CAPÍTULO 17Nathan
Ayer por la noche, a última hora, Lena me mandó un email. Era la primera vez que se ponía en contacto conmigo desde que había empezado a trabajar en Starlight. No estaba seguro de qué quería y me extrañó bastante, así que lo abrí enseguida.
Tuve que leerlo dos veces mientras me frotaba los ojos para darme cuenta de que no era un sueño.
Lena me había mandado un email, y en él, parecía haber una señal que me decía que Lena quería estar bien conmigo.
O sea, quería trabajar conmigo, quería que saliera adelante el trabajo del corto y, como es obvio, era algo en lo que yo también estaba interesado.
No le contesté porque a esas horas me pareció absurdo molestarla.
Era la primera vez que cruzábamos más de tres palabras seguidas, aunque no fuera en persona, y eso me dió un poco de esperanza en que, a partir de ahora, el trabajo se hiciera más ameno y llevadero.
También era la primera vez que iba a trabajar en un proyecto de este nivel de marketing, protagonizando escenas, que seguramente, iban a ser muy visualizadas, así que sí, estaba nervioso.
Pero lo mejor para que todo saliera dentro de lo esperado, era acercarme a Lena, de manera profesional, claro, y tratar de hacer este trabajo lo mejor posible.
Poco antes de salir de casa, respondí al correo:
Para: [email protected]
Asunto: Booktrailer
Hola, Lena.
Tienes razón, el proyecto que ahora encabezamos ambos, es importante para Scarlett y para Starlight. Tenemos que hablar sobre la gestión, quizá también podríamos mirar el guion y no sé… ¿ensayar?
Hasta ahora,
Nathan.
—¡Serás burro! —exclamé para mis adentros—. ¿Cómo se me ha ocurrido decir ensayar? ¿En serio, Nathan?
Empecé a teclear de nuevo un mensaje para arreglar lo que acababa de mandar, pero tras rehacer la frase diez veces me di por vencido.
Total, era casi obvio que para un tráiler había que ensayar, ¿no?
O al menos llevarlo un poco preparado. La propuesta quizá no sonaba tan extraña como lo había interpretado en mi cabeza, además, Lena y yo tendríamos que mostrar cierta complicidad frente a las cámaras.
Me parecía un acto casi imposible de conseguir, pero de alguna manera tendríamos que trabajarlo.
No podía permitirme fallar de nuevo frente a Scarlett. Y aún peor, frente a Lena.
No sabía con exactitud por qué me preocupaba tanto, pero esta distancia entre nosotros se estaba volviendo cada vez más difícil de gestionar.
Cada día, cuando entraba en la oficina, la veía con el cabello suelto, moviéndose con prisas entre mesas, papeles y conversaciones a medias, moviendo su anillo entre los dedos.
Parecía estar en todas partes a la vez, y aun así, en ninguna de ellas estaba yo.
Ese día, estaba empeñado en cambiar esa atmósfera entre ambos.
Quería dejar atrás mi cagada con el correo y ganarme un poco de su buen humor y confianza.
Nada más entrar, fui directo a la cocina a por un muffin de chocolate blanco, recé durante el trayecto para que estuvieran ahí y no tener que perder otros cinco dólares.
Cogí un café para mí y me acerqué a nuestros escritorios.
No diría que fue un acto de valentía, más bien fue un gesto medio provocador, en plan «mira, tu compañero también puede ser majo».
Se lo dejé en frente, casi en el único hueco existente de su mesa.
—Espero que te apetezca. Empezar el día con energía suele ir bien —comenté con una media sonrisa.
—¿Es esto una manera de disculparte?
—Por favor, Lena, ¿podemos enterrar ya el tema? Me he disculpado al menos treinta veces
—Bueno —me dijo arrugando la nariz—, no es un tema que pueda olvidar con un poco de azúcar, pero por algo se empieza.
Apartó un poco el muffin y me tendió la mano por encima del escritorio, dudando, como si el gesto le costará más de lo que quería admitir.
—Tocaste un tema muy sagrado, es verdad —dijo—. Pero quizá mi reacción no ha sido la mejor para unos primeros días de trabajo… ¿Estamos en paz?
Le tendí la mano. Encajó con la mía como si lo hubiera hecho un millón de veces antes.
Estaba suave. Y fría. Supongo que eso es lo que tienen los inviernos en Nueva York, el frío te cala hasta los huesos.
Retiró la mano enseguida, como si el gesto ya hubiera durado lo suficiente. Cogió el muffin y habló:
—Nathan, respecto al mail de ayer, no me refería a ensayar como tal. Me refería a establecer unas normas básicas. —Asentí con la cabeza mientras ella continuaba hablando—. Algo para que el trabajo funcione correctamente y que sea eso, trabajo.
Entonces sacó un pósit doblado del bolsillo de la americana y lo dejó frente a mí.
—Lee.
Lo cogí.
No pude evitar soltar una risa corta cuando terminé de leer.
Lena alzó una ceja.
—¿He escrito algo gracioso?
—No —respondí enseguida, negando con la cabeza—. Perdona. Es solo que… no te imaginaba siendo tan ordenada con esto.
Me miró impasible.
—¿Y eso qué significa?
—Que pareces vivir rodeada de desorden. Y aun así, veo que cuando algo te importa, lo tienes todo estudiado, dejando ese desastre de lado.
Durante un segundo no respondió. Hizo un gesto para guardarse el pósit, pero lo volvió a dejar sobre la mesa.
—¿Estás de acuerdo?
Levantó la vista.
—Claro.
—Entonces firma aquí.
La miré. Luego miré el papel. Esta mujer era capaz de volverme loco.
—Lena, por favor. No voy a firmar una lista de tres normas básicas.
Apoyó el codo en la mesa mientras sonreía.
—Nathan, te recuerdo que tu perdón sigue en juego.
La madre que la parió. Estaba usando lo único con lo que podía chantajearme y lo sabía. Pero no iba a ceder. No pensaba buscarme ningún marrón más. Así que cogí un boli de su escritorio —no sé ni cómo lo localicé entre tanto caos— y firmé en el final del pósit.
Lena lo observó un segundo, satisfecha. Lo dobló con cuidado y lo guardó. Parecía como si guardará un tesoro en su chaqueta.
—Perfecto —dijo—. Entonces empezamos bien.
Y mientras ella volvía a su pantalla, entendí dos cosas: que acababa de aceptar mucho más que tres normas, y que trabajar con Lena iba a ser cualquier cosa menos sencillo.
Los días previos al viaje se presentaron como una montaña rusa al lado de Lena.
Por mi parte, cada día que pasaba estaba más en sintonía con la empresa.
Había logrado agendar citas para conocer a los autores que llevaba, había tenido mi primera asesoría con Conrad y, sí, también había tenido tiempo para seguir con el tira y afloja con Lena.
Supuestamente, mi perdón llegó con la firma del pósit de sus normas absurdas, y digo absurdas porque cualquiera que fuera un poco profesional sabía que eran tres reglas que iban unidas al trabajo.
¿No tener acercamientos innecesarios? ¿Quién en su sano juicio iría detrás de una compañera o un compañero de trabajo sabiendo todo lo que podía perder?
¿Y lo de los cambios o improvisaciones? Por favor, íbamos a grabar un proyecto que estaba organizado de principio a fin, sin margen de error.
Solo debíamos hacer nuestro trabajo tal cual estaba en el guion, no podía costar tanto.
Pero ella se sacó su absurdo papelito del bolsillo y supe, en cuanto me miró desafiante, que estaría perdido si no lo firmaba.
—¿Has repasado ya el guion o lo vas a mirar por encima como hiciste con el malentendido con Noa?
—¿Por quién me tomas? —contesté, llevándome la mano al pecho mostrándome ofendido.
—Solo digo, que no quiero cagarla, o bueno, que tú la cagues, que viene siendo lo mismo, porque ahora mismo parece que todo el mundo nos ve como un pack de dos, así que si alguno de los dos falla, nos repercute a ambos.
—No te preocupes, sé hasta en que lado tengo que ponerme en cada escena, mira —le dije.
Acto seguido, agarré a Lena del brazo y tiré de ella hasta colocarla de perfil por su lado derecho, y yo me coloqué enfrente de ella mostrando mi otro perfil, cuando estábamos bien posicionados, cogí aire y continué.
—Mia, eres la razón por la que sonrió todos los días— dije mientras trataba de meterme en el papel.
A Lena le debió parecer bastante ridículo, porque en cuánto acabé, soltó una carcajada, se apartó de mi lado, y mientras me daba dos palmadas en el hombro comentó:
—Uf, demasiado romanticismo incluso para mí, mejor dejemos eso para el momento de la grabación.
Y cuando pensé que había terminado añadió:
—Y por cierto, menos mal que no eres actor, das una pena increíble.
Fenomenal. Todos mis intentos de intentar abrirme a Lena acababan siendo un fracaso.
Me daba la impresión que solo podía ganarmela comprándole muffins todas las mañanas, y era algo por lo que no iba a pasar, por supuesto.
Ya había tenido bastante con correr un día para traerle su puñetero capricho y, bueno, también me había bajado los pantalones al firmar el pósit.