El arte de entender el caos CAPÍTULO 12Lena
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CAPÍTULO 12Lena

Esta mañana me he pasado lo mínimo por la oficina.

A decir verdad, no tenía ganas de toparme con Nathan.

No solo por el malhumor que sabía que eso me provocaría, sino también porque empezaba a creer que me había pasado llamándole idiota.

Creo que incluso le afectó. Otro en su lugar, me habría contestado sin pensarlo, y eso me habría enfurecido todavía más.

Como cuando discutes con tu pareja y cada comentario empeora el anterior, y acabas en alerta, a la defensiva, sin saber muy bien en qué punto se torció todo.

Quería disculparme con él, pero mi ego no me lo permitía.

Admito que su llegada me había incomodado más de lo que esperaba.

Llevaba meses queriendo a alguien con quien trabajar codo con codo, como lo había hecho con Sam.

Supongo que ahí también estaba parte del problema.

Fuera quien fuera el que llegara para cubrirle, nadie iba a ser como él.

Así que, en realidad, el conflicto no tenía tanto que ver con Nathan, sino conmigo y con mis expectativas.

En un intento de querer abrir los ojos, les conté a Chiara y Elaia lo que me había ocurrido, omitiendo la parte en la cual le llamé idiota, no creí que se fueran a poner en modo policía si les contaba eso, pero sabia que daría lugar a comentarios con los que no quería lidiar.

Y sí, tenían que ver con mi ego en cuánto al trabajo se refiere.

—Scarlett debió flipar —comentó Chiara mientras cogía un trozo de queso de la repisa.

—No me extraña —respondió Elaia—. Noa es su protegida. Ver cómo algo así podía tambalearse… no tuvo que ser plato de buen gusto.

—Eso es lo peor —añadí—. Scarlett, como siempre, me cedió el marrón.

Menos mal que, en cuanto se lo conté, puso orden.

Porque de ser por mí, esto podría haber acabado incluso peor.

A este tío le han bailado mucho el agua, estoy convencida, y la culpa de ello debe ser su físico.

Seguro que se le tiran encima tantas veces que se lo tiene demasiado creído.

—Bueno… un poco crack sí es —me interrumpió Chiara, sirviéndose más vino—. Trabajó con Ali Hazelwood. ¿Cuántas de nosotras no hubiéramos querido ser él en ese momento?

Bebió un sorbo y me miró, esperando respuesta.

— Touché —admití.

—Lena, una cosa no quita la otra —intervino Elaia—.

Es verdad que se vino arriba y la cagó, pero tienes que reconocer que esta confusión la podría haber tenido cualquiera.

Incluso tú —añadió, bajando un poco la voz—.

Además, lleva pocos días en Starlight. Y sabes de sobra que aquí el ritmo no es fácil.

Resoplé, aunque sabía que no le faltaba razón. El trabajo en la editorial era exigente: el volumen, la presión, las expectativas… no todo el mundo aguantaba el primer golpe.

—Recordemos que lo contrataste porque era guapo —comenté, mirando a Chiara.

—Y porque tiene un buen currículum —se defendió ella.

—Y buenos estudios —remató Elaia.

Negué con la cabeza.

—Hasta la secretaría de Scarlett se habría dado cuenta de ese fallo.

—A ti lo que te pasa es que le guardas rencor por ordenarte el escritorio —dijo Chiara—. Reconoce que te hizo estallar cuando te lo encontraste todo impoluto.

—Tía, nadie en su sano juicio toca el escritorio de su compañera el primer día sin permiso —respondí—. Y, por cierto, por mucho que se empeñe en ordenarlo, mi método es mi caos y le tocará acostumbrarse.

Las tres nos miramos sonriendo. Sabían ya por costumbre, que era incapaz de trabajar con un orden impoluto.

Que dentro de ese desorden aparente había una lógica que solo yo entendía.

De pequeña hacía lo mismo en mi habitación.

Mi madre se volvía loca, pero yo siempre sabía dónde estaba todo, y ahora, a mis veintitodos, seguía igual.

Elaia apoyó los codos sobre la isla y sonrió.

—Y hablando de trabajo —dijo—, ¿a que no sabéis quién ha tenido una ideaza para la promo de la novela de Noa?

Chiara y yo la miramos al mismo tiempo.

—Aún tengo que confirmarlo con Scarlett —añadió—. Cuando me dé el visto bueno os lo cuento todo. Pero, amigas… si esto sale como creo, esta idea va a llevar a Noa a otro nivel.