CAPÍTULO 18Lena
Justo cuando salía de Starlight, me encontré a Nathan peleando con la impresora de nuestra sección.
Lo observé de lejos mientras le daba golpecitos y le apretaba el botón de encendido unas veinte veces por segundo.
Me pareció divertido verle agobiado por una máquina, y admito que me quedé unos segundos más de lo que debería viendo la situación, escondida entre las plantas que decoraban el pasillo.
Cuando le vi desabrocharse un botón de la camisa y pasarse la mano por su pelo castaño, empecé casi a sudar y, para salir de esa situación, mi cuerpo se adelantó y se plantó a su lado.
Joder, si no me sacaba ya bastante de quicio, ahora encima mi mente había decidido imaginárselo sin camisa.
—Iba a ignorarte pero tengo que confesar que me has dado más pena que ayer cuando interpretaste esa frase.
—Si has venido solo a tocarme las narices, puedes irte, me apañaré solito.
—Va, venga. Aparta, que lo arreglo.
Nathan se separó de la impresora y me miró de arriba abajo, esperando ver qué hacía para solucionar el problema.
Se rio cuando me vio dándole unos golpecitos suaves en la cubierta.
Al ver que seguía sin reaccionar, miré el cajón de papel para comprobar si se había atascado algo, pero, para mi sorpresa, el problema no estaba ahí.
Disimulé para que no se notara que estaba casi igual de perdida que él y en cuanto vi por el rabillo del ojo cómo seguía mirándome, dejé la sutileza guardada y aporreé dos veces la cubierta con bastante fuerza.
Después, la máquina emitió un sonido y se puso en marcha.
—¿Arreglas todos tus problemas a golpes? —dijo mientras me miraba sorprendido.
—Por suerte para ti, no. Pero esta es la ley de todos los cacharros, cuando el mando de la televisión no funciona, le bastan tres golpecitos para volver a funcionar; lo mismo pasa con el del aire acondicionado, pero, al parecer, este aparato necesitaba más que eso.
—Me aparté de la impresora y añadí—: Si me permites, me voy, ya he hecho demasiado por hoy.
—Gracias superheroína, todo un placer hacer tratos contigo.
Me alejé de la zona con paso ligero y cuando ya estaba lo suficientemente lejos, me di la vuelta para ver si seguía mirándome y, al comprobar que así era, le saqué el dedo corazón mientras sonreía con ironía y desaparecí en el ascensor.
Cuando se cerraron las puertas, noté que su colonia me había perseguido.
Joder, por si no fuera poco imaginarme sus abdominales definidos debajo de la ropa, también tenía que lidiar con su olor.
Esa noche dormí mal. De ese mal que no se arregla dando vueltas en la cama ni cambiando de postura.
Cuando ayer fui consciente de que Elaia se iba a Montreal un día antes que yo, algo se me encogió por dentro.
Los aviones nunca me han gustado. Y saber que no iba a tenerla a mi lado ni en el despegue ni en el aterrizaje sólo consiguió empeorar la experiencia antes incluso de vivirla.
A las cinco de la mañana dejé de fingir que podía volver a dormirme.
Me levanté y fui directamente al baño. Abrí el grifo de la ducha y dejé que el agua saliera hasta que estuvo caliente.
Me coloqué debajo, intentando relajar los hombros, respirar mejor y bajar la ansiedad de tener que coger un vuelo sola en apenas tres horas.
Cuando volé de Barcelona a Nueva York, mis padres me acompañaron. Se quedaron unos días conmigo mientras yo me acostumbraba a lo que entonces era mi nuevo apartamento.
Una habitación minúscula en un bajo de Brooklyn, con una cocina-comedor justa y, como único punto a favor, una pequeña salida a un patio exterior.
Lo suficiente para una mesa y una silla que me permitía tomar el café en la temporada de verano mientras leía.
Desde allí tardaba unos cuarenta y cinco minutos en llegar a la oficina en metro, sí, ese era su punto flojo.
Por eso, cuando me enteré de que Elaia y Chiara buscaban compañera de piso, no dudé ni un segundo en presentarme y rogarles que me aceptaran.
Ellas necesitaban alquilar la habitación y yo necesitaba estar más cerca del trabajo, así que enseguida lo resolvimos.
Lo que no esperaba entonces, era que, en tan poco tiempo, esa convivencia se convirtiera en algo más parecido a una familia que a un simple acuerdo práctico.
Eran las cinco y media cuando salí de la ducha con el cuerpo aún caliente y la cabeza un poco más despejada, revisé la maleta y pedí un taxi rumbo hacia el aeropuerto.
Antes de salir de casa, encontré un pósit que me había dejado Chiara:
El vuelo salía a las nueve de la mañana, pero visto lo visto, no iba a ser demasiado productiva en casa, así que preferí llegar antes para facturar tranquilamente y poder desayunar.
A lo lejos, desde el punto de facturación, vi entrar a Nathan.
Iba acompañado de una chica. Era un poco más bajita que él y llevaba un abrigo largo que le caía hasta los tobillos y un gorro blanco, a juego con una bufanda del mismo color.
Al despedirse se abrazaron con naturalidad, como si el gesto les perteneciera desde siempre.
Él sacó el teléfono del bolsillo, supuse que para comprobar a qué mostrador debía dirigirse.
—Veintiún kilos —dijo una voz frente a mí—. Señorita, disculpe, la maleta pesa veintiún kilos.
Parpadeé. Aquello me devolvió de golpe al presente.
«Mierda».
Tenía, como mucho, un minuto antes de que Nathan levantara la vista y me descubriera allí.
Aunque empezaba a parecerme majo, no tenía ganas de compartir más tiempo con él más allá de lo estrictamente necesario.
Supongo que también lo hacía para evitar que su olor terminara de enloquecerme.
Abrí la maleta con torpeza y empecé a sacar cosas a toda prisa, intentando repartirlas como podía en la bolsa de mano: una camiseta, un libro, el neceser…
—Madre mía —soltó—. ¿Nos vamos siete días o un mes entero de exilio? ¿De verdad necesitabas más de veinte kilos para sobrevivir una semana?
Fue entonces cuando mis dedos se cerraron alrededor de un tanga de encaje negro, delicado. Guardé de inmediato la lencería en el bolsillo del pantalón, rezando para que no lo hubiera visto, y cerré la maleta de un tirón.
—Claro —respondí, sin mirarlo—. Nunca se sabe.
Fue entonces cuando reparé en su equipaje. Nathan también llevaba una maleta facturada. Más pequeña, sí, pero tampoco era la de alguien que viaja ligero.
—Aunque —añadí, señalándole con la barbilla—, tú tampoco te quedas corto.
Alcé la vista hacia él, con una media sonrisa que no llegaba a ser amable.
—¿Por qué no te pones a la cola, guapo?
No le di tiempo a contestar cuando me giré y seguí con lo mio.
Cuando por fin conseguí facturar la maleta, huí del punto de facturación y me colé en la primera cafetería que encontré.
Con un poco de suerte, lograría evitar a Nathan al menos hasta llegar a Montreal.
No quería, bajo ningún concepto, que me viera tomarme un lorazepam; estaba segura de que eso habría provocado algún comentario innecesario.
Y, desde luego, tampoco quería que presenciara cómo el pánico empezaba a treparme por el pecho cada vez que pensaba en subirme a ese avión.
Llamé a Sara para tranquilizarme, sabía que respondería porque estaba en su descanso del mediodía.
De una manera u otra, ella siempre solía estabilizarme.
Tras la llamada respiré profundamente durante diez segundos, según ella, era la técnica infalible para relajar las tensiones antes de un momento importante.
A las ocho y media comenzó el embarque del vuelo.
Hasta entonces había logrado esquivar a Nathan bastante bien, me tomé lo de moverme entre cafeterías y pasillos como si fuera una disciplina olímpica.
Claro que no duró. Porque llegando a mi fila, vi que el asiento designado estaba justo a su lado.
Genial, tenía que sentarme junto a Nathan durante todo el trayecto.
«Muy bien, destino. Bravo por tu ironía».
Si me hubiera fijado solo un poco más en el correo que nos había enviado Scarlett con los billetes, me habría dado cuenta antes.
Incluso habría sido capaz de pagar un cambio de asiento sin pensarlo dos veces.
No es que no quisiera compartir fila con el tío bueno de mi compañero —aunque a veces fuera inaguantable—, es que no quería mostrarle mis miedos en cuanto a volar.
Resople intentando que no se notará y me senté, dejando la mochila bajo el asiento delantero. Me abroché el cinturón de seguridad nada más acomodarme, como si eso pudiera darme algún tipo de control sobre la situación y sobre el nudo que empezaba a formarse en mi estómago.