El arte de entender el caos CAPÍTULO 20Lena
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CAPÍTULO 20Lena

El vuelo a Montreal había sido incluso peor de lo que había imaginado.

Pensaba que me moría cuando el avión empezó a sacudirse.

Mi cuerpo reaccionó a la tensión, agarrándose a lo que tenía más cerca.

Que, por supuesto, era Nathan. Por si no fuera suficiente con llorar por unas turbulencias, me aferré a él como si el mundo se fuera a acabar en ese momento.

Si iba a morir, al menos iba a hacerlo acompañada.

Aunque creo que lo peor no había sido la sensación de miedo, sino la vergüenza.

Al bajar del avión y entrar al taxi, traté de recomponerme.

El silencio que se estableció entre Nathan y yo no fue incómodo, de hecho, me hizo sentir más tranquila.

La conversación se dio de manera natural en esos primeros minutos del trayecto y me ayudó a poner los pies en la tierra y a dejar de sentirme tan ridícula.

Salí del taxi pensando en algo que me dejó extrañada: había dicho, casi sin pensar, que me iba a comer con él. No entendía cómo esa respuesta había salido tan natural de mi boca. Íbamos a Montreal a trabajar y fui yo quien le dije que nada de acercamientos que no fueran laborales.

La apertura de las puertas del hotel, me trajo de vuelta.

Mientras Nathan parecía sorprendido de lo elegante que era el hotel por dentro, me adelanté al mostrador de recepción.

No era de extrañar, el hotel era una auténtica pasada.

Aunque yo lo aprecié, no me sorprendió; en otras ocasiones ya me había alojado en hoteles del grupo Butterfly.

La primera vez que me tocó viajar para ir a una promoción de una novela, me enteré de que Richard, el marido de Scarlett, era el dueño de la cadena de hoteles más lujosa de los Estados Unidos.

No solo tenían las mejores habitaciones y los mejores servicios, sino que, además, destacaban por un motivo: La infinity pool en la última planta de todos sus alojamientos.

Recuerdo que la primera vez que vi una, le mandé como tres selfies a Sara desde distintas perspectivas, en algún momento de nuestra vida, habíamos fantaseado con vivir esta experiencia juntas, pero cuando me salió la oportunidad, ella había firmado un buen contrato en una multinacional y esa era también su gran oportunidad.

—Buenos días —dije, acercando mi documento al recepcionista.

Esperé a que el chico buscará la reserva en el ordenador.

—Muy bien, su habitación es la 1278, en la decimosegunda planta —me indicó el recepcionista—. Veo por la reserva que tienes una habitación contigua.

Nathan se acercó al mismo mostrador mientras el chico continuaba:

—Se puede cerrar la puerta por detrás; tiene un bloqueo.

El recepcionista, al ver a Nathan, añadió:

—Usted debe ser el acompañante. Como decía, podéis cerrar la habitación con un pasador.

—Perdona, ¿a qué se refiere? —preguntó Nathan.

—Tenéis reserva de habitaciones contiguas. Aunque, si lo preferís, puedo asignaros una habitación estándar con cama doble; puedo mirar disponibilidad.

—Eso no será necesario —dije rápido, negando con la cabeza.

—¿Seguro, chicos? —insistió el recepcionista—. Hay muchas parejas que lo piden, no hay problema en comprobarlo.

—No somos pareja —dijimos al mismo tiempo.

Nos miramos y sonreímos, satisfechos. Parece que hoy todo el mundo nos está encasillando como pareja, lo que me faltaba.

El recepcionista nos observó, confuso, y enseguida rectificó:

—No es que os esté pidiendo explicaciones ni mucho menos, es que es algo que me suelo encontrar… Pero, disculpad por el malentendido.

Nos dió una llave a cada uno. Por suerte las entradas estaban separadas. Nos adelantamos hacia el ascensor. Una vez dentro, el silencio no duró ni tres segundos.

—Dejemos algo claro desde ya —dije, cruzándome de brazos mientras las puertas se cerraban—. Tu espacio es tu espacio. El mío es el mío. Y esa puerta intermedia no se abre. Ni por error. Ni por casualidad.

Nathan alzó una ceja, divertido.

—Tranquila. No tenía pensado colarme en tu habitación mientras duermes. Además, seguro que estará tan desordenada que no podría ni abrir la puerta

—Más te vale —repliqué—. Porque pienso cerrar ese pasador como si me fuera la vida en ello.

—Qué hospitalidad la tuya, Lena —murmuró, apoyándose en la pared del ascensor—. Empiezo a sentirme como en casa.

—No te emociones, vecino —respondí.

Las puertas se abrieron en la decimosegunda planta y salí antes de que pudiera añadir nada más.

No pensaba darle margen, porque cualquier comentario que pudiera decir, podría desencadenar en mí una actitud que no estaba dispuesta a tener.

Porque sí, en un momento de flaqueza, podría ser capaz de decirle lo guapo que me parecía y lo mucho que me había gustado tenerlo pegado en el trayecto del avión.

Las habitaciones estaban al final del pasillo. Abrí la puerta, entré, y lo primero que hice, incluso antes de dejar la maleta, fue asegurarme de cerrar la puerta contigua.

La habitación era preciosa. Amplia, luminosa, con una cama enorme vestida de blanco, una alfombra clara y una ventana que dejaba ver parte de la ciudad.

Me acerqué despacio al escritorio que estaba junto al ventanal, dejé el bolso encima y me quité los zapatos, notando por fin cómo mi cuerpo empezaba a relajarse.

Justo cuando estaba deshaciendo la maleta para cambiarme de ropa y bajar a comer, llamaron a la puerta con sutileza. Abrí solo lo justo para poder sacar la cabeza.

—Tranquila —dijo él antes de que pudiera decir nada—. No pienso invadir territorio enemigo.

—Me alegra saberlo —respondí, apoyándome en el marco de la puerta—. La frontera está bien definida.

—Solo venía a recordarte que habíamos quedado para comer —añadió, con una media sonrisa—. Te espero abajo en diez minutos, si la propuesta aún sigue en pie, claro.

—Obvio —repliqué—. No pienso quedarme sin comer.

Una media sonrisa se dibujó en su cara.

—Eso sí que no me sorprende.

—No debería —dije—. Hasta ahora, vecino.

Mientras buscaba algo que ponerme, no pude evitar pensar en todo lo que había ocurrido: pánico en el avión, vergüenza monumental... y ahora, por si eso era poco, comida con Nathan, después de haber dejado bastante claro que solo tendríamos acercamiento profesional.

«Te estás luciendo, bonita».

Le mandé un audio a Sara para contarle que ya había llegado al destino y que no me había muerto.

Bueno, le conté una media verdad: que casi me había ido al otro lado de la vida, pero que con la técnica de relajación que siempre me recordaba, lo superé.

No me gustaba mentirle, pero me negaba a contarle lo que había ocurrido.

Estaba segura que si le hubiera contado solo un poco de lo que pasó, hubiera sido capaz de atravesar el océano para sonsacar información y para conocer a Nathan, porque según ella, que un tío te aguante así en medio del pánico, era muy romántico.

Si yo era una romántica empedernida, ella lo era el doble.