CAPÍTULO 11Nathan
Llevaba un rato dando vueltas en la cama cuando me di cuenta de que no iba a volver a dormirme.
Sin mirar el reloj, sabía que era una de esas mañanas en las que el cuerpo se adelanta por su cuenta, como si hubiera decidido que ya no merece la pena intentar dormir un rato más.
En mi caso, no tenía nada que ver con la productividad ni con madrugar por voluntad propia.
Tenía un motivo bastante concreto. Desde el viernes arrastraba una tensión extraña, instalada en el cuerpo de forma persistente.
Me había pasado el fin de semana dándole vueltas a cómo sería volver a la oficina el lunes, imaginando el gesto de Lena, su enfado, su silencio.
Y, por si fuera poco, intentando convivir con una idea incómoda que no dejaba de aparecer: que quizá había sido un idiota.
No lo era. O, al menos, no quería creer que lo fuera.
Pero había aprendido que, en determinadas ocasiones, basta con que alguien te lo haga sentir para que la duda se quede a vivir contigo.
Es curioso cómo a veces decimos cosas sin medir el peso que pueden tener en la otra persona, sin detenernos a pensar en dónde caen ni qué remueven.
Era evidente que ese había sido uno de esos casos.
Lena se había enfadado por un error que yo cometí.
Y no uno pequeño. Está claro que, con la cabeza caliente, todo el mundo habla desde la rabia; y ella no había sido la excepción.
Lo que no esperaba era que esta vez me afectara más de lo normal.
Decidí levantarme antes de que sonara la alarma haciéndole caso a mi cuerpo. Me preparé el café y salí directo hacia Starlight con la sensación de que, llegar antes, era una forma de poner orden, aunque no tuviera muy claro en qué.
Cuando entré en el edificio, la oficina todavía estaba medio vacía.
El silencio no era absoluto, pero se le parecía.
Ese tipo de calma que te envuelve cuando pasas de vivir con tus padres a vivir solo: incómoda al principio, pero necesaria.
En el ascensor me crucé con la secretaria de Scarlett.
Intercambiamos un saludo breve, correcto.
Por lo visto, siempre llegaba antes que nadie; se aseguraba de tener el despacho preparado y el café listo. Una rutina tan precisa como inevitable.
Me senté en mi escritorio intentando apagar el agobio que me acompañaba desde que había salido de casa.
Joder, si ya de por sí no es fácil ser el nuevo en una empresa, aún lo es menos cuando tu compañera…
¿te odia? No sabía si era odio o enfado.
Lo más probable es que fuera lo segundo.
Pero, aun así, no había mucho que pudiera hacer al respecto.
Después de casi echar a perder un contrato, no esperaba un trato amistoso. Y tampoco podía obligarla.
A decir verdad, apenas nos conocíamos desde hacía unos días y, aunque en mi cabeza había imaginado un comienzo distinto, al menos estaba donde quería estar. Aunque eso significara sentarme cada mañana al lado de alguien que quizá pasaría el día mirándome con reproche.
Dejé de revisar el manuscrito de Conrad cuando un ruido en el estómago me recordó que no había desayunado.
Un solo café no bastaba para afrontar ocho horas de trabajo, así que me dirigí a la cocina con la intención de picar algo y seguir con lo mío.
Al levantar la vista del buffet , la vi al otro lado de la sala.
Lena estaba apoyada en la encimera, con un café para llevar en la mano.
El de siempre. El de la cafetería de abajo.
Lo reconocí porque nunca se sentaba a beberlo, como si el tiempo la empujara constantemente hacia delante.
Llevaba una blusa que ya le había visto antes.
La misma de la otra noche, en el karaoke.
Y no pude evitar preguntarme cómo podía convivir esa Lena con la que había tenido que sostener un desastre sobre nuestra mesa.
Al verme, levantó la vista un segundo y asintió con la cabeza para saludarme, ni siquiera me dio tiempo a devolverle el saludo que ya estaba hablando con otro compañero.
Me dio la sensación de ser una pieza invisible en medio de esa cocina.
—Nathan, ¿cómo van esos primeros días? —comentó James mientras se acercaba en mi dirección.
James era un compañero de marketing que debía de tener más o menos mi edad.
Fue de las primeras personas que conocí, junto a Chiara y Lena.
Cuando lo vi salir de la editorial el primer día, lo juzgué por su apariencia de tío chulo, pensé que sería un arrogante.
Pero enseguida me di cuenta de que, detrás de ese físico de modelo sacado de revista, se escondía una persona de lo más agradable.
—Pues, como todos los inicios, un poco perdido… Supongo que podría ir mejor —contesté, centrando mi mirada en Lena.
—¿Ya habéis discutido?
Solté un resoplido y contesté:
—La verdad es que no he empezado con buen pie. Ayer la lié un poco con Noa, y casi me mata.
—Sí, no es de carácter fácil. Se toma muy a pecho todo lo que le ocurre en el trabajo. En el fondo, aunque no te lo parezca, es buena tía.
—Será muy en el fondo —comenté con ironía.
—Dale tiempo, vive muy saturada y bajo mucha presión… Seguro que en unos días todo se pone en su lugar —dijo, tocándome el hombro.
—Gracias, tío. Creo que necesitaba que alguien me ayudara a bajar esta presión.
—Nada, colega. Aquí todos sabemos de qué pie cojea cada uno. Es normal que no encuentres tu lugar, acabas de llegar. —Me miró con comprensión y añadió—: Los viernes solemos salir a tomar algo. Si quieres apuntarte, solo tienes que decírmelo. Te paso mi teléfono.
Y ahí, en la cocina de la oficina, mientras buscaba algo para comer, hice mi primer acercamiento de amistad con alguien de la editorial.
Me venía bien tener un buen compañero, no solo por la sensación agridulce que tenía hasta ahora con Lena, sino también porque quería abrirme a nueva gente dentro de la oficina.