El Archivo del Monasterio (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo III) CAPÍTULO 23 IDENTIDAD DETRÁS DE LA ÚLTIMA CONSULTA
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CAPÍTULO 23 IDENTIDAD DETRÁS DE LA ÚLTIMA CONSULTA

La última consulta no figuraba a nombre de Julián Rojas.

Eso fue lo primero que Elena Salcedo advirtió cuando recibió la copia completa del registro del archivo.

Hasta entonces habían supuesto que Rojas había sido la última persona interesada en la documentación relacionada con la caja F y con los papeles que habían permanecido en Burgos después de su división. El registro mostraba otra cosa.

Dos días después de su última consulta, alguien había presentado una nueva solicitud.

Elena dejó la ficha sobre la mesa para que Adrián Valcárcel y Martín Arce pudieran verla.

El pedido decía:

“Papeles reservados de Burgos. Relación de piezas procedentes de Santa María. Correspondencia asociada.”

No era una consulta amplia ni una búsqueda exploratoria.

Quien la había redactado parecía saber qué serie quería revisar y qué relación existía entre los documentos.

El nombre consignado era:

Javier Mendizábal.

Ninguno de ellos lo reconoció.

La ficha lo identificaba como investigador independiente y no mencionaba institución alguna. Había proporcionado un número de documento, pero al comprobarlo Elena encontró la primera anomalía.

El número pertenecía a otra persona.

Adrián preguntó si podía tratarse de un error de transcripción.

Era posible, aunque cada nueva comprobación reducía esa posibilidad.

La firma del formulario tampoco coincidía con la del verdadero titular del documento.

A partir de allí ya resultaba difícil atribuirlo todo a una equivocación administrativa, pero Elena evitó adelantarse.

Todavía no sabían quién había utilizado aquella identidad ni por qué.

Lo que sí constaba era que la consulta se había realizado.

El supuesto Mendizábal no pidió la relación de la caja F porque en ese momento ya no estaba disponible para consulta. Solicitó, en cambio:

“Correspondencia asociada a papeles retenidos en Burgos.”

Era prácticamente la misma línea documental que Rojas había empezado a seguir antes de dejar de ser localizado.

La fecha introducía un elemento nuevo.

La consulta había tenido lugar después de la desaparición de Rojas.

Eso no demostraba que ambas circunstancias estuvieran relacionadas. Podía existir otra investigación paralela e independiente.

Pero el nivel de precisión de la solicitud obligaba a preguntarse de dónde había obtenido aquella persona la información.

Martín observó además que el formulario incluía una signatura antigua que ya no figuraba en el catálogo público.

Solo podía conocerla alguien que hubiera trabajado con referencias anteriores o que tuviera acceso a notas tomadas por otra persona.

La posibilidad seguía abierta.

Elena añadió entonces el dato más inquietante.

El supuesto Javier Mendizábal había solicitado expresamente:

“Papel del escribano retenido para copia.”

Clara Montalvo levantó la vista.

Aquella denominación no era fácil de obtener mediante una búsqueda corriente.

Había aparecido en documentos administrativos dispersos y en las reconstrucciones realizadas por ellos.

Rojas también había llegado hasta esa pista.

La solicitud demostraba, como mínimo, conocimiento previo de una terminología que no figuraba de forma visible en el catálogo moderno.

BLOQUE 2

El archivo conservaba una copia del formulario manuscrito.

Martín lo revisó con detenimiento.

La escritura era segura y continua. No había vacilaciones que sugirieran que el solicitante estuviera improvisando nombres o copiando referencias que no comprendía.

Una anotación decía:

“Buscar también relación de traslado fuera de fundación.”

Adrián recordó una frase escrita por Rojas en una de sus solicitudes:

“Si el escribano guardó nota propia, buscar fuera del archivo de la fundación.”

No eran las mismas palabras.

La idea, sin embargo, era muy parecida.

Aquello no demostraba que alguien hubiese copiado las notas de Rojas. Dos investigadores podían alcanzar una conclusión semejante partiendo de los mismos documentos.

Pero reducía todavía más la posibilidad de que la consulta posterior fuese casual.

Elena preguntó quién había atendido al supuesto Mendizábal.

Una auxiliar del archivo recordaba al hombre de forma imprecisa. Lo situaba en una edad media, vestido de manera formal y con suficiente familiaridad con el lenguaje archivístico como para desenvolverse sin dificultad.

No pudo asegurar que fuera el mismo hombre que había visitado a Rojas en la casa de huéspedes.

Cuando le mostraron una imagen extraída de las cámaras, dijo que podía serlo.

Nada más.

La identificación visual seguía siendo insuficiente.

Había, sin embargo, una grabación algo más clara en la entrada del archivo.

Elena consiguió una captura.

Ni Adrián, ni Clara ni Martín reconocieron al hombre.

La ropa parecía coincidir con la del visitante de la casa de huéspedes, aunque tampoco eso bastaba para establecer identidad.

Una segunda imagen permitió comparar el rostro con registros de acceso de otros archivos.

El nombre Javier Mendizábal no apareció.

Sí surgió una coincidencia parcial en una institución privada dedicada a documentación histórica.

Roberto Salcedo Navas.

El apellido no tenía ninguna relación conocida con Elena. La coincidencia nominal carecía de significado por sí misma.

Lo importante era la actividad profesional.

Roberto Salcedo Navas trabajaba como consultor de procedencia documental. Su perfil estaba relacionado con investigación de archivos, reconstrucción de procedencias, herencias documentales y colecciones privadas.

Nada de eso era ilegal ni excepcional.

Al contrario, explicaba por qué una persona así podía comprender signaturas antiguas y moverse con soltura entre fondos históricos.

Todavía no sabían para quién trabajaba.

Tampoco existía en ese momento evidencia que lo relacionara con Julián Velasco o con ninguna otra figura conocida por ellos.

Elena insistió en no llenar ese vacío con asociaciones fáciles.

Poco después recibió otra comprobación.

El número que había llamado a Rojas antes de que su teléfono dejara de emitir no pertenecía personalmente a Roberto Salcedo Navas.

Figuraba a nombre de una asesoría:

Navas Patrimonio y Archivo.

Roberto aparecía entre sus socios.

Eso establecía una conexión objetiva entre él y la línea telefónica.

No demostraba que hubiera realizado la llamada.

Varias personas podían tener acceso al número.

Era necesario averiguar quién lo había utilizado aquel día.

Clara observó que, si aquel hombre realmente había empleado una identidad falsa, no parecía haber tomado demasiadas precauciones para evitar las cámaras.

Elena señaló una explicación posible.

Tal vez no hubiera esperado que existiera una investigación policial posterior.

También podía haber utilizado un nombre distinto simplemente para evitar que el suyo quedara asociado a una consulta determinada.

Ambas posibilidades eran razonables.

Ninguna estaba demostrada.

BLOQUE 3

La identificación terminó de afirmarse por una vía mucho más sencilla.

Una factura.

La asesoría de Navas había pagado semanas antes una reproducción documental cuyo concepto decía:

“Fondos históricos — Valderrama — Burgos.”

Aquello demostraba que la firma ya investigaba documentación relacionada con la familia antes de la desaparición de Rojas.

No sabían si ambos trabajos estaban conectados.

Podía existir un encargo paralelo completamente legítimo.

El cliente figuraba como confidencial y, mientras no existiera una autorización judicial que permitiera acceder a esa información, Elena no podía ir más allá.

Adrián pensó inevitablemente en Julián Velasco por su relación previa con patrimonio y procedencias.

La asociación podía parecer tentadora.

No había prueba.

Y no la introdujeron.

Elena volvió entonces a la ficha de consulta falsa.

El supuesto Mendizábal había permanecido casi tres horas en el archivo.

Durante ese tiempo pidió además una reproducción de cuatro páginas:

“Correspondencia relativa a copia hecha en Burgos.”

Era exactamente la clase de documentación que podía conducir hacia el escribano.

El dato que terminó de resolver la identidad estaba en el pago.

La reproducción no se había abonado en efectivo.

Se utilizó una tarjeta a nombre de:

Roberto Salcedo Navas.

Con las imágenes y el registro de pago, Elena consideró suficientemente establecida la identificación.

Javier Mendizábal era la identidad utilizada por Roberto Salcedo Navas para aquella consulta.

Eso no explicaba todavía por qué había dado un nombre falso.

Tampoco lo convertía en responsable de lo ocurrido con Rojas.

Navas estaba localizado en Madrid y sería citado para dar explicaciones.

El número de teléfono seguía necesitando otra comprobación. La asesoría admitía que pertenecía a la firma y que varios empleados podían utilizarlo, incluido Navas.

Eso estrechaba el campo.

No lo cerraba.

Las cuatro páginas reproducidas durante la consulta llegaron finalmente al equipo.

No contenían el documento central que buscaban.

Eran cartas de seguimiento administrativo.

Una decía:

“El traslado hecho por el escribano quedó fuera de la relación ordinaria.”

Otra añadía:

“La nota del escribano se entregó separadamente.”

Aquello permitía distinguir dos piezas que hasta entonces podían haberse confundido.

Existía el traslado realizado por el escribano.

Y existía además una nota separada vinculada con su intervención.

La cuarta página contenía una referencia marginal:

“Véase carta del escribano sobre lo que conservó.”

Adrián volvió sobre la frase.

Era la primera vez que la palabra carta aparecía vinculada de manera directa con el escribano y con aquello que había quedado fuera del circuito ordinario.

Todavía no sabían si la carta sobrevivía.

No conocían su destinatario ni su contenido.

Pero ahora podían afirmar que había existido una referencia documental a ella.

Elena observó las cuatro páginas.

Navas había llegado hasta esa información antes que ellos.

Había consultado la misma línea documental que Rojas y había empleado para hacerlo una identidad que no era la suya.

También pertenecía a la asesoría titular del número desde el que se produjo la última llamada conocida a Rojas, aunque seguía sin demostrarse quién había utilizado el teléfono.

La distinción era esencial.

La investigación histórica acababa de recibir una nueva dirección.

La policial también obtenía una persona concreta a la que preguntar.

Pero ninguna de las dos permitía todavía afirmar que Roberto Salcedo Navas tuviera relación con la desaparición.

Adrián dejó delante de sí la última referencia:

“Véase carta del escribano sobre lo que conservó.”

Hasta ese momento habían seguido una caja que dejó de existir como unidad, un documento retenido en Burgos y una copia apartada del archivo corriente.

Ahora aparecía una nueva pieza capaz de explicar qué había conservado personalmente el escribano.

La consulta posterior a la desaparición de Rojas ya tenía un nombre verdadero.

Lo que todavía no tenía era una explicación.

Y esa explicación dependía, en buena medida, de saber quién había encargado a Navas investigar los mismos documentos que Rojas estaba siguiendo cuando dejó de aparecer.