CAPÍTULO 10Lena
No sabía cuánto necesitaba este fin de semana hasta que me ha tocado disfrutarlo. A veces, cuando vives con el piloto automático puesto, no te das cuenta de que necesitas un respiro real para saborear la vida. Yo llevaba semanas funcionando así, sin freno. Siendo honesta, meses, en realidad.
Desde que empecé en Starlight, el caos se había ido apoderando de todo, y seamos claras: no solo del estado de mi escritorio.
A mi alrededor, todo parecía avanzar a un ritmo imposible de mantener, como si alguien hubiera pisado el acelerador sin preguntarme si yo estaba preparada para seguirle el paso.
Cuando Sam se fue, no fue solo su ausencia lo que me descolocó, sino todo lo que dejó atrás.
Proyectos, autores y decisiones que pasaron a engrosar mi lista sin previo aviso.
Scarlett se quedó con algunos de los proyectos más grandes, sí, pero muchos otros acabaron en mis manos.
Intentar encajar todo eso en una agenda que ya estaba cerrada de antemano, era una misión condenada al fracaso.
Como era evidente, no salió como esperaba.
Durante mucho tiempo, esa confianza que depositaba Scarlett en mí, fue uno de los motivos por los que me sentí cómoda aquí, estaba siendo reconocida.
Valorada. Un gesto que durante mucho tiempo me sostuvo, hasta que llegó el día en que dejó de ser un respaldo y empezó a parecerse demasiado a una carga.
Y si a todo esto le sumamos la llegada de Nathan, el cuadro ya rozaba lo absurdo.
Qué ingenua fui cuando me alegré al saber que alguien nuevo se incorporaba al equipo.
Pensé que, por fin, podría repartir carga.
Soltar un poco. Que parte de esa presión dejaría de recaer siempre en el mismo sitio.
Ahora el trabajo parecía haber reaparecido por otro lado.
Porque Nathan no había tardado ni una semana en complicarlo todo.
Le hice perjurar que le pediría disculpas a Noa, no solo por correo sino que me acompañaría a mi próxima reunión con ella.
Aunque yo ya había hablado con ella para tranquilizarla, no quería que él se fuera de rositas.
Resultaba casi irónico. Llegó como quien no quiere molestar, con esa imagen de chico responsable que parece incapaz de romper un plato.
No podía evitar recordarlo entrando en la oficina en su primer día: café en mano, pose de chulo y ese perfume que consiguió que media planta se detuviera un segundo de más.
No sé por qué narices tenía que ser tan guapo; estaba empezando a pensar que quizá esa belleza se la habían concedido para compensar su personalidad.
Solo había pasado una semana desde su llegada y ya me la había liado con Noa. Y eso sin entrar en el tema de mi escritorio. Sí, seguía enfadada. No entendía por qué tuvo que tocar mis cosas cuando podría haberse limitado a ocupar su lado de la mesa y punto.
La reacción de Scarlett, cuando tuve que disculparme por los dos, fue muy distinta a la mía. Como ya esperaba.
Para ella no había ningún drama en lo ocurrido.
Como siempre, depositó su fe en que yo lo arreglaría.
Y lo hice, por supuesto. Porque necesitaba tener control sobre la situación y, más importante aún, necesitaba cuidar a Noa y asegurarme de que la confianza que había depositado en mí siguiera intacta.