BLOQUE 2
La caja contenía cuarenta y siete documentos.
Ninguno llevaba el título que esperaban.
Eso no sorprendió a Sebastián.
Los archivos rara vez conservaban la lógica con la que siglos después alguien intentaba reconstruirlos.
Había correspondencia, recibos y poderes.
También aparecían depósitos, avisos relacionados con ausencias y varias hojas sueltas que no seguían un orden evidente.
Inés había conseguido autorización para revisar todo el conjunto.
Irene comenzó por la materialidad de los papeles.
Sebastián buscó fórmulas semejantes a las que ya conocían.
Mauro se concentró en nombres y fechas.
Nadie necesitó organizar el trabajo.
Después de tantas semanas, cada uno sabía qué mirar.
La primera pista la encontró Mauro.
—Pedro de Grañón.
Era una carta mercantil.
No hablaba del códice.
Había sido escrita después del tránsito documentado por Santo Domingo.
El lugar de redacción decía:
Grañón.
Sebastián levantó la vista.
El apellido de Pedro podía ser toponímico y esa posibilidad ya la conocían.
La carta demostraba algo más concreto.
Pedro estaba en Grañón durante un momento compatible con la continuación de su viaje.
Irene preguntó si mencionaba bienes ajenos.
No.
Solo operaciones comerciales.
Por tanto, la carta servía para seguir a Pedro.
No al volumen.
Mauro miró el mapa.
—Entonces Pedro está en Grañón después de Santo Domingo.
—Pedro, sí.
Mauro aceptó la precisión.
Sabían que el responsable había continuado hacia occidente.
No podían asumir que el códice lo hubiera acompañado en cada desplazamiento comercial.
Había aprendido justamente a no confundir ambos recorridos.
Encontraron otras cartas posteriores.
Pedro aparecía en diferentes lugares.
Ninguna mencionaba el libro.
El hallazgo de Irene fue distinto.
Una hoja suelta mostraba una pauta de almacenamiento compatible con la copia del archivo familiar.
No era el mismo papel, pero ciertas manchas y pliegues sugerían que ambas habían permanecido juntas durante un período prolongado.
No era una prueba absoluta de unidad original.
Sí justificaba leerla con atención.
La hoja comenzaba:
De los bienes que siguen camino después de Santo Domingo...
Sebastián se acercó.
Aquello sí era la relación que buscaban.
Estaba incompleta.
Pero la función resultaba clara.
Las primeras entradas correspondían a otros bienes.
Después aparecía:
volumen emilianense, en poder de P. de Grañón según última razón
Mauro permaneció inmóvil.
—Entonces sigue bajo Pedro.
—Sí.
Eso era importante.
Santo Domingo no había marcado un relevo.
La responsabilidad continuaba en la misma persona.
La línea añadía:
si dejare el camino o mudare de obligación, hágase nuevo asiento.
No identificaba un destino.
Pero más abajo aparecía:
sigue por camino de la Calzada.
Mauro miró a Sebastián.
—¿La Calzada?
Sebastián volvió a leer.
La frase no decía Santo Domingo de la Calzada.
Esa localidad ya había quedado atrás como punto de aviso.
Decía camino de la Calzada.
Necesitaban comprender cómo se utilizaba la expresión.
Inés buscó otras apariciones dentro de la misma caja.
En una carta comercial se leía:
por el camino de la Calzada hacia Belorado.
Otra mencionaba:
mercaderes que pasan por la Calzada.
En otro documento aparecía el nombre completo:
villa de Santo Domingo de la Calzada.
Los usos permitían distinguir localidad y vía.
En algunos textos, la Calzada funcionaba como referencia al corredor.
Irene señaló lo evidente.
—Entonces no podemos interpretar que “sigue por camino de la Calzada” significa que se dirige a Santo Domingo.
—Además —respondió Sebastián— ya había dejado aviso allí.
La expresión significaba que continuaba por el corredor occidental después de Santo Domingo.
Eso encajaba con el itinerario comercial de Pedro y con varios de los expedientes comparativos.
Otra entrada de la misma relación reforzaba la interpretación:
sale de Santo Domingo por camino de la Calzada, aviso siguiente en villa de tránsito.
No nombraba esa villa.
Pero demostraba que Santo Domingo era un punto dentro de un recorrido más extenso.
No un final.
Sebastián comprendió que estaban tocando el límite de lo que podían demostrar en aquel momento.
Habían encontrado el corredor posterior.
Todavía no el próximo punto del códice.
Irene examinó el reverso.
Una adición decía:
Para los libros, cotejar con escribanos del camino.
Sebastián se quedó quieto.
Hasta entonces habían seguido escribanos concretos porque sus nombres aparecían asociados a documentos determinados.
Alonso de Heredia.
Juan de Varea.
Pedro Salvatierra.
Diego de Cañas.
Ninguno pertenecía a un grupo.
Todos ejercían su oficio dentro de contextos ordinarios.
La nueva frase explicaba por qué terminarían apareciendo sucesivamente a lo largo del recorrido.
Si un bien debía dejar constancia mientras avanzaba, era lógico que una reconstrucción posterior siguiera las escrituras de profesionales situados en distintos puntos del camino.
No había una hermandad de escribanos.
Había una sucesión documental producida por personas que ejercían el mismo oficio en lugares diferentes.
Mauro preguntó:
—¿Entonces después tendremos que seguir a esos escribanos?
—Cuando tengamos un punto que justifique hacerlo.
Sebastián no quería adelantar la siguiente etapa.
Por ahora tenían algo suficientemente importante.
Pedro de Grañón continuaba respondiendo.
Santo Domingo había sido un lugar de aviso.
El volumen seguía por el camino de la Calzada.
Y una anotación indicaba dónde buscar futuras constancias:
cotejar con escribanos del camino.
Mientras trabajaban, Mauro recibió otra comunicación.
La Fundación Velasco había aportado voluntariamente la identidad del intermediario que había ofrecido los dos documentos detectados anteriormente.
Una de las piezas procedía de una colección adquirida a través de Roldán.
La otra había llegado por una herencia sin relación demostrada con Valdeterra.
La fundación no había comprado ninguna.
Leandro Velasco seguía colaborando.
No había motivo para convertir ese comportamiento en algo distinto de lo que era.
La cuestión histórica seguía sobre la mesa.
Pedro.
Santo Domingo.
La continuación occidental.
Y una obligación todavía abierta.