CAPÍTULO 6Lena
Los jueves suelen ser noche de karaoke. Cuando salimos del trabajo, nos reunimos en el recibidor de la editorial y volvemos juntas a casa. Es un pequeño ritual que tenemos para recordarnos que el fin de semana está un poco más cerca.
En Nueva York la vida te absorbe sin pedir permiso.
Cuando llevas poco tiempo aquí, todo parece un caos constante y llegas a pensar que un día vas a perder la cabeza.
La ciudad es exactamente como en las películas: el tráfico no se detiene ni de madrugada, la gente camina siempre deprisa, los cafés para llevar vuelan de los locales y todo el mundo parece tener un destino claro, incluso cuando no lo tiene.
Cuando llegué, echaba de menos la tranquilidad del Mediterráneo.
Vivía en un pueblo pequeño de la Costa Dorada, donde el aire olía a sal, las distancias eran cortas y en diez minutos podías estar en la playa o en la montaña.
Aquí, en cambio, diez minutos es lo que tardo en cruzar una avenida.
Y aun así, este sueño llevaba conmigo desde niña.
Desde aquellas tardes viendo Sexo En Nueva York con mi madre, imaginando que algún día yo también formaría parte de la ciudad que no duerme.
No fue hasta la universidad cuando descubrí los famosos jueves universitarios: fiestas donde nos juntábamos gran parte del campus para despejarnos de nuestras obligaciones.
Cuando me mudé a Nueva York, eché de menos ese paréntesis, esa excusa para parar.
Por eso, cuando empecé a compartir piso con Elaia y Chiara, les propuse instaurar un plan fijo para los jueves, no tuvimos que debatirlo mucho, enseguida tuvimos un ganador claro: el karaoke.
El ritual estaba establecido. Llegábamos a casa, poníamos nuestra lista favorita en Spotify y, mientras nos duchábamos y nos arreglábamos, cantábamos, bailábamos y charlabamos sin orden ni pudor. Un planazo, si me preguntan.
Los jueves ni siquiera Lorenzo llamaba a Chiara.
Al principio lo había intentado pero cuando veía que lo único que podía escuchar eran gritos y desafines, nos miraba por la pantalla con resignación y acababa colgando.
Chiara ya nos había dicho que él nos tomaba por unas locas con las que no se podía dialogar cuando estábamos en ese modo.
Ese día tardamos un poco más en salir, porque me acribillaron a preguntas sobre Nathan.
Eran unas cotillas, pero esos momentos en los que se interesan por mí me recuerdan que son lo más parecido a una familia que tengo aquí.
Y es una suerte, porque cuando lo dejas todo para perseguir tus sueños, también renuncias un poco a lo que tenías: trabajo, costumbres, familia, amistades…
Y en mi caso, había dejado atrás a mi mejor amiga Sara, y la echaba mucho de menos.
Cuando llegamos a West 32nd Street, en pleno Koreatown, la noche ya estaba viva.
Nos dirigimos a nuestro bar musical favorito.
Se encontraba en un segundo piso, al que se accedía por una escalera estrecha desde la calle.
La verdad, es que daba un poco de cringe pero una vez lo descubres, ya no hay marcha atrás, siempre te parece la mejor opción.
Resulta gracioso, si lo observas desde fuera, pensarías en no entrar, pero cuando estás dentro, esa sensación cambia por completo.
Siempre está lleno de gente de nuestra edad y el ambientazo está asegurado.
Elaia se acercó a la barra para pedir nuestros Aperol Spritz. En la happy hour salían bastante más baratos que otros cócteles, así que aprovechamos sin culpa. Chiara y yo ocupamos una mesa cerca del escenario; ahí se concentra lo mejor del ambiente, y era imposible no venirse arriba.
—¿Con qué canción haremos hoy el ridículo? —preguntó Chiara.
—Deja las vergüenzas atrás, Cler, no seas tan sosa —contesté.
—Parece mentira que no nos conozcas. Nosotras no te hacemos pasar vergüenza, te hacemos disfrutar, admítelo —añadió Elaia.
—Por favor, os pido que me emborrachéis un poco. Hagamos lo que hagamos, prefiero no recordarlo mañana.
Chiara era la más vergonzosa de las tres.
Al menos, cuando teníamos público, porque en casa, entre nuestras cuatro paredes, era la que más se desmelenaba, pero había algo en ella, en su sentido de la responsabilidad o la madurez, que le impedía pensar así cuando salíamos por ahí.
Elaia y yo en cambio, parecíamos ser las más alocadas, y no nos importaba en absoluto la impresión que podíamos dar.
Después de tres copas en el cuerpo, ya no había dudas.
Teníamos que animar al personal, así que me subí al escenario y pedí la que llamábamos mi canción mítica: Gasolina de Daddy Yankee.
Canción que ellas se saben de memoria. Y no porque alguien las obligara a hacerlo o bueno, quizá sí.
Sabía que con esa canción las animaría así que tomé la iniciativa.
Lo di todo. Micrófono en mano, actitud de diva sin talento y cero vergüenza.
El karaoke era el único sitio donde podía evadirme del trabajo.
Las chicas se colocaron a mi alrededor haciendo los coros, bailando y moviéndose como si aquello fuera un concierto multitudinario y no un karaoke perdido en Koreatown.
Aunque hay que admitir que, con lo bien que bailaba Elaia, alguna vez hasta nos habían dejado propina.
No era la imagen más típica que podrías encontrarte en un bar musical de Nueva York, pero éramos nosotras, como un huracán en medio de cualquier lugar.
Tres voces desafinadas, risas que se colaban entre canciones y una energía imposible de apagar porque, cuando estábamos juntas, brillábamos como las que más.
Entre canciones, brindis y aplausos ajenos, la noche se nos fue de las manos, como siempre.
La música seguía sonando incluso cuando bajábamos las escaleras, todavía con el eco de nuestras propias carcajadas resonando en la cabeza.
Al bajar del metro, caminamos de vuelta a casa mientras nos sosteníamos las unas a las otras para evitar una caída estúpida.
—Cler, si vas a potar, por favor, espérate a hacerlo en casa —le dijo Elaia mientras trataba de enderezarla.
Esa era una de las consecuencias que solíamos pagar cuando se emborrachaba. Siempre alegaba que era porque le caía mal la cena, pero sabíamos de sobra que los chupitos que se tomaba para perder la vergüenza eran el motivo.
Ya en el piso, dejé los zapatos tirados al borde de la cama y me dejé caer en ella sin pensar demasiado.
—¡Lenyyyyyy! —dijo una voz acercándose a mi habitación—. Mira qué guapa estoy.
—Cler, vete a dormir, reina. Mañana necesitarás estar descansada.
—¿Pero estoy guapa o no? —dijo mientras se agarraba al marco para no caerse.
—Sí lo estás —dijo Elaia, acercándose a la habitación para tratar de llevársela.
—Yo también quiero que vosotras estéis guapas, ¿estáis guapas?
Tuvimos que llevarla a su habitación y tumbarla en la cama. Estaba muy graciosa cuando bebía, pero había que frenarla, porque podía pasarse horas en el limbo.
Al volver a mi cuarto, antes de apagar la luz, enchufé el móvil para cargarlo y vi que dos notificaciones de Noa parpadeaban en la pantalla.
Creí que contestarle no era buena idea cuando siquiera veía nítidas las letras, así que lo dejé cargando en la mesilla, cerré los ojos y me prometí que me ocuparía de ello al día siguiente.