El arte de entender el caos CAPÍTULO 8Lena
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CAPÍTULO 8Lena

Cuando sonó la alarma, lo primero que vi no fue la hora.

Con los ojos aún medio cerrados, la pantalla del móvil me golpeó con un caos imposible de ignorar: mensajes sin abrir, llamadas perdidas, notificaciones superpuestas unas sobre otras.

Tardé un par de segundos en procesarlo. Más de veinte mensajes de Noa a lo largo de la noche. Era evidente que algo no iba bien.

Me incorporé despacio, apoyando la espalda en el cabecero, y me froté los ojos todavía dormidos, intentando que la vista se enfocara lo suficiente como para leer con calma y por un momento maldije haber bebido tanto ayer.

Abrí nuestra conversación, sabiendo a ciencia cierta que lo que iba a encontrar ahí no iba a ser un mensaje de energía positiva, ni uno en plan: «¿Qué tal si quedamos?

». Primero, porque era evidente que nuestra relación era profesional, y segundo, porque Noa nunca solía saturarme a mensajes, y menos por la noche.

El primer mensaje que conseguí leer me tensó el estómago.

Noa Sparker: No entiendo estos cambios. Estamos a una semana de la entrega. ¿Me podéis explicar qué ha pasado?

Fruncí el ceño. El sueño se me disolvió de golpe, sustituido por una presión lenta en el pecho.

¿Cambios? ¿De qué cambios hablaba Noa? Reproduje en mi cabeza nuestra última reunión en Bluebird.

El calendario con los plazos marcados, las fechas de promoción e incluso lo que haríamos el día del lanzamiento.

Ni siquiera sabía de qué cambios estaba hablándome, ahora mismo el único cambio que notaba era la peste a alcohol que derrochaba.

Antes de seguir leyendo, respiré hondo y le escribí un mensaje intentando sonar de lo más profesional.

Lena.M Starlight:

No sé a qué cambios te refieres. Voy a revisarlo y lo hablamos con calma. No te preocupes.

Lo envié sin pensarlo demasiado. Era el tipo de mensaje que se escribe cuando todavía confías en que todo tiene una explicación sencilla. Cuando aún no sospechas que algo, en algún punto, se ha torcido de verdad.

Me quedé unos segundos mirando la pantalla, como si esperara que el móvil me devolviera una respuesta inmediata capaz de resolver el problema.

Me levanté de la cama, me puse perfume y me vestí deprisa, con el look que había dejado preparado la noche anterior con Elaia y Chiara.

No sé en qué momento me pareció divertido aceptar llevar una minifalda para ir a la oficina y causar buena impresión a Nathan, pero me daba una pereza increíble cambiarlo todo a última hora.

Mientras me recogía el pelo frente al espejo, intentaba frenar el pensamiento de que quizá ayer la había liado yendo borracha.

Pero no, sería incapaz de tocar algo del trabajo en ese estado.

Podía liarme con un desconocido, podía buscarle un novio a Elaia sin la más mínima vergüenza, o incluso podría nadar desnuda en un lago, pero con el trabajo no jugaba.

De camino a Starlight, recogí mi café con caramelo y chocolate blanco.

Hoy lo necesitaba más que nunca, aunque siendo sincera, sospechaba que lo iba a vomitar.

Los nervios me estaban consumiendo. Los cambios de los que hablaba Noa, podrían hacernos perder el contrato con ella y de ser así, Scarlett me mataría.

Ya en la oficina, dejé el bolso sobre la silla y encendí el ordenador sin quitarme ni siquiera el abrigo.

Revisé los últimos mensajes con Scarlett, por si me había comentado algo sobre ese supuesto cambio.

Abrí los documentos de las últimas reuniones, repasé fechas, notas, decisiones.

Y cuando ya no encontré nada más a lo que agarrarme, abrí el correo, esperando que allí apareciera, por fin, una respuesta.

No podía creer lo que estaban viendo mis ojos.

Nathan me había mandado el mensaje que quería enviarle a los autores que le habíamos asignado, un mensaje que, por cierto, era formal y cuidadoso.

El problema real era que le había mandado su presentación a Noa.

Y no solo era un problema para Noa, o para Nathan, el peso recaía sobre mí.

Primero porque Scarlett no me lo iba a pasar por alto, y segundo, porque Noa quizá acababa de perder toda su confianza en mí.