CAPÍTULO 9Nathan
Lena me miró como si acabara de hablar en otro idioma. En ese preciso instante lo importante era que una expresión en su cara me dijo que había cruzado una línea que, hasta ahora, no sabía que existía.
—¿Cómo que te pasé esta autora? —comentó al fin—. ¿De qué estás hablando?
No le hace falta levantarme la voz, porque en su rostro se percibía una inquietud tan tensa que me descolocó más que cualquier grito. Mientras la miraba, le señalé la pantalla, todavía convencido de que se trataba de un malentendido menor.
—La carpeta compartida. La que me enviaste con los proyectos nuevos. Mira, ahí estaba este archivo. Noah S. Pensé que…
Antes siquiera de seguir la frase, me quedé atónito mirando bien lo que acababa de leer. Ahí no ponía Noa, sino Noah. Sí, con «h» final. Cojones, ¿cómo podía haber estado tan ciego?
Esperando respuesta, Lena se puso de pie mientras observaba la pantalla y clavó la mirada en mí, con los ojos abiertos como platos, como quien no se atreve a hablar pero quiere asegurarse de que quien le escucha está comprendiendo la gravedad.
Fue cuando me fijé en cómo se le ajustaba la falda al cuerpo.
—Vamos a ver, Nathan, pero tú ¿sabes leer?
Me quedé tan embobado mirando la falda que tardé tres segundos de más en responder. Como si aquello no fuera conmigo.
—¿Qué?
—Sí, que si sabes leer. ¿Qué pone aquí? —dijo mientras señalaba el nombre en la pantalla.
Tragué saliva, porque dos segundos antes de esto, me había dado cuenta del puto fallo que había comentido. El error era tan evidente que ni siquiera sé cómo pude no verlo.
—Yo… —empiezo—. Pensé que…
Ni siquiera sabía qué cojones decirle.
Lena apoyó las manos en la mesa. Pude ver cómo apretaba los dedos contra la superficie y cómo giraba el anillo una y otra vez, buscando un ancla que la sujetara en medio del desconcierto. Uno que había creado yo, en menos de veinticuatro horas.
—Llevas cuatro días aquí —dice—. Cuatro. Y casi la lías con nuestra autora principal.
Tiene razón, joder, llevo aquí cuatro días. Y he movido, sin querer, una ficha que podía hacer que Starlight perdiera un contrato. Esto, desde luego, no era la mejor carta de presentación que podía ofrecer.
—No era mi intención —dije intentando sostener el error.
—¿Eres consciente de lo que pasaría si Scarlett se entera de esto?
La decepción en su rostro pesaba más que el enfado. Por supuesto que había pensado en qué pasaría. La opción A incluía echarme; la B, también; y así de manera sucesiva hasta terminar el abecedario. Ninguna acababa bien para mí.
—Casi me da un infarto cuando he visto los mensajes de Noa esta mañana —continuó—. Por no hablar de que esto rompe el contrato que tiene firmado con Starlight. Joder, Nathan, es nuestra autora principal.
—Perdona ¿vale? —añadí—. Te mandé el texto y también te adjunte los nombres de los autores que voy a llevar ahora, los que me has pasado.
—¿Me estás diciendo que esto es mi culpa?
—De haberme contestado, de haberme prestado atención, igual no la hubiera cagado.
—No soy tu niñera, idiota.
No creí que contestar fuera la mejor opción.
Y mucho menos después de que acabara de llamarme idiota.
Idiota había sido la última palabra que pronunció Alice antes de dejarme.
Idiota fue el insulto que usó para definirme cuando me rompió el corazón al enterarme de como se había reído de mi.
Una sola palabra bastó entonces para hundirme, y ahora volvía a resonar en mi cabeza como el eco persistente de una época que creía superada.
—Tienes razón, Lena —dije al final—. La próxima vez prometo ser más responsable.
Me giré incluso antes de que pudiera responder. No quería darle margen para rematarlo. Ni para que se diera cuenta de lo que acababa de provocar.
La sensación al escuchar «idiota» saliendo de su boca me dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Tanto, que noté cómo los ojos se me cristalizaban y tuve que parpadear varias veces para no permitir que nadie lo notara.
Me dirigí hacia la cocina, tratando de recomponerme por el camino.
Respiré hondo, intentando que el aire que llenaba mis pulmones calmara, aunque fuera mínimamente, mis nervios.
Ya delante del buffet , me acerqué al mostrador y apreté el botón de la cafetera al menos tres veces.
No estaba seguro de si algo iba a sacarme de aquel laberinto mental, pero la cafeína era una buena forma de intentarlo.