El arte de entender el caos CAPÍTULO 19Nathan
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CAPÍTULO 19Nathan

Aquella mañana, Fallon, mi hermana, me acompañó al aeropuerto para el vuelo a Montreal. Insistí en coger un Uber, pero no hubo manera de convencerla. Así que, tras cinco minutos intentándolo —y perdiendo la batalla— acabé cediendo.

Fallon era la pequeña de los dos y, curiosamente, también la que más pendiente estaba siempre de todo.

De mí incluido. Cuando éramos niños, ese papel lo ejercía yo; con los años, sin embargo, las tornas habían cambiado.

Ella tenía un instinto casi maternal, como si cuidar de lo que la rodeaba fuera algo natural.

Supongo que lo había heredado de nuestra madre, que siempre nos cuidaba con amor y cariño, de hecho, si algo no faltaba en casa, era justo eso.

Vivíamos juntos desde hacía un año. Nueva York no era precisamente una ciudad amable con el bolsillo, y compartir gastos había sido la decisión más sensata.

Aunque, si había algo de lo que podía presumir sin pudor, era de tener a la mejor hermana del mundo, por eso, compartir piso con ella, era una experiencia de lo más positiva.

Menos cuando traía a los tíos imbéciles que solía conocer, eso lo detestaba.

Nunca entendí su mal gusto a la hora de elegir tíos.

Siempre se le llenaba la boca con la teoría pero a la hora de la verdad, siempre caía en el mismo prototipo, un tío cachas, que tenía menos neuronas que Dory.

Supongo que eso de ser wedding planner le había hecho creer demasiado en las historias de amor y, con tal de dar con una en la que ella fuera la protagonista, se lanzaba de cabeza a cualquier cosa que pareciera amor.

Una vez en el aeropuerto, tras despedirnos, localicé a Lena no muy lejos del punto de facturación.

Y confirmé lo que ya intuía: me estaba evitando.

No era nada sutil, pero tampoco me sorprendió.

Con sus normas básicas ya lo dejó claro, nada de acercamientos innecesarios fuera del contexto de trabajo.

Me dirigí a una de las zonas de trabajo del aeropuerto, una de esas mesas altas con enchufes que siempre parecen pensadas para gente que finge ser productiva antes de un vuelo.

Aproveché para enviar algunos correos, revisar la agenda del día y adelantar todo lo posible antes de que empezara oficialmente el proyecto Montreal.

Cuando terminé, pasé por la terminal con tranquilidad.

Había familias con niños, parejas acarameladas y personas que viajaban con apenas una mochila.

Entre toda esa gente, localicé un grupo de jóvenes que parecían irse de intercambio.

Mi vista se centró en una pareja que estaba junto a ese grupo y un pensamiento de mierda me atravesó la cabeza.

No les auguraba lo mismo que me hicieron a mí, pero viéndolos ahí, besándose y emocionados, no podía evitar pensar en cuánto les duraría ese amor cuando pisaran el suelo de un nuevo país y conocieran a alguien que les hiciera cuestionarse la relación.

La vida me había enseñado de malas maneras, que cualquier relación que atraviesa un Erasmus o una distancia está condenada al fracaso.

Al entrar en el avión, me acomodé en el asiento y me puse a organizar la mochila bajo el compartimento delantero.

Cuando levanté de nuevo la vista, vi a Lena avanzando por el pasillo con esa seguridad medida que siempre intenta aparentar.

Pude percibir cómo su rostro cambió al llegar a nuestra fila en cuánto se dio cuenta de dónde estaba su asiento.

Claro que, si hubiera leído bien los correos, lo sabría de antemano.

Se sentó a mi lado a toda prisa y se abrochó el cinturón de seguridad.

—Lena —dije, con media sonrisa—, sabes que por mucho que corras con el cinturón, el avión no va a despegar antes, ¿verdad?

Me miró con una expresión que mezclaba complacencia y fastidio y arrugó la nariz. Siempre conseguía sacarme una sonrisa con esa cara. Se puso los auriculares y le dio al play de la música.

Solté un resoplido que sonó más fuerte de lo esperado.

—Perdona, ¿qué decías? —me dijo, con la música aún retumbando.

No pude evitar murmurar:

—Me parece un tópico que estés escuchando una lista de reproducción con el nombre: Love sus manos estaban frías, casi congeladas, y unas gotas de sudor empezaron a deslizarse por su rostro.

Parecía horrorizada. Me supo tan mal verla así que, por un instante, quise desabrocharme el cinturón y abrazarla tan fuerte como para que pudiera olvidar donde estaba.

En lugar de eso, la cogí por los hombros, para evitar un acercamiento innecesario.

—Lena, ¿estás bien? —dije, intentando mantener la voz firme—. Son solo turbulencias.

Parecía incapaz de contestar. Le aparté los mechones de pelo que le caían por el rostro, y pude ver como apretaba los ojos con firmeza.

Tenerla tan cerca, me removió un poco el estómago, era increíblemente guapa.

Cuando pensaba en qué hacer para tranquilizarla un poco, comenzaron los sollozos.

De manera instintiva, la rodeé con un brazo, como si fuera a protegerla del mundo, y empecé a frotar suavemente su brazo con la otra mano.

Olía bien. Su colonia se había mezclado con el aire del avión, y su mano y la mía volvieron a encajar, como aquel día en la oficina, de manera natural.

Sin querer, le apreté un poco la mano, tenerla tan cerca, tan pegada a mí, me había alterado un poco.

Pensé, por un segundo, en cómo sus manos podrían recorrer mi cuerpo.

Pestañeé un par de veces para volver a la realidad.

—Lena, tranquila —susurré—. ¿Quieres agua? El avión no puede caerse, es imposible que eso ocurra.

Asintió, casi sin moverse. Le pedí a una de las azafatas una botella de agua y se la ofrecí en cuanto llegó.

Bebió un sorbo y luego miró por la ventana como si intentar distraerse pudiera calmarla un poco.

Me quedé a su lado durante todo el vuelo, sosteniendo su mano, acariciando su brazo, intentando transmitirle un poco de seguridad.

Ahí, en medio de la nada, quise ser su lugar seguro y por eso, no la solté hasta que ella misma se separó de mí al aterrizar.

—Perdona —dijo con voz temblorosa—. Los aviones me dan pánico. No suelo hacer viajes sola, siempre me suele acompañar alguien.

Asentí con la cabeza, intentando mantener un gesto tranquilizador.

Al bajar del avión, no pude evitar pensar en cómo Lena se había aferrado a mí como si yo fuera a salvarla. En cómo nuestras manos habían encajado sin esfuerzo. Y, sin querer, también recordé el roce de su cuerpo contra el mío al intentar tranquilizarla.

Antes de darme cuenta, las puertas del aeropuerto se abrieron ante nosotros, dándonos paso a Montreal.

—Me está esperando un Uber —le dije—. Si quieres, lo compartimos.

Me miró un segundo, algo sorprendida, pero asintió.

—¿Estás mejor? —logré preguntarle mientras caminábamos.

—Mejor. Un poco nerviosa, pero mejor.

—Genial —dije, señalando con la barbilla hacia la salida—. Si necesitas algo, me dices. ¿Vamos?

Lena echó a andar delante de mí y fue entonces cuando me fijé en cómo el pantalón que llevaba le marcaba la cintura de una manera peligrosa.

La seguí, como si fuera un perro abandonado a su suerte, intentando no pensar en ello, pero el cerebro me traicionó y en menos de un segundo, estaba imaginándome a Lena paseando en ropa interior frente a mí.

Cuando llegamos al Uber, me adelanté y cargué su maleta para subirla al maletero.

—Pesa mucho —comentó.

—Lo sé, veintiún kilos —corregí—. Bueno, veinte exactos.

La levanté y la coloqué dentro, asintiendo con la cabeza como para indicar que había sido pan comido. Dentro del coche, el conductor nos pidió confirmar la dirección.

—¿Primera vez en Montreal?

Ambos asentimos mientras nos miraba por el retrovisor.

—¿Y de dónde viene la parejita?

—Nosotros no… —intenté contestar, cuando Lena se adelantó.

—Somos compañeros de trabajo y venimos a eso, a trabajar.

—En todo caso, bienvenidos.

El conductor esperó a que nos abrocháramos el cinturón de seguridad y arrancó.

Subió el volumen de la radio y empezó con la ruta.

Las primeras notas de Born With a Broken Heart de Damiano David llenaron el silencio del coche.

Empecé a tararear la canción, hasta que me di cuenta de que en el asiento de al lado Lena me miraba con una sonrisa burlesca.

Me callé de inmediato. No iba a darle el gusto de mofarse de mí.

—Parece que el señor sabe escuchar buena música —intervino, sorprendida.

—No todo iba a ser escuchar lecciones sobre cómo ser un sobrado en tres pasos—la imité.

—Te había imaginado automotivándote con un podcast , pero verte cantar Born With a Broken Heart , ha hecho que me enternezca un poco —Se rio.

Mientras sonaba la canción, un silencio se apoderó de nosotros en el coche, de vez en cuando, el conductor nos iba mirando sin disimulo por el retrovisor. Parecía que le estaba gustando cotillear sobre nuestras vidas.

Cuando la canción cambió, Lena se dirigió hacia mí.

—Gracias por intentar calmarme.

—No es nada. —Negué con la cabeza e hice un gesto de reverencia—. Siempre a tu disposición.

—Qué creído que eres.

Nos enfrascamos en una conversación fluida hasta llegar al hotel, creo que era la conversación más larga que teníamos hasta la fecha, quitando las discusiones, claro.

—¿Has quedado con el equipo para comer?

—No —dijo—. Al parecer Elaia está ocupada con resolver algo sobre una de las escenas, así que subiré a la habitación y daré una vuelta por la zona.

—Entonces… ¿te parece si comemos juntos?

—¿Siempre eres tan directo?

—¿Desde cuando ser directo es pedirle a mi compañera de trabajo que coma conmigo cuando es una hora decente para hacerlo?

Sí, en realidad había sido directo. Me apetecía comer con ella, y así tratar de mejorar la tensión que nos envolvía. Pero, evidentemente, no se lo iba a confirmar. Y mucho menos después de haberla imaginado sin ropa.