El arte de entender el caos CAPÍTULO 23Nathan
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CAPÍTULO 23Nathan

Después de desayunar, salimos hacia el primero de los escenarios. Lena caminaba delante de mí, con pasos rápidos, como si tuviera prisa por llegar. Supongo que eso se debía a su manera de tenerlo todo bajo control, como si nada pudiera pillarla desprevenida.

Hoy era el primero de los cinco días que íbamos a grabar. Por suerte, parecía que entre nosotros las cosas se habían aligerado un poco; no me había vuelto a reprochar el error y, hasta donde podía juzgar, estábamos siendo bastante profesionales para que todo saliera adelante.

Los nervios fueron desapareciendo a lo largo del día, entre toma y toma.

Sin tener ni idea de interpretar, aquello se nos estaba dando bastante bien.

Cogimos soltura a estar delante de cámaras y cuando nos quisimos dar cuenta, ya casi habíamos terminado.

La jornada había sido intensa, con varias localizaciones y tomas que repetir.

A las cinco de la tarde, ya estábamos en la última del día, en un callejón pintoresco que haría que cualquier escena romántica pareciera sacada de un libro.

—Vale, chicos, juntaros un poquito más para esta toma final —dijo alguien del equipo, ajustando la cámara.

Me acerqué a Lena y la cogí con sutileza por la cintura para posicionarla frente a la cámara.

Se tensó un instante, lo noté, pero luego se acomodó, como si fuera natural que la sostuviera así.

Mientras lo hacía, no pude evitar fijarme en su rostro, tenía las mejillas ligeramente sonrojadas por el frío y en ellas se apreciaban unas pecas que no había visto antes.

—¡Corten! —anunció Elaia—. Lo tenemos.

Solté la cintura de Lena y me extrañó que fuera ella quien no se apartara de golpe, igual que antes, cuando nuestras manos se habían rozado en la cafetería.

De camino al hotel, los chicos charlaban entre ellos de la noche anterior.

—La otra noche bajamos al bar musical del hotel y fue divertidísimo —contaron—. Hicimos unas batallas de Kahoot sobre películas y les machacamos a todos.

—Pues hoy toca karaoke —añadió James, con una sonrisa cómplice—. Lena —dijo mientras la miraba—. ¡No puedes decir que no a este plan!

Ella resopló sin dejar de caminar.

—Bueno, mi plan de esta noche se resumía más bien al trabajo.

—Se está haciendo de rogar —intervino Elaia, divertida—. Por si no lo sabíais, Lena es la reina de los karaokes.

Me reí por dentro. Ya la había visto en acción, aunque, por supuesto, ella no lo sabía.

Por un momento, me sorprendí deseando volver a verla así: subida a un escenario con los dedos cerrados alrededor del pie de micro, como si aquel fuera su lugar natural.

Me di cuenta que desde que llegamos a Montreal, parecía otra persona.

En la oficina, cada palabra suya era casi un desafío y casi nunca hablábamos sin discutir o medirnos.

Aquí, en cambio, había algo más en ella; se le notaba relajada, fluida, incluso divertida en momentos, y no parecía que fuera a morder cada vez que abría la boca.

Al llegar al hotel, acordamos reunirnos todos más tarde para cenar y bajar después al karaoke. Subimos juntos hasta nuestra planta y, al salir del ascensor, nos detuvimos frente a nuestras respectivas habitaciones.

—Bueno, compañera… Primer día superado.

—No cantes victoria —respondió ella—. Aún queda la noche.

—¿Entonces nos vemos ahora?

—Por mucho que me resista, no puedo decirle que no a un karaoke.

—Maravilloso, porque cuando me veas ahí encima, agradecerás haber aceptado.

—¿Nathan Caldwell en un escenario? ¿Es que hay alguna habilidad más que deba conocer?

—Podría decirte que sí, pero me temo que es mejor que no las sepas —dije mientras le guiñaba un ojo.

—Eres un creído insoportable

—Soy un tío increíble, que es diferente, pero no estás preparada para esta conversación.

Insertó su llave en la ranura de la puerta, y entró dejándome con la palabra en la boca. En el mismo momento, abrí mi habitación y escuché como toqueteaba el pasador al otro lado de la puerta contigua, asegurándose que estuviera cerrada, dejándome claro el límite que había entre nosotros dos.