El arte de entender el caos CAPÍTULO 24Lena
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CAPÍTULO 24Lena

No podía resistirme al karaoke. La música siempre ha sido mi vía de escape, y, aunque había valorado quedarme trabajando un rato, sabía que si todos iban, encerrarme no iba a ser una opción. Sí, lo había valorado por un segundo pero... ¿qué iba a pasar si me dejaba llevar un poco?

El bar era mucho más grande de lo que había imaginado. Una barra de mármol negro recorría uno de los laterales, reflejando las luces cálidas que colgaban del techo. Al fondo, un ventanal enorme daba a la plaza, y entre las mesas —apretadas unas contra otras— se alzaba el escenario, iluminado.

Cuando llegamos, el local ya estaba bastante lleno, así que juntamos dos mesas cerca del escenario.

Desde ahí se veía todo: la gente, la pantalla, el micrófono apoyado en su pie.

Se acercó un chico a explicarnos la dinámica de la noche, que no era otra que cine musical.

Se podía subir solo, en parejas o incluso en tríos, y había una lista de al menos cien canciones para elegir.

Me dio bastante adrenalina lo del cine musical; siempre había pensado que, en otra vida, me hubiera gustado ser cantante, a poder ser, protagonizando clásicos.

La noche empezó tranquila. Al principio, alguien se animaba a cantar, y la mayoría aplaudía desde la mesa.

Al poco rato, el ambiente empezó a calar por dentro, y fue entonces cuando Elaia y James salieron a protagonizar “You’re the One That I Want” del musical Grease .

Exageraron cada gesto, cantaron a pleno pulmón, y el bar estalló en risas y aplausos.

No pude evitar sonreír. Menos mal que Elaia estaba también en esta aventura de Montreal.

Sin duda, eso lo hacía más ameno y, aunque nos faltaba Chiara, estaba siendo una experiencia para recordar.

Mientras la gente terminaba de aplaudir, Elaia me lanzó una mirada cómplice. No necesitaba palabras para expresar lo que quería decirme: «Sube, no te vas a arrepentir».

Para ella el escenario era un poco lo que para mí era la música.

Su refugio. Bailaba como una diosa y se había pasado la infancia entre tarimas y campeonatos de baile.

Esa manera suya de ser, tan desvergonzada, me ayudaba en muchas ocasiones a salir de mi zona de confort.

Aunque yo era bastante alocada, con alguien al lado con esas mismas ganas, todo resultaba más fácil.

No me lo pensé mucho. Le pegué dos sorbos a la copa y me acerqué al escenario, elegí la canción y justo cuando ya estaba preparada para empezar, se oyó una voz detrás de mí.

—Nos falta un chico —anunció el presentador—. Esta canción es un dúo.

—Eso no hará falta —susurré, tratando de evitarlo.

Entre los murmullos y las animaciones del público, vi cómo James y Elaia cogían a Nathan del brazo y lo empujaban hacia el escenario.

Madre mía, aquello iba a ser un cuadro. Miré a Elaia, casi asesinandola con la mirada, y ella me la devolvió con calma mientras verbalizaba: «Tranquila, tía, tú controlas».

Antes siquiera de empezar, ya suponía que la escena iba a ser ridícula. Estaba bastante segura de que Nathan ni sabría de dónde era la canción, pero qué más daba, habíamos venido a pasarlo bien, y no pensaba desaprovechar la oportunidad.

Se subió al escenario empujado por los otros dos y se colocó al otro extremo. En ese momento, no entendí muy bien qué hacía en ese lateral, hasta que, de repente, apareció a mi lado cantando:

All I wanna be is be with you, be with you, there’s nothing we can’t do.

Madre mía… ¿había hecho esto? Parecía el mismo Troy Bolton sacado de High School Musical .

Menudo trabajo había hecho su novia con él.

Y qué orgullosa debía estar... En ese instante me quedé paralizada por su actuación.

No sé si había algo que me hiciera más ilusión que eso.

¿Qué niña de los 2000 no ha soñado con estar en un karaoke protagonizando este dúo?

Seguimos la canción entre ovaciones del público, y por un momento todo eso se esfumó. Solo estábamos Nathan y yo, reproduciendo la escena con una sincronía perfecta. Sentí como si una burbuja nos envolviera, balanceándose con nosotros a cada paso y en cada nota que tratábamos de entonar.

Los aplausos y silbidos del final me devolvieron al presente. Nathan y yo seguíamos mirándonos. Ni me había dado cuenta de lo cerca que estábamos durante toda la actuación.

Casi me muero al ver la mirada de Elaia clavada en mí:

—¡Esa es mi chica! —chilló.

—¡Nathan, que callado te lo tenías! —expresó James mientras me agarraba del escenario por la cintura y me cargaba en sus hombros para bajarme.

Me reí, intentando recomponerme. Parecía que sin quererlo habíamos protagonizado uno de los momentos de la noche y no podía creerlo.

Cuando terminó la velada, nos dirigimos en grupo hacía nuestras respectivas habitaciones. Al llegar a la décima planta, Elaia se bajó del ascensor junto a James, así que Nathan y yo nos quedamos solos.

—Mis más sinceras admiraciones —le dije en tono burlesco.

Nathan arqueó una ceja y me sonrió.

—No te lo esperabas, ¿eh?

Le devolví la sonrisa, negando con la cabeza.

—Tu novia debe estar orgullosa, deberías felicitarla de mi parte. Debió de ser complicado obligarte a aprenderte todas esas canciones.

No sé porque narices le acababa de preguntar por su novia. Ni siquiera era un dato que pudiera interesarme. Me cago en los efectos del alcohol. O más bien, en mis pensamientos, que siempre decidían traicionarme en el momento menos oportuno.

—¿Novia?

No le dejé terminar. Como cada vez que pasaba vergüenza, las palabras me salieron atropelladas, como si necesitara justificarlas.

—A ver, cualquiera se derretiría ante un tío capaz de aprenderse el musical favorito de su chica y subirse a un escenario a cantarlo como si nada —dije, encogiéndome de hombros—. No es algo que se vea todos los días.

Me observó un instante, con una expresión entre divertida y resignada, antes de negar con la cabeza.

—Desde que éramos adolescentes, Fallon me ha obligado a ver todos los musicales habidos y por haber. Y después… —sonrió— me hacía reproducirlos delante de toda la familia.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo? Pero… ¿Cuántos años lleváis?

—¿Años? —repitió, soltando una risa breve—. Depende si contamos desde que nació o desde que empezó a torturarme.

Lo miré, confusa.

—Fallon es mi hermana.

—¿Tienes una hermana? —pregunté bastante sorprendida.

—Cuatro años menor que yo. Si no fuera así, no tendría explicación que me sepa todas estas canciones —respondió alzando las cejas.

No pude evitar reír.

—No tienes ni idea de lo persuasiva que puede ser la mirada de una hermana pequeña —añadió, negando con la cabeza—. Créeme. Dice que nació en la mejor era de Disney Channel y lo he sufrido durante muchos años.

—Sea como sea —murmuré, todavía sonriendo—, seguro que eso también hace feliz a tu novia.

Otra vez. No tenía ni idea de por qué mi mente había decidido insistir tanto en dejarme en evidencia.

—No salgo con nadie, Lena.

El calor me subió de golpe por el cuello. Genial. Maravilloso. Creo que va siendo hora de desaparecer.

—Buenas noches, vecino —dije deprisa, girándome hacia mi puerta.

Me miró como si no terminara de entender el cambio repentino.

—Buenas noches, Lena —respondió—. Ya sabes, si necesitas cualquier cosa, solo tienes que abrir el pasador.

Levanté la mano y le di una palmadita ligera en el hombro.

—Serás imbécil —murmuré entre risas.

Nos reímos casi al mismo tiempo y cada uno entró en su habitación.

Al cerrar la puerta, apoyé la espalda contra ella unos segundos y un pensamiento apareció sin pedir permiso.

La chica del aeropuerto… ¿sería Fallon? ¿O quizá sí había alguien, solo que no era formal?

O quizá no me lo había contado porque, como es evidente, no era de mi incumbencia.

Negué con la cabeza, molesta conmigo misma.

No entendía por qué me estaba preocupando por eso, ni qué demonios me importaba.

Era absurdo. Quizá eran los seis meses que llevaba sin sexo.

Quizá era por eso que Nathan cada vez me parecía más guapo.

Ya me lo decían las chicas, necesitaba un polvo para distraerme de tanto trabajo.

Incluso Sara me lo recordaba cada vez que nos llamábamos, las tres parecían estar de acuerdo en que necesitaba un encuentro sexual.