El arte de entender el caos CAPÍTULO 27Nathan
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CAPÍTULO 27Nathan

Ir de compras con Lena no estaba en mi lista de cosas que hacer en Montreal.

Eso estaba claro. Ni siquiera había contemplado tener tiempo para hacer turismo cuando vi el planning de grabaciones.

Como mucho, pensé que quedaría algún hueco suelto para teletrabajar; era evidente que Scarlett esperaba que no descuidáramos el resto de proyectos.

Cuando me encontré a Lena en el probador y me pidió ayuda, no pude evitar que mi cabeza hiciera justo lo que no debía.

La imagen que había aparecido la noche anterior volvió sin permiso, nítida, inoportuna.

Tuve que contenerme para no dejar que derivara en pensamientos fuera de lugar.

Algo se me descolocó por dentro cuando le subí la cremallera del vestido.

Noté su olor incluso antes de tocarla. Al tirar hacia arriba, mis dedos estaban fríos y su cuerpo reaccionó con un escalofrío que sentí casi como propio.

Durante un segundo, recé para que mi cuerpo no decidiera traicionarme en el peor momento posible.

Aun así, la cercanía fue suficiente para tensarme entero.

El olor de su piel, el calor, ese maldito segundo en el que fui demasiado consciente de dónde estaban mis manos… y de dónde querían estar.

Pensé, sin querer, en qué pensaría ella si se diera cuenta o aún peor, en qué pensaría su novio si nos viera así.

Incluso pensé en Alice, no sé porqué cojones lo hice.

Parecía como si cada vez que se me cruzaba alguien en el camino, ella tuviera que estar presente, maldita sea, como si no me hubiera hecho suficiente daño.

De vuelta al hotel, el cansancio me cayó encima de golpe. Me dejé caer sobre la cama, mirando al techo, pero el sueño no llegó. La imagen del vestido volvió. El tacto fugaz. La cercanía.

No podía volver a masturbarme pensando en ella, joder. La tenía justo al otro lado de la puerta.

Después de dar demasiadas vueltas, bajé al bar del hotel a por un té. Por lo visto, no debía de ser el único incapaz de dormir. James estaba allí, sentado en una mesa. Al verme, levantó la cabeza a modo de saludo.

Era, sin exagerar, lo más parecido que tenía a un amigo en Starlight. Desde el primer día había conseguido romper el hielo conmigo. Nada más verme aparecer por la oficina, me lanzó una mirada cómplice y señaló con la cabeza hacia Lena.

—¿Te han echado ya a la jaula de los leones? —bromeó, dejando claro que trabajar con ella no iba a ser un paseo ligero.

No supe si reírme o prepararme para lo peor, pero ese comentario bastó para que la tensión inicial se diluyera. Con el paso de los días, las bromas se volvieron conversaciones, y las conversaciones, cierta complicidad.

Cuando aterricé en la editorial, James fue mi pase directo hacia el resto de compañeros.

Siempre había tenido facilidad para hacer amistades; era abierto, y eso ayudaba.

Pero después de meter la pata nada más llegar, reprimí esa parte de mí y preferí centrarme en demostrar mi valía.

Por suerte, James insistió en que saliéramos con el resto del grupo algunos días entre semana y, aunque al principio acepté un poco por compromiso, gracias a eso no solo conseguí quitarme de encima el peso constante del trabajo, sino que también acabamos construyendo una buena amistad.

Hacía menos de un mes que nos conocíamos, pero era una de esas relaciones fáciles, supongo que en gran parte fue porque ambos teníamos ese tono irónico que no todo el mundo aguanta.

—Voy a pedirme un té —le dije—. ¿Quieres uno?

—Un vaso de leche, por favor.

—¿Eres como un bebé? ¿Tomas leche para dormir?

Me fulminó con la mirada cuando le dije eso, menos mal, sin perder la sonrisa, y me dirigí hacia la barra. Unos minutos más tarde, el camarero dejó las bebidas sobre la mesa.

—¿Qué tal con Lena? —preguntó—. ¿Ya habéis pasado a la segunda fase?

—¿Pero qué dices? —le respondí, ofendido.

—No te hagas el tonto, Nathan. Todos nos hemos dado cuenta del rollo que os traéis. ¿Creéis que lo estáis disimulando bien?

—Estáis desvariando —negué con la cabeza, chasqueando la lengua contra el paladar.

—Tendrías que haber visto vuestra estampa en el karaoke.

—Se llama actuación, por si no lo sabías.

—Tío, conozco a Lena. Hay cosas que no se actúan.

—¿Pero qué estás diciendo? ¿Y su novio qué?

—¿Novio? Lena no tiene novio. De hecho, lleva meses huyendo de ese concepto.

—Hace unas semanas le mandaron flores al trabajo. ¿No te has enterado?

—Ah, hablas de Sam.

—Sí, eso me pareció ver en la nota.

—Sam fue su último compañero. Eran súper amigos, casi como hermanos. Llevaban tiempo trabajando juntos. Cuando se fue, ella pensó que se moría… pero ya ves, de todo se sale —comentó ladeando la cabeza.

—Bueno, da igual, no hay nada entre nosotros.

—Os vi saliendo juntos del Zara. Y esas miraditas que os echáis en los rodajes…

—¿Y qué me dices de ti? —repliqué, antes de poder evitarlo.

No sé por qué narices dije eso. La noche anterior, una sensación incómoda —demasiado parecida a los celos— se me había instalado al verla en brazos de James.

No era algo habitual en mí. Hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así.

Nunca había sido un tipo demasiado posesivo, y los celos no eran un tema familiar para mí.

Al principio, cuando estaba con Alice, tuve algún episodio aislado.

Nada grave, pero suficiente para acabar en discusiones incómodas.

Con el tiempo me obligué a mirarlo de frente, a entender de dónde venía esa frustración y a corregirla.

Aun así, ayer, al ver cómo James se acercaba a Lena, cómo la cogía en brazos para bajarla del escenario con tanta naturalidad, algo se activó en mi cabeza. Quería ser yo quien la levantara la próxima vez.

—¿Yo? —se rio—. Madre mía. Lena es casi como una hermana para mí. De hecho, igual podrías presentarme a tu hermana, ¿no? Parece guapa.

—¿Te has vuelto loco? Olvídate, James, Fallon no se fijaría en ti.

—¿Y tú qué sabes? Aún no me has visto ligar, tengo tácticas infalibles.

—Justo por eso mismo no te la voy a presentar. Me repugna la idea de que creas que Fallon caerá como todas.

James me miró de arriba abajo burlón y me estrechó el hombro.

—Escúchame, no nos desviemos. Volvamos al tema de Lena. Entonces no te importaría que alguien le pidiera una cita, ¿no?

Me pasé la mano por la cara y suspiré.

—¿Qué quieres que te diga, James?

—Nada tío, yo solo intento que te abras a tu verdad.

—Eso no importa —respondí, resignado—. No parece que Lena vaya a fijarse en mí y tampoco va a cruzar esa línea profesional.

—¿Te lo ha dicho ella?

—¿Cómo?

—Nathan… ¿Cómo no va a gustarle un tío que sabe las canciones de su musical favorito?

Hablar con James desencadenó una serie de pensamientos.

¿Veía a Lena como algo más? ¿La imaginaba saliendo conmigo?

¿Quería algo con ella? Hasta ese momento no la había visto así…

¿o sí? Había pensado en follármela, sí. Y me había masturbando pensando en ella.

Claro que, en referencia a esto último… ¿Quién era yo para oponerme al instinto más natural?

Sería inútil. Pero imaginarme con ella… ¿Tenía eso sentido?

Me resultaba incluso imposible pensarlo, al fin y al cabo, trabajábamos juntos.

¿Qué diría la política de empresa? No creo que ni ella ni yo fuéramos capaces de dejar el trabajo por un calentón.

Aunque a estas alturas, ya no sé si se trata de eso o de algo más.

Me reprimí cuando me vi pensando en todas aquellas cosas. Lena jamás estaría conmigo. O bueno, mejor dicho, yo no estaría con Lena, primero porque me parecía una arrogante con una relación de dependencia con su trabajo, y segundo, porque sería incapaz de acostumbrarme a su desorden.