CAPÍTULO 26Lena
Al parecer el clima en Montreal había decidido cambiar en el momento menos oportuno.
Estábamos a mitad de grabación cuando la lluvia empezó a caer de golpe, primero en gotas tímidas y luego como si alguien hubiera abierto un grifo gigante sobre la calle empedrada.
En cuestión de segundos, todos estábamos empapados.
Los trajes que habían seleccionado para la escena se nos pegaron al cuerpo y los zapatos empezaron a resbalar sobre el pavimento mojado.
Nathan, que normalmente parecía invulnerable a cualquier inconveniente, caminaba junto a mí intentando cubrirme con su chaqueta.
—Vaya, esto debe ser un castigo por vuestro karaoke de anoche —comentó Elaia corriendo bajo la lluvia.
Nathan se puso a reír, sacudiendo la chaqueta y dejando escapar un suspiro divertido
—¿Pero qué dices? Si nosotros lo bordamos… pensándolo bien, puede que tengamos que culparte a ti y a James con vuestra versión de Grease .
Me reí, negando con la cabeza.
—Qué cara dura eres, primero nos obligas a cantar y ahora nos echas la culpa.
Todos se rieron mientras imitaban a Elaia y a James desafinando en el escenario.
Nos metimos en una cafetería cercana con la esperanza de que la lluvia diera una tregua.
Pedimos unos cafés, nos sentamos junto al ventanal y esperamos.
Pero bastaron unos minutos para asumir la realidad: la ropa estaba empapada, el pelo pegado a la cara y cualquier intento de continuar la grabación en esas condiciones era una misión imposible.
Así que, sin darle demasiadas vueltas, la mañana terminó convirtiéndose en día compras por obligación.
Acabamos en Rue Sainte-Catherine y entré casi volando en el primer Zara que vi.
No solo porque estaba a mano, sino porque, siendo realistas, también era de las tiendas más asequibles de la zona.
Fui directa a la sección de moda juvenil; no necesitaba gran cosa, unos vaqueros y una camiseta que encajaran con la escena y listo.
Habría sido más lógico volver al hotel y cambiarme con la ropa de mi maleta, pero cuando la preparé no estaba pensando en Mia, la protagonista del libro, sino en mí.
Y siendo sincera, mezclar ambas cosas no era buena idea.
Lo único que teníamos en común Mia y yo era que ambas estábamos enamoradas de las historias de amor. De todas ellas.
Mientras me dirigía al probador, un vestido negro llamó mi atención, tenía un lazo precioso en la espalda que lo hacía perfecto.
Un lazo, lo que más me gustaba para dar ese toque chic a mis conjuntos.
Dudé en cogerlo dos segundos, pero me lo encontré en el camino como si fuera la prenda elegida del día, y la verdad, no estaba como para rechazar las señales del destino.
Entré en el probador y, tras varios intentos poco dignos de subir la cremallera, dejé escapar un chasquido de pura indignación.
—Veo que alguien tiene ciertos problemillas.
Una voz se coló desde detrás de la cortina. No me hacía falta comprobarlo para saber que era Nathan.
—¿Me has seguido hasta aquí?
—No te flipes, bonita. Han cerrado los probadores de la planta de arriba.
—Lástima —respondí con ironía.
—Entonces, si no necesitas ayuda, sigo con lo mío
Suspiré. Abrí la cortina lo justo para asomar la cabeza.
—Está bien… súbeme la cremallera.
—¿Pretendes que lo haga desde este hueco diminuto que has abierto?
Lo miré resignada y, sin añadir nada más, descorrí la cortina de un tirón seco.
—¿Así mejor?
Nathan me observó un segundo, distraído, con esa media sonrisa burlona que me empezaba a resultar familiar.
Se colocó detrás de mí, lo justo para que notara su olor.
Ese maldito olor que cada vez se me colaba un poco más adentro.
Al tirar de la cremallera, sus manos frías rozaron mi espalda y un escalofrío me recorrió sin pedir permiso.
—Estás guapa, te queda bien.
Lo miré por encima del hombro, fingiendo evaluar sus palabras.
—No creo que pueda decir lo mismo de ti —añadí, señalando su ropa.
—Oye, que el tío de la novela no sepa vestir no es mi problema. —Sonrió, apoyándose en el marco del probador—. Seguro que la percha lo arregla.
—¿Pero cómo puedes ser tan creído?
Cerré la cortinilla para desvestirme, no sin antes asomar la cabeza.
—Oye… bájame la cremallera.
Obedeció sin rechistar, con una sonrisa ladeada, y cuando terminó me encerré de nuevo. Al salir del vestuario, Nathan me estaba esperando con su conjunto puesto, plantado frente al espejo, observándose como si acabara de descubrir América.
—¿Qué te parece? —dijo, girándose hacia mí—. Mira qué bien me queda.
Me eché a reír. «Este tío es imbécil», pensé, sin poder evitarlo.
—Anda, ve a cogerme una talla más —añadió, señalando el pantalón—. Esto me queda algo apretado.
—¿Y qué talla cojo? —pregunté.
—Yo qué sé, ni siquiera sé cuál he cogido. Mírala.
—¿Cómo que la mire?
—Sí, Lena —respondió con total naturalidad, mientras se quitaba la camiseta—. Que te acerques al pantalón y la mires.
Se dió la vuelta para quedarse de espaldas.
Me asomé a su pantalón lo suficiente como para ver la talla.
Fue entonces cuando no solo me fijé en la etiqueta, sino que también me detuve a mirar sus calzoncillos que le apretaban lo suficiente como para no dejar nada a la imaginación.
Madre mía, tuve que hacer un esfuerzo para no pensar demasiado en ese culo.
Volví a mirar los números porque, durante un segundo, había olvidado por completo lo que estaba buscando.
—¿Entonces? —preguntó, divertido.
Me aclaré la garganta.
— La 38, voy a por la 38 y vuelvo.
Salimos del Zara muertos de risa. A Nathan no se le ocurrió otra cosa que empezar a probarse sombreros de señora, combinándolos con lo más cutre que encontraba y posando como si fuera un modelo de la Fashion Week .
Caminaba entre los espejos con una seguridad insultante, como si aquello fuera su pasarela personal.
Era imposible no reírme.
Y ahí fue cuando me di cuenta. Me hacía reír.
No sabía muy bien en qué punto habíamos pasado del choque frontal constante a…
esto. Bromas, risas inesperadas, momentos que no parecían forzados.
Como si nuestras diferencias se hubieran ido diluyendo con los días.
Como si, sin buscarlo, estuviéramos encontrando una tregua.
Al constatar que la lluvia no cesaba, el equipo decidió cancelar la grabación. El pronóstico del móvil anunciaba buen tiempo para el día siguiente, así que aprovecharíamos entonces para grabar todo lo pendiente.
Pasé la tarde con Elaia, teletrabajando en la cafetería del hotel. Ella terminó de montar un par de vídeos y yo me reuní con Noa para explicarle cómo habían ido la grabaciones y lo bien que estaban quedando los resultados, incluso con el contratiempo de la lluvia.
A media tarde, cuando el cansancio se me acumuló en los ojos tras horas de pantalla, revisé el teléfono.
En el grupo de las chicas teníamos un mensaje de Chiara.
Antes de poder leer y contestar, la pantalla se iluminó con una videollamada grupal, cuando la acepté, la cara de Chiara apareció de pleno en el centro del teléfono.
—Perras, ¿no pensáis darme señales de vida?
—La culpa la tiene Elaia —dije—. Me tiene esclavizada.
Elaia me miró, riendo, mientras cerraba su portátil
—Eso es mentira. Dile que te cuente con quién se ha ido a comprar hoy.
—Me he visto obligada, ¿vale? —respondí—. El tiempo me ha forzado.
Chiara contestó casi al instante:
—¿Pero podéis explicarme de qué narices habláis?
—Aquí, Lena —dijo Elaia mientras me señalaba—. Parece que se ha enternecido con el susodicho.
—¿Pero qué dices? —contesté indignada.
—A ver, que me entere yo —empezó Chiara—. ¿El imbécil de Nathan ha dejado de ser imbécil? ¿Me explicáis qué habéis hecho estos dos días?
Elaia estalló a carcajadas.
—Primero espera, que te mando un vídeo.
La muy traidora había grabado el karaoke. La expresión de Chiara iba cambiando segundo a segundo mientras soltaba comentarios cada vez más censurables.
—¿Pero por qué coño no me lo habíais enviado antes? —protestó—. ¡Míralos, si tienen hasta una mirada cómplice!
—¿Pero qué dices? —me defendí—. Me sigue pareciendo un arrogante. Me pone de los nervios con esa pose de chulo.
En honor a la verdad, cada mañana, cuando entraba a la oficina, lo hacía con una seguridad tan natural —y unos aires de superioridad tan bien llevados—, que solo le faltaba aparecer con la canción Do I Wanna Know?
de Arctic Monkeys sonando de fondo. Ese tipo de chulería sexy que no pide perdón ni permiso.
—Admite que un poco de gracia sí que te hace.
—Tanto como admitirlo… no —contesté—. El chico se esfuerza por llevarse bien conmigo, es evidente que los dos queremos que el proyecto salga bien. Y seguro que él más que yo después de su cagada.
—Eso —añadió Chiara con una sonrisa cargada de malicia—, o quiere mojar el churro. ¿Te has llevado la lencería, que te dije, no?
Le levanté el dedo corazón a la pantalla y las tres estallamos a reír. En ese mismo instante, el reflejo de Nathan apareció detrás de nosotras, colándose en el encuadre y saludando con la mano, como si acabara de entrar en escena a propósito.
—Creo que ha llegado el momento de colgar —dijimos casi al unísono, entre risas.
Esa era una de las típicas situaciones en las que todo el mundo a tu alrededor parece darse cuenta de algo que tú no, y por supuesto, yo en ese momento aún no sabía todo lo que me esperaba.