo James—. Aguantad dos segundos más mirándoos y acabamos.

Empecé a resbalar de sus brazos y nuestras narices volvieron a rozarse.

Abrí los ojos y me encontré con su mirada fija en la mía, tan cerca que podía sentir su respiración.

El pulso se me aceleró y unos pensamientos invasivos sobre lo guapo que era Nathan, empezaron a colarse en mi mente.

Joder. Era ese típico momento de las películas donde todo el mundo está esperando que ocurra algo, algo que en este caso no iba a ocurrir.

Cuando quise frenar mi mente, cerré los ojos de nuevo para escapar de este escenario que nos envolvía, cogí aire y cuando traté de salir de sus brazos, terminé inclinándome lo suficiente hacía su rostro y nos fundimos en un ligero beso.

Los aplausos de todo el equipo me golpearon contra la realidad. ¿Qué cojones acababa de pasar? ¿He besado a Nathan? ¿Nathan me ha besado a mi? ¿Nos hemos besado?

Busqué a Elaia entre todos y la vi leyendo el guion como buscando si eso era lo que tenía que pasar. James se acercó a Nathan y le dió una palmadita mientras le decía algo parecido a: «Buen trabajo chicos, habéis conseguido traspasar la pantalla, ¡qué naturalidad!»

Eso fue lo que me pareció oír mientras trataba de asimilar lo que acababa de pasar.

Y no, no solo trataba de asimilar el beso, también trataba de asimilar que me había gustado más de lo que me podía reconocer a mi misma.

El muy capullo besaba bien. Claro que era de esperar.

Era un prepotente y tan guapo que podías derretirte cuando lo mirabas, y tenía unos músculos…

¿Cómo no iba a besar bien? Hubiera sido un delito que no fuese así.

Como solía decir Sara, los tíos así suelen venir con el pack completo, guapo por fuera, guapo por dentro y con las habilidades perfectas.

No sabía si Nathan tenía más habilidades escondidas, ni tampoco si eran perfectas, pero ahora no tenía la cabeza para pensar en eso. Maldita Sara, otra vez tenía razón.