CAPÍTULO 17 Inventarios de una colección dispersa
BLOQUE 1
La hija de Adrián Cifuentes no conservaba la colección.
Conservaba lo que había quedado de ella.
Mauro entendió la diferencia apenas entró en el despacho donde Clara Cifuentes había reunido las cajas de su padre. Tenía poco más de cuarenta años, era arquitecta y nunca había trabajado con manuscritos históricos.
Había aceptado recibirlos después de una conversación breve.
—No sé qué esperan encontrar —dijo—. Mi padre vendió documentos antes de morir.
—¿Muchos?
—No lo sé.
—¿Sabés a quién?
Clara negó.
Sebastián estaba junto a Mauro. Irene también había querido participar porque, si encontraban fotografías o copias de las piezas numeradas, podría comparar aspectos materiales que resultaban difíciles de valorar desde simples descripciones.
Clara señaló seis cajas.
—Esto es lo que quedó.
El despacho no tenía nada extraordinario. Las estanterías estaban parcialmente vacías y algunos espacios todavía mostraban dónde habían estado las carpetas que Adrián había retirado o vendido con el tiempo.
Sebastián preguntó si podían revisar el contenido.
Clara accedió.
—¿Tu padre llevaba algún inventario?
—Sí. Eso sí lo conservé.
Sacó una carpeta azul dividida mediante pestañas.
Mauro no quiso entusiasmarse antes de verla. Un inventario privado podía ser apenas una relación de compras sin utilidad documental.
No era el caso.
Cifuentes había separado lo adquirido de aquello que solo había conseguido localizar. También distinguía las piezas fotografiadas de las que seguían sin aparecer y reservaba otra sección para documentos que había descartado después de examinarlos.
Irene miró a Sebastián.
—Trabajaba con método.
Clara asintió.
—Era muy obsesivo con estas cosas.
Lo dijo sin ironía ni admiración. Parecía la descripción de una costumbre que había acompañado a su padre durante años.
Mauro abrió la primera sección.
Cifuentes utilizaba una numeración propia, distinta de la antigua del paquete de Valdeterra. Sin embargo, una columna identificaba el Núm. antiguo conocido.
Allí aparecían el cuatro y el cinco. Más adelante figuraban el seis, el siete, el nueve y el once.
Eran las mismas piezas que Valdemora había intentado localizar.
—Éste debía de ser su registro de búsqueda —dijo Mauro.
Clara no podía confirmarlo, pero las observaciones lo hacían evidente.
Junto al número cuatro había escrito:
Larraz. Vista en fotografía. No adquirida.
Sobre la cinco constaba que había salido al extranjero y que faltaba confirmar su localización.
La seis llevaba una advertencia:
Oferta Madrid. Propietario no acreditado. No comprar.
La siete seguía identificada con Echevarne y Cifuentes anotaba que quería examinarla directamente.
La nueve aparecía como adquirida.
Sobre la once era mucho más prudente:
Copia probable. Adquirida con reserva.
Irene levantó la vista.
—Entonces no compraba todo lo que encontraba.
—No —respondió Mauro.
La hoja seis lo demostraba.
Cifuentes había rechazado adquirirla porque no podía reconstruir con suficiente seguridad la titularidad moderna. La imagen que ellos habían podido formarse de él cambiaba.
No era un coleccionista decidido a concentrar piezas a cualquier precio.
Compraba cuando consideraba que necesitaba el original para estudiar y, aun entonces, parecía preocupado por su procedencia.
Sebastián encontró una nota manuscrita junto a la pieza seis:
Si no puede reconstruirse la procedencia moderna, no sirve como prueba.
Se detuvo.
—Esto es importante.
La lógica era rigurosa.
Un documento podía ser auténtico y, al mismo tiempo, resultar insuficiente para sostener una reconstrucción histórica si nadie podía explicar cómo había llegado hasta el presente.
Mauro pasó a la pieza nueve.
La ficha conservaba fecha de adquisición, datos del vendedor y factura. La procedencia comercial se limitaba a:
Colección privada riojana.
Cifuentes había añadido:
Descripción insuficiente. Probable origen Valdeterra. Demostrar antes de citar.
Sebastián sonrió.
—Pensaba bastante como Riaño.
Mauro lo miró.
—También como vos.
Sebastián siguió leyendo.
La ficha de la hoja once resultaba todavía más cautelosa:
Probable copia del siglo XVIII o XIX de relación anterior. No utilizar para fijar cadena sin original o fuente independiente.
No era un hallazgo espectacular.
Justamente por eso adquiría valor.
Cifuentes había dejado por escrito dónde terminaba la evidencia y dónde comenzaba su interpretación.
Irene preguntó si Clara conservaba los originales.
La nueve estaba allí.
La once también.
Las encontraron dentro de una caja de conservación.
Irene se colocó los guantes y empezó por la hoja nueve. La numeración se veía claramente en el margen inferior.
Comparó perforaciones y plegado con las imágenes de las piezas cuatro y seis.
—El sistema de perforación coincide.
Sebastián preguntó por el papel.
—Es compatible. Para afirmar algo sobre una misma resma necesitaría otra clase de examen, pero el formato encaja.
La hoja pertenecía al conjunto con un grado de seguridad muy alto.
Sebastián empezó a leer.
Martín de Nalda aparecía dentro de varios relevos.
Después encontraba una abreviatura:
P. S.
Más abajo:
continúa con testimonio anterior
La información no alcanzaba para identificar al siguiente responsable.
Pero el documento contenía algo todavía más interesante.
En una columna lateral se registraban otros libros sometidos a guarda durante el mismo período.
Uno ya había sido devuelto.
Otro había pasado temporalmente por un convento.
Sobre un tercer volumen figuraba:
sacado por riesgo de humedad en casa de origen
Sebastián volvió sobre la frase.
Mauro lo miró.
—¿Qué encontraste?
—Una causa concreta.
No una gran crisis.
Un problema material.
La humedad había obligado a trasladar un libro.
Aquello confirmaba algo que venían sospechando desde hacía tiempo.
Los bienes podían salir de sus lugares por razones muy diferentes y no existía un acontecimiento único capaz de explicar todos los movimientos.
A veces bastaba una reforma o la ausencia de quien respondía.
En otros casos el riesgo era simplemente físico.
Irene volvió a la hoja.
—¿Cifuentes ya sabía que esta columna era importante para el códice?
La respuesta estaba en el inventario:
El nº 9 conserva la columna que demuestra que las relaciones numeradas no seguían un único manuscrito. Registraban varios bienes bajo guarda.
Sebastián permaneció inmóvil.
Aquello cambiaba la naturaleza del paquete.
Las hojas numeradas no habían sido creadas exclusivamente para seguir al Códice de San Millán.
Registraban una situación más amplia.
El volumen emilianense reaparecía una y otra vez porque su obligación se prolongaba. Otros libros ingresaban en aquellas relaciones y después dejaban de figurar cuando regresaban o su situación quedaba cerrada.
Irene dijo:
—Entonces el códice no era la razón por la que existía el paquete.
—No —respondió Sebastián—. Seguía apareciendo porque su situación nunca terminaba.
La diferencia era enorme.
El manuscrito no necesitaba haber recibido un tratamiento extraordinario desde el comienzo.
Podía haberse vuelto excepcional simplemente porque permaneció fuera cuando los demás ya habían regresado.
Clara los observaba desde la otra punta del escritorio.
—Mi padre decía algo parecido.
Sebastián levantó la vista.
—¿Qué decía?
—Que todos querían pensar que ese libro había sido especial desde el principio. Él creía que quizá terminó siendo especial porque fue el que no volvió.
Nadie respondió enseguida.
La frase era sencilla.
Y encajaba demasiado bien con lo que acababan de leer.