El arte de entender el caos CAPÍTULO 4Lena
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CAPÍTULO 4Lena

—¡Ay, Dios mío! Este tío es gilipollas… ¿Pero quién se ha creído que es? —exclamé, señalando mi nuevo escritorio.

Y sí, digo «nuevo», porque el escritorio estaba impecable.

Cada carpeta, cada bolígrafo, cada objeto que yo tenía desparramado por ahí, había encontrado su sitio.

Joder. Hasta mis notas parecían tener un orden fijo.

Y, a esas alturas, tenía bastante claro que no habían sido Lily ni Charlie, los chicos de la limpieza.

Los pobres ya estaban advertidos de no tocar mis cosas, así que cuando pasaban por aquí dejaban el caos tal cual estaba y se centraban en pasar el polvo a la pantalla del ordenador, y poco más.

Ver aquello me cruzó los cables de inmediato. Suspiré, observando lo que ahora parecía ser la versión nueva del escritorio. Solo de pensar en buscar allí todas mis cosas, me subió la presión.

Mientras revolvía mis pertenencias como una posesa, vi por el reflejo del ventanal que alguien se asomaba, al no reconocer la silueta, supe que debía tratarse de mi compañero. Recé para que no me hubiera escuchado.

—Tú debes de ser Lena, ¿verdad?

Me giré despacio, temiendo descubrir su cara. Si me había escuchado… no iba a ser el mejor de los comienzos.

—Sí —respondí, tratando de mantener la compostura—. Lena Martínez.

—Perfecto —dijo, extendiéndome la mano—. Soy Nathan Caldwell.

Si hubiera escuchado esa vocecita interior, habría desplegado un repertorio de insultos hacía su persona.

De esos que no necesitan volumen para hacer temblar una oficina entera.

Las ganas de soltarlo todo me ardían en la lengua, pero no lo hice.

Ni siquiera un gesto fuera de lugar. Contuve la sonrisa incómoda y, sorprendentemente, hoy, Lena y su autocontrol se anotaban un punto extra.

Nathan seguía ahí, observándome como si esperara una respuesta, no sé si fue por la sorpresa al escuchar mi apellido español, o por mi cara de pocos amigos, porque fingir no era lo mío, por mucho que lo intentara.

Respiré hondo, tratando de sofocar el incendio que me subía por dentro, y continué la conversación con una calma sorprendente.

En aquel momento, me di cuenta de que nuestras manos seguían unidas. La suya era más grande que la mía, y su palma estaba cálida.

—¿Qué tal tu primer día? Ya veo que te has topado con mi bonito caos. ¿Has usado una varita mágica para dejarlo todo como está ahora? —pregunté con sarcasmo.

Nathan me miró y murmuró algo por lo bajini. Tuvo suerte de que no lo escuchara bien, porque Scarlett apareció en ese momento y nos interrumpió.

—Veo que ya os habéis conocido. Estoy segura de que os llevaréis muy bien —dijo con una sonrisa calculada—. Esta mañana le comenté a Nathan —añadió, señalándolo— que en cuanto puedas sacarás tiempo para ponerlo al día y ayudarlo a adaptarse con facilidad. ¿Verdad, Lena?

—Por supuesto, Scarlett —respondí sin dudar—. En cuanto vuelva del descanso me pongo con ello.

Lo dije con una sonrisa eficaz, de las que salen solas cuando alguien confía en ti más de la cuenta. Por dentro, sin embargo, la idea de sumar una tarea más a mi lista me dio una pereza monumental. Aun así, asentí. Como siempre.

Más tarde, al volver de la cocina con mi segundo café del día entre las manos, algo en el escritorio llamó mi atención desde lejos.

Flores.

Me detuve un segundo, incrédula.

¿En serio? ¿También se había dignado a decorar?

Lo de Nathan en su primer día empezaba a rozar lo increíble.

No sabía todavía si trabajaría bien, pero desde luego se estaba acomodando como si llevara allí toda la vida.

Me acerqué a la vez que seguía flipando y, antes incluso de sentarme, lo vi.

Delante del ramo, entre las flores, había un sobre de color rosado y en el centro se leía con total claridad:

Para Leny.

Fruncí el ceño. Solo las chicas y Sam me llamaban así.

Abrí el sobre sin pensarlo dos veces y saqué la nota.

Sonreí sin poder evitarlo.

Bendito Sam. Siempre aparecía cuando más lo necesitaba, como un ángel caído del cielo con un radar especial para mis crisis silenciosas. No solucionaba el caos, pero lo hacía un poco más llevadero. Y, a veces, eso era más que suficiente.