El arte de entender el caos PRÓLOGOLena
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El arte de entender el caos

El arte de entender el caos

Por Laura Colet

© inepub.com

PRÓLOGOLena

Abrí los ojos cuando los primeros rayos de luz del día se colaron por la ventana.

Aún no me acostumbraba a eso de vivir sin persianas.

En España siempre me despertaba cuando sonaba la alarma del teléfono, pero esa rutina cambió por completo desde que llegué aquí.

Y a pesar de que dicen que el cuerpo tarda veintiún días en adaptarse a un nuevo hábito, yo sospechaba que el mío necesitaría toda una vida para aprender a dormir con luz.

Lo primero que hice fue consultar el móvil.

Abrí el correo de la editorial, revisé los mensajes pendientes y eché un vistazo rápido al Excel de mis autores.

No es que fuera una obsesa del trabajo, hacerlo antes de salir me ayudaba a poner orden en la cabeza y a sentir que el día no iba a pillarme desprevenida.

Hacía ya meses que arrastraba la mala costumbre de mirar el teléfono nada más abrir los ojos, pero desde que Sam se fue, ese acto se volvió casi una necesidad.

Scarlett, mi jefa, reorganizó los proyectos el mismo día que Sam avisó de su partida de Starlight Publishing, en ese mismo instante, incluso ella misma se asignó algunos de gran peso para repartir el trabajo, pero aun así, me quedé con bastante carga.

Lo mejor de mi trabajo siempre ha sido la suerte que tenía con ella, porque, a decir verdad, confiaba en mí casi desde el primer momento en el que entré.

Sin embargo, atado a esta confianza, estaba el hecho de estar siempre sometida a bastante presión.

Además, no contenta con esto, siempre encontraba un momento para recordarme como de profesional tenía que ser en cada proyecto y cuánto esfuerzo debía poner.

Y eso era, de manera exacta, lo que intentaba en cada jornada laboral, ser profesional.

Sin embargo, con la nueva novela de Noa Sparker, nuestra escritora estrella, iba más liada de lo habitual.

A ver, siendo sincera, hasta entonces ya iba cargada, como casi todo el mundo aquí: manuscritos apilados, plazos que se solapaban e historias que reclamaban atención a la vez.

Pero trabajar con alguien que prometía encabezar de nuevo la lista de los bestsellers no solo añadía trabajo, lo multiplicaba.

Y con él, también crecía la responsabilidad.

Noa llevaba dos años en los primeros puestos de la lista del New York Times . Trabajar con ella significaba dos cosas: La primera, que era una puta pasada, y la segunda, que nada podía fallar. Cada entrega, cada corrección y cada pequeña decisión, tenía que estar a la altura de lo que se esperaba.

Y aunque me esforzaba por mantener todo bajo control, las horas del reloj son las mismas para todo el mundo.

Las últimas semanas, incluso había cambiado pequeños rituales que antes no habría tocado ni por asomo, como encerrarme los viernes en la habitación mientras las chicas hacían maratón de películas románticas.

Claro que, eso no tenía solo que ver con Noa, también tenía que ver con la ligera manía de dejarlo todo lo más listo posible para el día siguiente.

Al salir de la habitación, el silencio entre las paredes del piso, me recordó que las chicas ya se habían ido.

Los lunes Elaia solía empezar el día corriendo en Central Park, o bailando zumba en el gimnasio y Chiara, siempre aprovechaba para recuperar «el tiempo perdido» del fin de semana, así lo llamaba ella.

Durante unos segundos, aquel silencio me permitió un pequeño respiro, solo mío, una pausa breve antes de lanzarme a la ciudad que nunca espera.

Antes de marcharme, me ajusté el bolso al hombro y me detuve frente al espejo viejo del recibidor. Repasé el pelo que se me había escapado durante la noche y dejé caer un suspiro. Los lunes siempre me habían parecido muy lunes.

Bajé las escaleras despacio, dejando que cada peldaño me recordara que debía ponerme en marcha.

Fuera, el aire fresco de Nueva York me rozó la cara, mezclándose con los primeros sonidos de la mañana: coches, pasos apresurados y bocinas que se perdían a lo lejos.

Respiré hondo, dejando que todos esos estímulos se deslizaran por mis sentidos antes de ponerme los auriculares.

Sonreí cuando empezó a sonar What Makes You Beautiful , aquello me dió el chute de energía necesario para afrontar la semana.

Tras caminar unos pasos, giré la esquina de la cuarenta con la sexta y el aroma a café recién hecho de mi cafetería favorita me detuvo.

Fui hasta allí casi en automático y pedí lo de siempre: un café con leche, caramelo y un toque de chocolate blanco.

Lo sostuve entre las manos mientras observaba cómo el mundo empezaba a moverse a mi alrededor.