CAPÍTULO 3Nathan
Es la primera vez en dos años que Starlight Publishing no rechaza mi currículum.
Llevaba tiempo esperando este momento. No diré que era un sueño —aunque, en realidad, podría ser el sueño de cualquier editor—, pero sí una meta clara.
Starlight era una de las editoriales más importantes de Estados Unidos, con una lista de éxitos que hablaba por sí sola.
El nivel que exigían era alto, claro, pero también lo eran los autores a los que representaban.
Una cosa iba inevitablemente unida a la otra.
De pequeño ganaba concursos literarios en el colegio.
Certámenes sencillos, de esos que organizan las escuelas para motivar a los alumnos.
Fue ahí donde empecé a escribir y donde todo el mundo parecía tener claro que ese era mi camino.
Mis padres también lo creían. Me presentaban a concursos del pueblo donde vivíamos, Cold Spring, y durante años tuvieron en el comedor una estantería llena de medallas que yo iba acumulando casi sin darle importancia.
Con el tiempo, escribir dejó de ser el centro de todo.
Después del instituto decidí estudiar Filología Inglesa y, al terminar, cursé una maestría en Edición y Publicaciones en la Universidad de Nueva York.
Escribir me gustaba, sí, pero nunca me planteé ser escritor.
Aun así, ese amor por los libros tenía que canalizarlo de alguna forma y ayudar a los demás a cumplir ese sueño me pareció la manera más honesta de hacerlo.
Hoy, Starlight no solo no había descartado mi candidatura, sino que me había respondido casi de inmediato. Un correo claro, directo, con la información de lo que podía convertirse en mi primera entrevista con ellos.
Después de leer y releer el email de la señorita Piazza, abrí el vestidor y escogí la americana que más me gustaba: azul marino.
Mi hermana siempre decía que un buen conjunto aseguraba las primeras buenas impresiones, y hoy no quería fallar.
La combiné con una camiseta blanca, pantalones de pinza y mis zapatillas blancas de siempre.
Simple, cómodo y correcto: ni demasiado ejecutivo, ni demasiado informal.
Cuando terminé, me pasé la mano por el pelo sin pensarlo demasiado y me eché un poco de colonia.
Siempre me había gustado oler bien; era un pequeño ritual que me hacía sentir listo para cualquier cosa que viniera.
Me puse el reloj de la suerte y cogí el maletín con el portátil, por si acaso necesitaba enseñar algo de mi portfolio durante el proceso de selección.
Mientras caminaba por las calles, mi cabeza reproducía posibles respuestas y se adelantaba a las preguntas que podrían hacerme. A cada paso, el corazón se me aceleraba; si hubiera sido fumador, habría terminado el paquete en diez minutos.
Frente a la puerta de Starlight, me tomé un espresso a toda prisa. Y, en cuanto puse un pie dentro, lo entendí. Nada de lo que había visto en redes le hacía justicia.
El edificio era enorme, moderno, lleno de cristaleras que dejaban entrar la luz natural.
Tonos blancos, espacios abiertos, grandes mostradores al fondo.
Todo respiraba orden, éxito y movimiento.
Me dirigí al mostrador principal y pregunté por la señorita Piazza.
Me indicaron que se encontraba en la planta diecinueve.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, volví a quedarme impresionado.
Aquella planta era aún más luminosa que la entrada, con techos altos y una calma que contrastaba con el ritmo del resto del edificio.
No tuve que buscar demasiado. Un cartel discreto junto a la primera puerta lo dejaba claro:
Chiara Piazza.
Recursos Humanos.
Me detuve frente a la puerta, intentando frenar el movimiento nervioso de mis piernas mientras esperaba mi llamada.
—Señor Caldwell, adelante.
El despacho de Piazza era muy luminoso, tenía una mesa amplia y una estantería súper organizada a su espalda. Todo en ella transmitía control y eficiencia, desde la forma en la que me indicó que tomara asiento hasta cómo colocó mi currículum frente a sí.
—Señor Caldwell, bienvenido a Starlight Publishing —dijo con una sonrisa profesional—. Gracias por venir.
—Gracias a usted por la oportunidad —respondí, intentando sonar tranquilo.
Hojeó mi currículum con calma, aunque era evidente por su expresión que ya lo había leído antes.
—He visto que has trabajado en dos editoriales independientes —comentó—. No muchos años, pero sí en departamentos clave.
Asentí.
—Me interesaba entender el proceso editorial desde dentro. No solo corregir textos, sino aprender cómo se construye un libro desde el manuscrito hasta que llega a las manos del lector.
—Y tus estudios respaldan esa intención —añadió—. Filología Inglesa, máster en Edición y Publicaciones en la NYU… Es un perfil joven, pero prometedor.
La entrevista avanzó con preguntas claras: cómo trabajaba bajo presión, cómo gestionaba plazos ajustados, qué tipo de autores prefería editar, cómo reaccionaba ante un manuscrito problemático.
Fui respondiendo a las cuestiones sin adornar demasiado.
No tenía sentido fingir algo que no era.
A los treinta minutos de entrar, cerró la carpeta y me miró a los ojos de manera directa.
—Creemos que encajas bien en la vacante que tenemos abierta. Así que, si te parece, te doy la bienvenida a Starlight.
Por un segundo no supe qué decir.
—Gracias —logré responder—. De verdad, señorita Piazza.
—Llámame Chiara, por favor. Aquí solo usamos apellidos cuando hay jefes de por medio —añadió con una media sonrisa—. Si quieres, te enseño tu puesto de trabajo.
Salimos del despacho y caminamos por el pasillo hasta una zona amplia, llena de escritorios blancos y ventanales enormes. Me señaló uno en concreto.
—Este será tu espacio. Compartirás la mesa con Lena.
Asentí.
—Hoy está teletrabajando, pero mañana empezará tu formación con ella —continuó—. Es la persona indicada para que te sitúes rápido en la dinámica de la editorial.
Se apoyó con ligereza en el escritorio.
—Puedes acomodarte, traer tus cosas, organizar el espacio como te resulte más cómodo. Queremos que te sientas parte del equipo desde el primer día.
—Lo agradezco —contesté recorriendo el lugar con la mirada.
—Nos vemos mañana, Nathan. Ya sabes dónde está la salida.
Y así, sin grandes ceremonias, todo quedó cerrado.
Aproveché para dar un vistazo a toda la planta y antes de irme, puse un poco de orden en el que ahora también será mi escritorio.
De camino a casa, con el maletín apoyado en la pierna y la ciudad pasando a toda velocidad tras la ventanilla del Uber, repasé en mi cabeza cada momento.
Había salido bien. Mejor de lo que me había permitido imaginar.
Era parte de Starlight, y tenía que empezar a creérmelo.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estuviera persiguiendo algo inalcanzable, sino que acababa de entrar, por fin, en el lugar correcto.