CAPÍTULO 15Nathan
A las dos horas de salir del despacho, Scarlett ya nos había enviado un email al correo corporativo:
Para: [email protected] ; [email protected]
Asunto: Vuelos
Lena y Nathan, os mando los detalles de vuestro próximo vuelo a Montreal.
Cualquier cosa, lo vamos viendo.
Saludos,
Scarlett.
Nunca había visto a nadie gestionar un tema de trabajo tan rápido como Scarlett. Ni dejar tan claro, en tan poco tiempo, que esto ya no tenía marcha atrás.
Levanté la vista del portátil y, por un segundo, me quedé paralizado pensando en Montreal.
De repente, todo parecía mucho más grande y bastante más incómodo de lo que había previsto.
Lo habían mencionado en la reunión, pero yo estaba tan pendiente de quedar bien que aquel detalle me había pasado totalmente desapercibido.
Viéndolo ahora con otra perspectiva, ni siquiera sabía cómo íbamos a hacerlo.
Desde que había empezado en Starlight, Lena y yo no habíamos hecho más que dos cosas: chocar opiniones y mantener distancia.
Repasé por tercera vez el correo de Scarlett. No porque no lo recordara, sino porque necesitaba convencerme de que era real. Los vuelos. Las fechas. Las reuniones. La grabación. Un proyecto que nos colocaba a Lena y a mí en el mismo plano, sin escapatoria posible.
En ese momento quise decirle algo sobre los vuelos, así, de paso, aliviar la presión que llevaba pegada a mi espalda desde el viernes.
Pero la vi tan concentrada, rebuscando entre papeles y hablando por teléfono, que no quise ser un estorbo más.
Así que pasé al siguiente plan, respiré hondo y me obligué a pensar en lo práctico.
Tenía que organizarme: revisar el plan de viaje, los horarios, todo lo que se pudiera prever.
No podía permitirme que este proyecto se me escapara de las manos, porque si algo fallaba, no sería solo mi error…
sería un golpe a la confianza que Scarlett había decidido darme.
La observé de nuevo, sin querer. Había algo en su manera de moverse que no encajaba con el orden que yo necesitaba para funcionar. Su escritorio era un mapa sin leyendas, y el mío algo más parecido a una cuadrícula. Y aun así, el caos parecía obedecerla.
Para mejorar un poco mi mañana, me dirigí hacia la cocina a ver si algún capricho del buffet podía añadir un poco de dulzura a este día.
—Lena, voy a la cocina, ¿quieres que te traiga algo?
Pero, ¿cómo se me ocurre? Acababa de ofrecerle algo a la persona con la que menos hablaba en todo el trabajo. ¿En qué estaba pensando?
Ni siquiera se giró, así que aceleré el paso y seguí mi camino. Fue entonces cuando escuché una silla moverse despacio, seguida de un carraspeo.
—Nathan, si no te importa… un muffin de chocolate blanco, por favor.
Me pareció ver una sonrisa en su rostro mientras hablaba. Asentí con la cabeza y me puse en marcha.
Delante del buffet , elegí un bagel de queso y bacon y luego me dirigí al mostrador de dulces para buscar el muffin que me había pedido Lena.
Me cambió la cara cuando vi que no quedaba ni uno, pero no podía permitir que Lena tuviera otro motivo para rechistarme, aunque este no tuviera nada que ver con el trabajo.
Así que, casi corriendo, me dirigí hacia el ascensor y me planté en la cafetería de la esquina.
Por las mañanas, siempre la veía coger el café allí, así que aposté por jugármela.
«Bingo», pensé al ver el mostrador. Agarré el muffin , pasé por caja y volví a la oficina después de pagar cinco dólares por un puto muffin .
Cuando estuve arriba, cambié el papel de llevar, por un plato de nuestra cocina.
Ni siquiera quería imaginar qué pensaría si supiera que había ido expresamente a buscarle el muffin .
Regresé lo más rápido posible a nuestro escritorio y se lo dejé al lado, como quien no quiere molestar.
Seguía hablando por teléfono; asintió con la cabeza y me sonrió.
Durante los siguientes segundos, la miré por el rabillo del ojo esperando a que lo probara.
Cuando lo mordió, busqué en su rostro cualquier indicio de que se hubiera dado cuenta de que ese no era el muffin habitual de la oficina.
No es por criticar, pero los desayunos de la oficina, aunque tenían prácticamente de todo, no eran de la mejor calidad del mundo.
Antes de colgar la llamada, soltó:
—Está buenísimo, gracias —pronunció, todavía con la boca llena.
Por supuesto que estaba bueno, pensé, me había costado cinco dólares. Cinco dólares que podría haberme ahorrado si me hubiera callado la boca cuando me levanté hacia la cocina.
Debían ser alrededor de las cuatro y media cuando el sol empezó a retirarse por la cristalera.
Acabé de mandar unos correos y comencé a recoger mis cosas.
Hoy me iba de la oficina con la sensación de que decir sí a todo no siempre funcionaba pero, por desgracia, decir sí a las propuestas de Scarlett estaba en mi lista de prioridades si quería quedar bien.