CAPÍTULO 21Nathan
Cuando vi salir a Lena del ascensor, me quedé mirándola más de lo necesario.
Os aseguro que fue inevitable. No sabía si era por culpa de nuestro acercamiento en el vuelo, por la falda que llevaba el otro día, o por la cintura que se le marcaba con el pantalón que había elegido para el avión, pero cada vez la veía más guapa.
Se había cambiado de ropa. Llevaba un conjunto azul marino: pantalones de pinza, americana a juego y unos mocasines que combinaban con su bolso marrón oscuro.
Se había recogido parte del pelo con una pinza, dejando algunos mechones sueltos que le caían con gracia por el rostro. Le sentaba muy bien.
Su cambio me hizo entender el porqué de su gran maleta. Tenía un look para cada ocasión y, seguramente, complementos a juego para cada uno de ellos.
—¿Qué? —preguntó al notar mi mirada.
«Venga, Nathan, por favor… di algo. Al final va a pensar que eres tonto».
Me seguía mirando, esperando una respuesta. Una respuesta que, por supuesto, no podía ser: «Estás preciosa».
—Nada —mentí—. ¿Vamos?
Después de tardar casi diez minutos en ponernos de acuerdo sobre dónde comer —porque, por supuesto, ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder a la primera—, terminamos en un italiano comiendo pizza. Lena pidió una margarita sin pensarlo dos veces.
—Clásica —comenté—. ¿No te va el riesgo?
Alzó la vista hacia mí.
—El riesgo ya lo tengo aquí en Montreal. Ahora mismo, la pizza es mi zona segura.
Sonreí de lado.
—Va a ser curioso grabar todo esto cuando apenas nos aguantamos.
No se inmutó.
—No te preocupes —dijo, llevándose la pizza a la boca—. Soy lo bastante profesional como para que no se note.
Lo dijo con una seguridad tranquila, sin desafío, como si no hubiera otra opción posible. Y, justo después, me sacó la lengua de forma burlona antes de darle un sorbo a su copa. Tuve que contener la risa.
Tal vez fueron las dos copas que se había bebido mientras comíamos, pero ese gesto me recordó a lo suelta que había parecido aquel día en el karaoke. Lena me estaba mostrando en ese mismo momento otra cara suya. Otra que yo ya había visto, aunque ella no lo supiera.
La conversación fue fluida después de eso. Hablamos del proyecto, de enfoques visuales, de pequeños detalles que podrían mejorar el tráiler. Lena estaba obsesionada con el trabajo y se notaba como buscaba la perfección de todo lo que hacía, como si no existiera nada más alrededor.
Después de comer, nos separamos. Ella volvió al hotel a trabajar y yo preferí salir a pasear por la ciudad, sin rumbo fijo, dejándome llevar por las calles y el frío suave de la tarde.
Cuando regresé por la noche, el pasillo estaba en silencio.
Al acercarme a mi habitación, vi la luz encendida bajo la puerta de Lena.
Se me ocurrió, por un momento, llamar, desearle buenas noches, decir algo sin importancia…
pero me arrepentí antes incluso de atreverme a hacerlo.
Entré en mi habitación y cerré la puerta con cuidado, consciente de que, al otro lado de la pared, ella seguía despierta.
Cuando cerré los ojos en la cama, su imagen volvió a mi mente.
Recordé la forma de su cintura mientras caminaba delante de mí, lo guapa que estaba al salir del ascensor.
Apagué la lamparita de la mesita de noche e intenté no imaginar que detrás de esa puerta con pasador estaba Lena con pijama.
No pude evitar preguntarme cómo sería. ¿Dormía con un pijama cómodo?
¿Con uno de satén? ¿Dormía con sujetador?
Regañé a mi mente por esos pensamientos.
Me sacudí, para quitarme la idea de la cabeza.
No sé en qué coño estaba pensando, no podía verla así, además, seguro que ella seguía pensando que no era más que un estorbo dentro de su perfecto caos.
Pero la misma imagen volvió a colarse en mi cabeza. Me levanté, fui directo al baño y me eché agua fría en la cara, en un último intento de volver a mi yo racional. Necesitaba alejarme de esos pensamientos.
Cuando volví a meterme en la cama, me costó un poco relajarme, pero al final lo conseguí. Dormí del tirón hasta que la luz del día siguiente entró por el ventanal, clara y directa. Llevaba meses sin dormir así.