El arte de entender el caos CAPÍTULO 1Lena
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CAPÍTULO 1Lena

Dejé el bolso en la silla, el café sobre la mesa y colgué el abrigo en el perchero. Saqué el portátil, la agenda y el cuaderno del bolso y los fui colocando sobre el escritorio, buscándoles un sitio entre papeles, carpetas abiertas y notas sueltas que se acumulaban sin ningún orden aparente.

A simple vista, aquello podía parecer un caos. Pero era mi caos. Y dentro de él, yo sabía perfectamente dónde estaba todo.

Mientras apartaba un par de hojas para hacer hueco al portátil, algo llamó mi atención. Entre el desorden, casi escondido, había un pósit amarillo, alineado junto al teclado.

No hacía falta firma. Aquella letra limpia, directa y sin adornos, solo podía ser de Scarlett.

Antes de que mi cabeza empezara a darle demasiadas vueltas, cogí el móvil y le escribí a las chicas.

Piso, pizza y decisiones cuestionables:

Babys, Scarlett me manda al despacho. Deseadme suerte. xoxo

Me bebí en dos sorbos el café que aún me quedaba, cargué el portátil bajo el brazo y salí sin mirar atrás. El pasillo que llevaba al despacho de Scarlett siempre me había parecido más largo de lo que en realidad era. Quizá porque allí nunca se entraba sin esperar algo a cambio.

Llamé con los nudillos un par de veces.

—Adelante.

Para mi sorpresa, Scarlett parecía relajada. Aireada, incluso. Y eso, lejos de tranquilizarme, me descolocó un poco. No podía quejarme de mi jefa —era clara, honesta y directa—, pero cuando te llamaba a su despacho así, sin previo aviso, nunca sabías muy bien qué esperar.

Estaba sentada detrás de su escritorio, revisando unos documentos con calma, como si el mundo no se moviera a la velocidad habitual de la editorial.

Su despacho desprendía una armonía perfecta: líneas rectas, tonos neutros y un orden impecable.

Pero entre tanta sobriedad, asomaban pequeños recordatorios de los éxitos de Starlight: portadas enmarcadas, premios, carteles y miles de fotografías de presentaciones pasadas.

—Buenos días, Scarlett.

Alzó la vista y me dedicó una sonrisa profesional.

—Buenos días a ti también, Lena. Siéntate.

Me indicó la silla frente a su escritorio. Dejé las cosas sobre la mesa y jugueteé con mi anillo mientras esperaba.

—He salido de la reunión de esta mañana —empezó— y, teniendo en cuenta el peso que llevas con Noa y todo lo que implica su nueva novela, he decidido hablar con Recursos Humanos para buscar un editor adjunto.

Parpadeé. Detrás de ella, el gran ventanal dejaba ver el skyline de Manhattan. Imponente. Vivo. Tan presente como el día en que llegué desde España y me prometí que algún día formaría parte de todo aquello.

—¿Un editor adjunto?

—Sí —continuó—. Se quedaría con algunos de tus proyectos para que puedas concentrarte casi al cien por cien en Noa. Sin descuidar lo demás, claro.

Sonreí antes de poder evitarlo. Y, por lo visto, no fui muy discreta.

Scarlett arqueó una ceja, divertida.

—No vas a disimularlo, ¿eh?

Solté una pequeña risa, algo nerviosa.

—Perdón. Es que… llevaba tiempo pensándolo.

—Lo sé —dijo—. Y créeme, yo también lo he estado valorando. De hecho, Chiara ya está con el proceso. Tenemos algunas candidaturas interesantes y la idea es agilizar el proceso todo lo posible. En cuanto tengamos algo claro, te avisaré.

Asentí, notando cómo algo dentro de mí se aflojaba por primera vez en semanas.

—Cuando empiece —añadió—, necesitaré que seas tú quien le ayude a adaptarse a Starlight. A los procesos, a los autores… un poco todo.

—Claro —dije—. Cuenta conmigo.

Scarlett me observó unos segundos más, como si supiera de manera exacta todo lo que me estaba pasando por la cabeza.

—Sabía que dirías eso —respondió.

Salí de su despacho con una nueva sensación. Alivio. Me sentía aliviada solo de pensar que pronto tendría ayuda.

Ahora que lo pienso… ¿de verdad ha dicho ayudar a adaptarse a Starlight?

¿Y mientras yo estaba ahí sonriendo como si nada?

No es que la idea me pareciera mal. De hecho, necesitaba ayuda.

Pero después de meses yendo al límite, sacándolo todo adelante como podía, la perspectiva de tener que guiar a alguien más —sin saber siquiera cuánta experiencia tenía— me hizo tensar los hombros.

Con todo lo que había costado llegar hasta aquí, lo último que necesitaba era que el equilibrio que había conseguido empezará a tambalearse.

El día transcurrió mientras repasaba en mi cabeza todo lo que había hablado con Scarlett mientras tachaba en mi blog de notas cada tarea que debía afrontar.

Antes de terminar mi jornada, coloqué el pósit de Scarlett junto al teclado, como un recordatorio silencioso de que, a partir de ahora, mi vida laboral estaba a punto de mejorar.

Sentí un pequeño hormigueo de anticipación; la idea de contar con apoyo me daba tranquilidad, pero también un leve vértigo.

Ya casi me había acostumbrado a trabajar sola, aunque eso significara, en muchas ocasiones, no llegar a nada.