El arte de entender el caos CAPÍTULO 7Nathan
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CAPÍTULO 7Nathan

Cuando salí de la oficina, el día todavía no había terminado para mí. Quedé con unos colegas de mi antiguo trabajo cerca de Koreatown. Tomamos una cerveza para desconectar y aproveché para explicarles mi primer día de trabajo.

Como ya iba siendo costumbre cuando me juntaba con ellos, una cerveza se convirtió en otra.

Y luego, en otra más. Era un modo de desconexión bastante absurdo, porque siempre terminábamos hablando de cosas sin importancia, e incluso se me hacía pesado aguantarlos en ocasiones.

El plan era simple: beber, beber y charlar, y casi siempre que nos animamos un poco más de la cuenta, acabamos en lugares aleatorios, por lo que no me pareció raro terminar la noche en un bar musical aunque esa fuera nuestra última opción de haber estado serenos.

Aunque a decir verdad, creo que éramos incapaces de decir que no a cualquier plan juntos.

Subimos por una escalera estrecha, mal iluminada, con la música filtrándose desde arriba y voces mezcladas en varios idiomas.

Al abrir la puerta, el ambiente nos golpeó de lleno, cosa que no esperábamos.

El bar apestaba a alcohol, y los pies se enganchaban en el suelo cuando caminabas.

Mientras nos acercábamos al escenario buscando un sitio donde sentarnos, un grupo de chicas llamó nuestra atención.

Sin duda animaban el lugar, si echabas la vista atrás, no había una sola persona en el público que no estuviera aplaudiendo con energía al ritmo de la música.

Cuando nos acercamos, reconocí una de las siluetas del escenario, era Lena, y me pareció que otra de las chicas que la acompañaba en el escenario era la señorita Piazza.

Me quedé quieto unos segundos, observando.

Como si necesitara asegurarme de que no era una ilusión causada por la cerveza.

En un momento se agarró al pie del micrófono, inclinándose hacia delante como si fuera la mismísima Beyoncé.

El público respondió con aplausos y gritos y ella estaba en el escenario como si formara parte de él, sonriendo y saludando junto con sus dos amigas.

Si alguien me hubiera jurado que no era ella, le habría creído.

No se me pasó por la cabeza acercarme, porque creo que, de haberse dado cuenta de que yo había presenciado esa escena, nuestra relación laboral se hubiera caído por completo.

Pero no pude dejar de pensar en lo distinta que parecía aquí, lejos de Starlight.

En cómo esa versión suya no encajaba con la imagen que yo me había formado y, al mismo tiempo, demostraba otras muchas cosas de su persona.

Estaba guapa, parecía ligera y divertida.

—¿Habéis visto a esas tres? —comentó Liam.

—Menudo pedo llevan, madre mía. ¿Habéis visto a la del medio? Tiene una buena follada, eh —comentó Henry.

—¿Por qué cojones sois tan groseros? —exclamé, cabreado.

—Uy, Nathan, ¿te gusta esa? ¿Te la quieres follar?

—Tío, cuando os ponéis en este plan de macho alfa os detesto.

Me levanté indignado y me fui hacía casa.

Me había molestado que hablaran así de Lena, no porque quisiera follarmela, pero joder, eran unos putos pervertidos.

Cuando bebían, solían hablar así de las mujeres y me daba una vergüenza terrible, supongo que el hecho de ser hermano mayor ayudaba.

Me daba una rabia increíble pensar que alguien pudiera decir algo así de Fallon —y de cualquier otra mujer, ya que estábamos—.

Me fui a la cama casi a las tres de la mañana y dormí fatal, podría decir que, probablemente, fue por culpa del alcohol. Pero esos comentarios hacía Lena también me habían afectado, aunque no sabía muy bien por qué.

Al día siguiente me desperté antes de lo habitual, hecho trizas. No es que no supiera beber, pero con los años las resacas se llevan peor; hay mañanas en las que no existe ibuprofeno que haga milagros. Ya lo decía mi hermana, de los treinta para arriba, todo se nota más.

Cuando salí al comedor, Fallon ya había desayunado y, para mi desgracia, no había dejado ni un sorbo de café.

—Joder, Fallon, hoy me vendría bien un café.

—Lo que te vendría bien es no beber tanto —comentó mientras me tocaba el hombro.

—Anda, calla, y prepárame uno, por favor —dije mientras me tocaba la sien.

—No tenemos más cápsulas si quieres bajo a comprar, pero…

No dejé que terminará la frase, recordé los desayunos de la gran cocina de la oficina y decidí ir hasta allí. Un buen desayuno americano nunca falla, y lo necesitaba si quería cumplir bien con el trabajo.