CAPÍTULO 22 RASTRO DE UN INVESTIGADOR DESAPARECIDO
Elena Salcedo dejó de considerar a Julián Rojas como un investigador que simplemente había interrumpido sus comunicaciones. La denuncia presentada por su hermana, la falta de contacto durante varios días y la información reunida en Burgos obligaban ya a tratar el caso de otra manera.
Adrián Valcárcel entendió el cambio antes de que Elena terminara de explicarlo.
Hasta entonces, Rojas había sido una figura lateral dentro de la investigación, alguien que parecía haber recorrido poco antes algunos de los mismos archivos y que había formulado preguntas muy próximas a las que ellos empezaban a hacerse.
Ahora existía una persona concreta cuya ubicación se desconocía y cuya última actividad conocida debía reconstruirse con independencia de cualquier interpretación histórica.
—Desde este momento, lo que sepamos de Rojas va por un lado y lo que creemos sobre los documentos va por otro —dijo Elena—. No vamos a decidir que una cosa explica la otra solo porque coincidan en el tiempo.
Martín Arce asintió.
Clara Montalvo no dijo nada. La advertencia era necesaria. Cuanto más sugerente resultaba la coincidencia entre las últimas consultas de Rojas y los papeles que ellos seguían, mayor debía ser el cuidado.
La primera información sólida procedía de la casa de huéspedes donde se alojaba.
Rojas había pasado allí varios días. La habitación era sencilla y estaba en un establecimiento acostumbrado a recibir investigadores, profesores y personas que permanecían en Burgos durante períodos relativamente largos.
La inspección inicial no había encontrado signos de violencia.
Tampoco parecía que Rojas hubiese preparado una salida ordenada.
Parte de su ropa seguía en el armario. Había libros sobre una mesa y varias carpetas con fotocopias. Entre ellas aparecían documentos relacionados con Santa María y algunas referencias a Gonzalo de Villamediana.
No estaba su computadora.
Tampoco el teléfono.
Faltaba además una mochila pequeña que la propietaria del alojamiento recordaba haberle visto utilizar casi todos los días.
Adrián preguntó por la relación de la caja F.
Elena negó.
No estaba entre las carpetas dejadas en la habitación.
La mujer que administraba el alojamiento podía situar aproximadamente la última vez que había visto a Rojas. Había sido al final de la tarde. Salió con la mochila y no explicó adónde iba. Según ella, no parecía nervioso ni había mostrado un comportamiento que le llamara especialmente la atención.
El día anterior, sin embargo, había recibido una visita.
Un hombre había llegado preguntando por él con nombre y apellido.
La descripción era poco útil. Adulto, bien vestido, sin rasgos que permitieran una identificación segura.
No había subido a la habitación.
Rojas bajó y habló con él en una pequeña sala común durante menos de veinte minutos.
Después el visitante se marchó.
Las cámaras de la calle estaban siendo revisadas, aunque por el momento no había una matrícula ni una imagen suficientemente clara.
La propietaria recordaba una frase que Rojas había pronunciado después de aquella conversación.
Le había dicho que el visitante conocía los papeles mejor de lo que esperaba.
Adrián no reaccionó de inmediato.
La frase podía parecer importante, pero no decía qué documentos habían comentado ni qué relación tenía aquel hombre con ellos.
Elena lo señaló enseguida.
No iban a convertir una observación casual en una prueba.
El último registro documental seguro de Rojas era más concreto.
Había consultado la “Relación de papeles apartados y distribuidos después de deshacerse la caja F.”
La consulta terminó poco antes del cierre del archivo.
Rojas firmó la devolución.
A partir de ese momento, el recorrido comenzaba a perder precisión.
Elena dejó sobre la mesa una reproducción del registro de acceso. Martín reconoció la firma porque había aparecido en otras solicitudes.
Rojas había entrado solo.
Todavía estaban comprobando qué podía saberse de su salida.
También constaba que había recibido autorización para fotografiar la relación.
No existía un control que indicara cuántas imágenes tomó.
Con seis folios, podía haber copiado el documento completo en poco tiempo.
Eso significaba que, después de abandonar el archivo, podía seguir trabajando con las fotografías sin necesidad de volver.
Hasta ahí, nada resultaba necesariamente extraño.
La anomalía apareció en otra solicitud presentada aquella misma tarde.
Rojas la había formulado después de consultar la relación, pero no llegó a recibir el material.
El pedido decía:
“Correspondencia relativa al tercer papel retenido en Burgos.”
Adrián volvió a leerlo.
La relación de la caja F había cambiado la dirección de su búsqueda.
Rojas había encontrado algo que lo llevaba nuevamente al documento que no regresó a Santa María.
BLOQUE 2
Martín decidió que debían revisar la descripción histórica de la relación desaparecida.
No necesitaban el documento completo para empezar.
Si Rojas había encontrado allí una referencia concreta, quizá los catálogos antiguos conservaran alguna indicación.
La ficha moderna era escueta: seis folios, letra administrativa, sin encuadernación, procedentes de papeles de fundación.
En el margen aparecía una nota que hasta entonces no habían valorado:
“Incluye destino de los papeles que quedaron en Burgos.”
Clara se acercó.
Aquello explicaba por qué Rojas había pedido inmediatamente correspondencia sobre el tercer papel.
Martín buscó una versión anterior del catálogo.
La descripción era bastante más extensa:
“Relación hecha al deshacerse la caja de Fernando, con señal de los papeles devueltos, de los que quedaron en la fundación y de los que permanecieron en Burgos.”
Ahora podían entender la importancia real de aquella pieza.
No era solamente un inventario posterior.
Era el mapa de la dispersión.
La entrada terminaba con una frase:
“Uno quedó con copia de escribano.”
Clara miró a Martín.
Era difícil no pensar en el tercer documento.
Adrián, sin embargo, mantuvo la cautela.
Todo apuntaba hacia él, pero todavía faltaba una identificación inequívoca.
Elena preguntó qué podía significar exactamente la expresión “con copia de escribano” .
Martín explicó que la construcción admitía más de una lectura. Podía indicar que el papel quedó junto a una copia realizada por un escribano. También podía sugerir que había permanecido con el propio escribano.
La diferencia era enorme.
Y el texto, por sí solo, no permitía resolverla.
Adrián pidió entonces las antiguas signaturas asociadas a aquella relación.
Una de ellas decía:
“Burgos. Papeles reservados. Letra E.”
Clara preguntó si la E podía corresponder a escribano.
Martín respondió que no tenían base suficiente.
Después de haber aprendido cuánto podía cambiar el sentido de una marca archivística, no iban a repetir el mismo error.
Poco después Elena recibió una actualización sobre el teléfono de Rojas.
La última señal conocida se había producido dentro de Burgos durante la noche en que dejaron de localizarlo.
No procedía de la casa de huéspedes.
El punto aproximado estaba cerca de una zona antigua donde históricamente habían existido escribanías y protocolos.
La coincidencia era sugerente.
Seguía siendo una coincidencia.
Había además una llamada entrante poco antes de que el teléfono dejara de emitir.
Duró menos de un minuto y provenía de un número que Rojas no tenía guardado.
La titularidad estaba siendo comprobada.
No sabían quién había realizado efectivamente la llamada.
Elena volvió a fijar el límite.
La cronología policial no debía construirse desde la documentación del siglo XV.
Lo que sí podían hacer era reconstruir qué estaba intentando consultar Rojas cuando salió por última vez.
Martín ordenó las peticiones realizadas durante sus últimas cuarenta y ocho horas de actividad conocida.
Primero había trabajado con expedientes relacionados con Villamediana.
Después pidió la relación de los papeles apartados.
Al terminar esa consulta solicitó documentación referente al tercer papel retenido.
Y, finalmente, preparó otra petición que nunca llegó a completar:
“Correspondencia de escribanos vinculados a memoria de la casa.”
La solicitud tenía una referencia concreta:
“Burgos, escribanías particulares, legajo 18.”
Adrián preguntó si el legajo seguía existiendo.
Sí.
Rojas no había llegado a consultarlo.
Presentó la solicitud demasiado tarde y le indicaron que regresara al día siguiente.
No regresó.
Aquella era la última dirección documental conocida de su investigación.
BLOQUE 3
Las cámaras permitieron reconstruir una parte limitada de sus movimientos.
No existía una cobertura continua de las calles, pero Rojas aparecía en varias imágenes.
Salía caminando de la zona del alojamiento con la mochila.
Iba solo.
Otra cámara lo registraba más adelante, todavía sin compañía.
No se dirigía hacia el archivo.
Avanzaba hacia el casco antiguo.
Nada en las imágenes permitía afirmar que hubiese sido obligado a salir ni que alguien lo siguiera.
En una tercera grabación aparecía detenido junto a la acera.
Miraba el teléfono durante unos segundos.
Después cruzaba la calle y desaparecía del encuadre.
Era la última imagen confirmada que tenían.
La hora coincidía casi exactamente con la llamada procedente del número desconocido.
El dato permitía establecer una secuencia temporal, no una explicación.
Las cámaras también habían registrado al hombre que visitó a Rojas el día anterior.
La imagen era lejana, pero se distinguía que entraba con una carpeta bajo el brazo.
No podían leer ningún texto ni identificar de qué tipo de documentación se trataba.
En otra imagen, al salir, la carpeta ya no era visible con claridad.
Eso tampoco bastaba.
Podía haberla dejado.
Podía llevarla bajo el abrigo.
O la perspectiva podía simplemente ocultarla.
Martín comparó las fechas.
La visita se había producido antes de que Rojas solicitara la relación de la caja F.
Aquello sí tenía valor cronológico.
Un hombre lo había visitado.
Después Rojas había pedido la relación.
Al día siguiente su investigación se orientó hacia el tercer papel y hacia los escribanos.
La secuencia era real.
La relación causal seguía sin probarse.
El avance más importante llegó desde uno de los correos electrónicos de Rojas.
La policía había localizado, dentro de las autorizaciones correspondientes a la investigación, un mensaje profesional enviado pocas horas antes de su desaparición.
No denunciaba amenazas.
No decía sentirse vigilado.
No mencionaba ningún peligro.
Estaba dirigido a un colega.
Elena leyó la parte relevante:
“La caja ya no importa. La relación demuestra que uno de los papeles quedó en Burgos y que su copia pasó por manos de un escribano que dejó otra referencia fuera del circuito de la fundación.”
Martín se quedó mirando la hoja.
El mensaje continuaba:
“Creo que el error ha sido buscar siempre en Santa María.”
Ahí estaba el verdadero cambio de dirección.
Después aparecía una última frase:
“Mañana intentaré confirmar el nombre.”
Rojas no había llegado a realizar la consulta prevista para ese día.
Clara preguntó qué nombre podía estar intentando confirmar.
El del escribano era la posibilidad más lógica.
Pero el mensaje no lo decía.
Elena no quiso ir más lejos.
Hasta ese momento no existía evidencia de amenaza, de secuestro ni de accidente. Tampoco podían afirmar que Rojas se hubiese marchado voluntariamente.
Solo podían establecer que estaba desaparecido y que, antes de dejar de ser localizado, seguía una pista documental muy concreta.
Martín volvió a la referencia del legajo 18.
Rojas quería consultar correspondencia de escribanos.
No llegó a hacerlo.
Adrián pensó entonces en todo lo que habían reconstruido alrededor del tercer papel.
Había salido de Santa María con autorización.
Quedó en Burgos para ser copiado.
El escribano debía conservar una nota de lo trasladado.
Después aparecía una relación que indicaba que uno de los documentos había permanecido allí vinculado a una copia.
Las piezas empezaban a acercarse unas a otras sin necesidad de forzarlas.
Elena recibió una nueva llamada.
Anotó algo antes de cortar.
—Ya sabemos quién figura como titular del número que llamó a Rojas.
Adrián esperó.
—¿Quién?
—Primero hay que comprobar que esa persona haya utilizado realmente la línea.
No había motivo para introducir un nombre antes de verificarlo.
La desaparición de Julián Rojas seguía sin explicación.
Pero su última investigación ya podía reconstruirse con bastante precisión.
Había consultado la relación que describía la dispersión de la caja F.
Después intentó seguir el documento que permaneció en Burgos.
Su siguiente objetivo era la correspondencia de los escribanos.
Y esa consulta quedó pendiente.
Elena volvió a mirar la solicitud:
“Correspondencia de escribanos vinculados a memoria de la casa.”
Ahí estaba el siguiente paso.
No porque permitiera saber todavía qué había ocurrido con Rojas.
Sino porque podía revelar qué identidad estaba intentando confirmar cuando dejó de ser localizado.