CAPÍTULO 30 Cuando las rutas empezaron a repetirse
BLOQUE 1
Sebastián quitó los nombres.
Después eliminó las fechas.
Por último dejó fuera cualquier dato que pudiera llevarlos a pensar primero en las personas y solo después en los movimientos.
Sobre la mesa quedaron recorridos.
Nada más.
Un libro salía de una casa religiosa y pasaba a una persona que asumía la responsabilidad. Durante el desplazamiento quedaba alguna constancia y, si aquella persona ya no podía continuar, se formalizaba un relevo. En algunos casos el volumen regresaba y la obligación se cerraba.
Otro libro comenzaba dentro de una familia, quedaba fuera debido a una disputa y pasaba temporalmente por una casa conocida antes de llegar a una villa donde se documentaba un cambio de responsable. Años después volvía.
Un tercero había sido retirado por problemas de humedad y atravesaba varias localidades antes de regresar.
Dentro del grupo mejor documentado, el Códice de San Millán era el único cuya obligación continuaba abierta.
Mauro estudió la tabla.
—Ahora parecen casi iguales.
Sebastián negó.
—Parecidos.
—Siempre encontrás una palabra menos cómoda.
—Porque no son iguales.
Irene estaba de acuerdo.
Las causas de salida cambiaban.
También las fechas y las personas.
Pero cuando desaparecían los nombres propios, ciertas secuencias resultaban mucho más visibles.
Había una salida inicial.
Después podían aparecer avisos o depósitos temporales.
En algunos casos llegaba un relevo y más tarde una nueva noticia.
El expediente terminaba con una devolución o quedaba abierto.
Aquella forma general se repetía demasiadas veces para ignorarla.
Inés Montalbán colocó otra hoja sobre la mesa.
—Ahora miren los lugares.
Sebastián había pedido separar los recorridos según orientación.
No quería construir una única ruta mezclando desplazamientos que en realidad pertenecían a direcciones distintas.
Los casos orientados hacia Logroño formaban un grupo.
Otros apenas se alejaban del entorno inmediato de Nájera.
Después estaba el conjunto occidental.
Ahí las coincidencias resultaban más interesantes.
Nájera aparecía como punto inicial en varios casos.
Azofra surgía después en algunos de ellos.
Alesanco se repetía con mayor fuerza.
A partir de allí comenzaban las variaciones.
Un libro regresaba.
Otro continuaba hacia una villa diferente.
En otro expediente quedaba una copia en una casa religiosa antes de que el responsable siguiera viaje.
El códice avanzaba por el camino de los peregrinos.
Mauro preguntó:
—¿Cuántos comparten Nájera, Azofra y Alesanco?
—Tres con seguridad.
—¿Y después?
—Dos continúan hacia poniente. El tercero regresa.
Mauro señaló el mapa.
—Entonces esos lugares funcionan en los dos sentidos.
—Exactamente.
Eso era importante.
Si hubieran sido estaciones creadas para ocultar manuscritos, habría sido lógico esperar un recorrido mucho más rígido.
Los documentos mostraban otra cosa.
Los mismos puntos servían para viajes de ida y también para retornos.
A veces allí se formalizaban relevos.
En otras ocasiones solo quedaba un aviso.
Funcionaban porque eran útiles, no porque pertenecieran a una estructura reservada.
Irene superpuso varias reproducciones.
En una aparecía:
aviso asentado
Otra decía:
cotejado
Y una tercera:
recibida noticia
Eran manos distintas y pertenecían a momentos diferentes.
La función era semejante.
Irene señaló Alesanco.
—No se repite solamente como lugar de paso. Se repite como sitio donde queda constancia.
Sebastián asintió.
Eso tenía más valor que una simple coincidencia geográfica.
Muchísimas personas podían atravesar una villa.
Lo significativo era encontrar allí, una y otra vez, documentación relacionada con bienes que estaban fuera de su lugar habitual.
Inés revisó los escribanos activos.
Diego de Cañas aparecía con frecuencia, pero no era el único.
Sebastián consideró aquello una buena señal.
El funcionamiento del punto no dependía de una sola persona extraordinaria.
Dependía de que en aquella localidad existiera capacidad para dejar constancia.
Si un escribano dejaba de ejercer, otro podía realizar funciones semejantes.
Mauro resumió:
—Entonces no seguimos nombres.
Sebastián escribió una expresión en la hoja:
capacidad documental
Una villa podía volverse recurrente porque allí coincidían actividad, tránsito y personas capaces de certificar actos o conservar noticias.
Eso explicaba la repetición mejor que cualquier teoría sobre estaciones de manuscritos.
Irene sacó otro expediente.
Era un libro retirado durante unas obras muchos años después del códice.
No compartía responsables con él.
Sin embargo, coincidía en varios puntos de aviso y en una casa religiosa utilizada para conservar una copia.
Irene dijo:
—Esto ya no parece casualidad pura.
Sebastián tardó antes de responder.
—No.
Era la primera vez que lo admitía sin añadir una reserva inmediata.
La repetición existía.
Lo que todavía necesitaban determinar era qué significaba exactamente.
No demostraba una ruta institucional.
Tampoco un itinerario que todos debieran seguir.
Demostraba que determinados corredores eran utilizados una y otra vez para trasladar bienes bajo responsabilidad.
Mauro se levantó.
—Entonces ya podemos hablar de rutas.
Sebastián lo corrigió.
—De recorridos recurrentes.
Mauro negó con la cabeza.
Irene sonrió.
Pero la precisión seguía siendo importante.
Una ruta fija habría implicado estabilidad de trayecto.
Ellos encontraban familias de movimientos con puntos comunes y variaciones.
Eso bastaba.