CAPÍTULO 5Nathan
Si había algo que tenía claro de Lena después del día de hoy, eran tres cosas: su nombre, su desorden y que su novio debía quererla mucho.
A media mañana apareció un mensajero preguntando por ella.
Cuando le expliqué que estaba en el descanso, dejó sobre su escritorio un ramo enorme de eucalipto con rosas blancas.
De haber sido su novio, no me habría permitido enviarle flores al trabajo.
No porque no creyera en los gestos románticos, sino porque tengo otra forma de cuidar algo que me importa.
A juzgar por aquel gesto, Lena, en cambio, parecía de las que todavía creen en declaraciones a lo grande: flashmobs en Central Park, amor a la vista de todos y finales felices para todas las historias.
Cuando el mensajero ya se estaba yendo, se me escapó una risa floja, involuntaria.
No pude evitar imaginar la escena si hubiera venido ayer. Aquella mesa habría sido un campo de batalla: papeles por todas partes, carpetas abiertas, notas superpuestas... No cabía ni un bolígrafo más. Cualquiera habría salido de allí con un tic nervioso.
Cuando Lena volvió del descanso, me enseñó algunos manuscritos y enseguida me puse a organizar todo lo que necesitaba preparar para las próximas semanas: correos, tareas, autores, etc.
Lo fui apuntando todo a prisas, intentando no perder el hilo.
Entre las tareas más urgentes estaba enviar un correo de presentación.
Cuando te incorporas a un trabajo como el nuestro, es importante presentarte a los autores, dejando claro que la empresa me pondría al día de los detalles importantes.
Es obvio que cuando hay cambios de dinámica o de compañeros en el trabajo, la gente se pone nerviosa.
Todo lo que hasta ahora habían manejado con soltura y confianza pasaba de repente a manos de otra persona, y eso generaba una tensión invisible.
Cuando terminé el primer borrador, me giré hacia ella.
—Te he mandado el texto que he puesto en los correos de presentación —dije— He pensado que quizá me vendrían bien tus correcciones. Ya sabes, les conoces más…
Lena levantó la vista de su montaña de papeles. Me observó un segundo, como midiendo algo que no tenía nada que ver con el correo, y esbozó una sonrisa ligera.
—Genial. Cuando pueda le echo un ojo.
Enseguida volvió a lo suyo, sumida en su mundo de notas y manuscritos.
La observé sin disimulo. Me fijé en cómo movía los papeles, cómo localizaba lo que buscaba sin dudar.
Todo parecía bajo control sin que lo pareciera.
El caos no la desbordaba, jugaba a su favor.
Me sorprendió admitirlo, pero mirarla ahí, en medio de su propio desorden, me sirvió un poco más para entenderla.
Mientras esperaba el visto bueno de Lena, pasé al siguiente punto de la lista: leer el manuscrito de fantasía de un tal Conrad Wright. No era el género que más me gustaba, pero tenía la sensación de que, con tal de seguir bien en la empresa, habría dicho que sí incluso a ser editor de terror.
A las cuatro y cuarenta seguía sin respuesta.
Me giré para comentarle si había tenido tiempo de mirarlo, pero estaba inmersa en su mundo.
No sabía cómo era capaz de trabajar así: en una reunión, con los auriculares puestos, la mirada perdida en algún punto indeterminado y, al mismo tiempo, escribiendo algo en el teclado de su portátil como si nada más existiera a su alrededor.
En ese momento decidí que sería absurdo molestarla por los correos, así que a las cinco en punto, terminé de mandar todos los emails; me puse el abrigo, y le hice un gesto discreto para despedirme.
La verdad, no estoy seguro de que se diera cuenta, apenas levantó la vista del ordenador.
Esa mujer tenía pinta de hacer más horas que un reloj.
Al salir del edificio, me detuve un instante en la acera y alcé la vista hacia la fachada de Starlight, bañada por la luz de la tarde. El reflejo del sol en los ventanales me devolvió de una manera amable una certeza que llevaba tiempo esperando: estaba donde quería estar.
Y no es que antes estuviera en el lugar incorrecto, de hecho, en la otra revista, había aprendido muchas cosas, y estaba agradecido. Pero aquí tenía la oportunidad de crecer y no pensaba desperdiciarlo.