BLOQUE 3
Pedro de Grañón hizo algo que permitió comprender mejor la dispersión de los papeles.
Multiplicó las copias.
La escritura de recepción establecía:
el testimonio principal quedará con el responsable y una copia se remitirá a Nájera; otra se dejará donde se hizo el relevo.
Irene volvió entonces a documentos que les habían parecido desordenados.
Algunas copias utilizaban papeles diferentes.
Los pliegues mostraban trayectorias archivísticas independientes y las tintas tampoco coincidían siempre.
Ahora aquello tenía sentido.
En ese relevo concreto, la documentación había sido multiplicada de manera deliberada.
La existencia de varias copias aumentaba la posibilidad de que al menos una sobreviviera.
Era exactamente lo que había ocurrido siglos después.
El expediente original podía haberse perdido y, sin embargo, las versiones conservadas en otros lugares permitían reconstruir parte del acto.
Mauro dijo:
—Entonces el movimiento del libro genera más documentación.
—Puede generarla —corrigió Sebastián—. No podemos afirmar que ocurriera igual en todos los casos.
En éste sí.
Cada cambio importante dejaba rastros en más de un lugar y, con el paso del tiempo, esos documentos seguían historias distintas.
Unos quedaban en archivos familiares.
Otros permanecían en fondos notariales o religiosos.
Después podían ser separados, reorganizados o vendidos.
La multiplicación inicial explicaba tanto la dispersión actual como la posibilidad de reconstrucción.
Inés encontró una nota atribuida a Pedro:
si hubiere de salir más adelante, no lo hará sin nueva razón.
La palabra salir era ambigua.
No podían saber si se refería a abandonar una casa, una localidad o un ámbito más amplio.
Una segunda copia aclaraba:
si prosigue hacia villas de camino.
Mauro miró el mapa.
La idea de un corredor empezaba a adquirir mayor consistencia.
Todavía no era una ruta exclusiva.
Seguía siendo un espacio donde distintos responsables podían moverse utilizando caminos ordinarios.
Meses después, Pedro aparece en otro documento:
dio aviso de hallarse en tránsito y conservar consigo el volumen.
La constancia estaba fechada en Alesanco.
Irene sonrió.
—Otra vez Alesanco.
Esta vez Sebastián aceptó que la repetición tenía importancia.
Baltasar había dejado constancia allí.
Pedro, su sucesor, aparecía después en el mismo lugar con el volumen.
Eso convertía Alesanco en un punto recurrente dentro de la documentación.
Todavía no sabían por qué.
Podía deberse a la presencia de un escribano utilizado por viajeros o simplemente a que la localidad ocupaba una posición práctica en los desplazamientos.
Inés buscó quién autorizaba documentos allí durante ese período.
Un nombre aparecía repetidamente:
Diego de Cañas.
Sebastián preguntó si existía relación familiar con Rodrigo de Cañas.
No había ninguna prueba.
No iban a crear parentescos a partir de un apellido.
Diego era escribano y documentaba numerosas operaciones relacionadas con personas que estaban de paso.
Eso podía explicar parte de la visibilidad de Alesanco.
Irene dijo:
—Quizá el lugar aparece porque está bien situado y porque hay alguien capaz de documentar lo que ocurre.
Sebastián estuvo de acuerdo.
Ambas cosas podían ser ciertas.
Además, debían recordar un sesgo importante.
Un lugar con mucha documentación conservada podía parecer más transitado de lo que realmente había sido.
Sebastián escribió junto al mapa:
más documentación no equivale necesariamente a mayor circulación.
Mauro se rio.
—Vas a terminar cubriendo el mapa de advertencias.
—Es mejor eso que cubrirlo de certezas que no tenemos.
Una última constancia de Pedro apareció en una copia conservada fuera de Nájera:
Por deber continuar más adelante, buscará persona suficiente antes de alejarse de los lugares donde consta la obligación.
Irene la leyó con atención.
Coincidía con el modelo de Salvatierra sin necesidad de ser idéntica.
Pedro sabía que no era prudente avanzar indefinidamente con un bien ajeno mientras la documentación que justificaba la responsabilidad quedaba demasiado lejos.
Antes de alejarse debía encontrar a alguien capaz de asumir el relevo.
Mauro miró el mapa.
—Entonces los cambios de responsable deberían aparecer con más frecuencia en determinados lugares.
Sebastián levantó la vista.
Ésa era una hipótesis útil.
No necesitaban buscar una línea misteriosa.
Debían identificar lugares donde una persona en tránsito pudiera detenerse y donde, además, fuera posible documentar un relevo o conservar una constancia de lo ocurrido.
Si esos puntos reaparecían en casos diferentes, entonces podrían empezar a hablar de un patrón.
Irene volvió a los otros libros que ya habían estudiado.
Algunos habían salido por deterioro material.
Otros se habían desplazado durante obras o por problemas familiares.
Los cambios de responsabilidad tampoco parecían producirse en cualquier sitio.
Con frecuencia aparecían localidades donde existían escribanos activos o instituciones capaces de conservar documentos.
La hipótesis comenzaba a sostenerse.
Mauro recibió entonces un mensaje de la librería madrileña.
Las dos piezas que estaban en consignación permanecerían voluntariamente inmovilizadas hasta que se aclarara su titularidad.
Además, el consignante había identificado al propietario.
No era Fontalba.
Tampoco Roldán.
Se trataba de un heredero de otra rama vinculada al mismo archivo.
La investigación contemporánea seguía mostrando una dispersión formada por personas con posiciones distintas, no por una única voluntad coordinada.
Sebastián volvió a Pedro de Grañón.
El nuevo nombre era importante.
Pero no era lo más importante que habían encontrado.
La verdadera revelación era el mecanismo.
Cada responsable recibía el volumen acompañado por una obligación que debía poder transmitir de manera documentada cuando ya no pudiera continuar.
La cadena no existía porque una serie de personas hubiera sido elegida desde el principio.
Existía porque cada una tenía que dejar suficientemente claro quién respondía después.
Mientras esa práctica continuara, el libro podía pasar de unas manos a otras sin convertirse por ello en propiedad de quien lo llevaba.
No hacía falta una organización.
Bastaba con que nadie soltara el volumen sin dejar constancia de la persona que asumía la responsabilidad siguiente.