CAPÍTULO 16Lena
Pasé el resto de la jornada pegada al portátil y a la pila de manuscritos que tenía sobre el escritorio.
Perdí la cuenta de cuántas páginas había leído, pero mis ojos secos y cansados me lo recordaban sin piedad.
El único momento en que me detuve fue cuando Nathan me trajo el muffin de chocolate blanco que le había pedido.
Maldita sea, no sé cómo fui capaz de pedirle que me trajera algo, ni por qué elegí mi dulce favorito.
Fue como si le diera el código secreto de mi diario.
Le había dado cierto acceso a mí, a mi información.
Mientras mordía el muffin , mi cabeza no dejaba de girar alrededor de Nathan.
¿Qué narices me estaba pasando? ¿Ahora me importaba lo que él pensara de mí?
La distracción llegó a tal punto que no podía concentrarme en nada más, y, sin darme cuenta, por tercera vez, estaba pensando en su olor, en la manera que tenía de llegar a la oficina cada mañana, en su pelo revuelto como si no le preocupara lo más mínimo.
Llevaba dos semanas casi convencida de que tenía al lado al peor compañero habido y por haber, pero ahora empezaba a dudar.
Un muffin , un puto muffin me bastaba para pensar en si alguien estaba siendo generoso conmigo.
¿Cómo podía ser tan fácil? Su olor, su esencia…
se habían metido dentro de mi cabeza y, en ese instante, estaba en un punto de no retorno del que no sabía cómo salir. ¿Qué demonios me estaba pasando?
Pensando en él, así fue como me encontró Chiara. Sentada frente al ordenador. Las luces de la oficina se apagaban poco a poco y yo miraba por el gran ventanal, dejando que el sol diera paso lentamente a la oscuridad.
—¿Aún trabajando? —me preguntó Chiara mientras me ofrecía la mano para levantarme.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, todavía absorta en mis pensamientos.
Me miró con cara de no entender nada y negó con la cabeza.
—Te recuerdo que trabajamos en la misma oficina. No en el mismo departamento, vale, pero sí en el mismo espacio físico.
El bolso bien colocado de Chiara y sus prisas por salir me recordaron que la jornada laboral se había terminado.
—Por si no te has enterado, ya son más de las cinco —dijo Chiara, señalando la oficina y mostrándome que no quedaba nadie.
Asentí con la cabeza, aunque mi mente seguía atrapada en Nathan.
—Lena, ¿a qué estás esperando? ¡Salimos!
Chiara cogió el abrigo que tenía colgado en el perchero de atrás, me lo pasó y me dio una palmadita en la espalda.
—Venga tía, creo que te conviene salir de aquí —comentó, mirándome con extrañeza.
Antes de poner un pie fuera de Starlight, ya le estaba contando la encerrona en la que me había metido Elaia. No me dejó ni terminar cuando empezó a reírse por lo bajo, divertida con mi desesperación. Aproveché los quince minutos que teníamos hasta casa para desahogarme sobre lo de Montreal.
—Supongo que te llevarás, como mínimo, dos conjuntos de lencería —me dijo con una sonrisa pícara.
—Cler, te juro que si vuelves a decir algo así, llamaré a Lorenzo para contarle lo cachonda que estás —respondí, riéndome.
—¡Anda ya, tía! Sabes que te vendría bien conocer a alguien, o al menos, tener una noche loca.
—No estoy interesada en nada que pertenezca al grupo varonil. Ahora mismo, lo único que me interesa es sacar adelante el montón de trabajo que tengo.
—Ah sí, es verdad. Se me olvidaba. Lena solo vive para trabajar, lo había olvidado. ¿Dónde ha quedado tu lado romántico? Me gustas más cuando estás enamorada.
Hice un gesto de negación con la cabeza y, por un momento, pensé que quizá Chiara tenía razón. No en lo de tener una noche loca, sino en lo de que yo solo tuviera tiempo para trabajar.
Ya en casa, llegué a una conclusión bastante obvia: llevaba tiempo queriendo un compañero para aliviar parte de mi carga mental, y ahora que lo tenía, seguía absorbida por el trabajo.
Necesitaba a Nathan más de lo que creía admitir.
Necesitaba pasarle trabajo, discutir algunas anotaciones sobre manuscritos.
No solo necesitaba sacarme peso de encima, sino poder volver a confiar en alguien como lo hacía en Sam.
Solo que este proceso iba a costarme más de lo que pensaba, porque confiar en él, después de su cagada, me resultaba incómodo.
Aunque, a decir verdad, estos días me había quedado claro que era bueno en lo suyo: organizado, metódico y esforzado por lograr resultados con los nuevos proyectos que tenía.
Incluso había conseguido entregar a tiempo un manuscrito que parecía imposible de arreglar.
Quizá, después de todo, no era tan desastroso como pensaba.
Girando en torno a este pensamiento, cogí el teléfono y le mandé un correo a Nathan:
Para: [email protected]
Asunto: Booktrailer
Buenas noches Nathan,
Creo que estarás de acuerdo si te digo en que ambos tenemos el mismo interés en que el trabajo en Montreal salga adelante, a partir de ahora, creo que tendríamos que mirar cómo nos organizamos.
Saludos,
Lena.
No estaba segura de querer ver una respuesta rápida. Ni siquiera estaba segura de querer cualquier tipo de respuesta. Así que bloqueé el móvil, lo dejé en la mesita de noche y tras esto, me tumbé a leer.