BLOQUE 3
La repetición más engañosa terminó siendo la de un comprador.
Mauro tardó varias horas en advertirlo porque el nombre aparecía escrito de maneras diferentes.
En una factura figuraba:
Colecciones Arce.
En otra:
C. Arce Patrimonio.
Una casa de subastas había registrado:
comprador privado — C. A.
Y Roldán tenía una nota interna:
reservado para Arce
Las referencias correspondían a varias piezas riojanas. Algunas guardaban relación directa con la serie numerada y otra trataba documentación vinculada con Martín de Nalda.
Mauro pidió a Inés Arbizu que identificara al comprador.
La respuesta llegó esa misma mañana.
Claudio Arce Ferrer.
Tenía alrededor de setenta años y residía principalmente en Madrid. Era conocido dentro de un círculo reducido de coleccionistas de documentación castellana y riojana.
No tenía antecedentes relevantes para la investigación.
Había prestado piezas para exposiciones y años atrás había realizado un catálogo privado de parte de su colección.
Irene preguntó:
—¿Puede ser A. C.?
—Las iniciales no coinciden en el mismo orden.
La posibilidad era débil.
Sebastián quiso saber si compraba para sí.
Todo indicaba que sí.
En una de las adquisiciones aparecían además honorarios pagados a Estudios Patrimoniales del Norte.
Eso confirmaba que Valdemora había trabajado para Claudio Arce al menos una vez.
Mauro lo llamó.
Valdemora reconoció la relación profesional, pero negó que Arce fuera el cliente que intentaba reconstruir el paquete completo.
—¿Entonces no es A. C.? —preguntó Mauro.
—No.
Aquello eliminó una falsa pista.
Valdemora explicó que Arce compraba por tema. Le interesaban especialmente documentos relacionados con depósitos, historia notarial y transmisiones patrimoniales.
No perseguía una serie numerada.
La distinción importaba.
Los mismos nombres podían aparecer repetidamente porque sus intereses profesionales o de colección también se repetían.
Mauro empezó a reorganizar la tabla.
Separó a los intermediarios de quienes investigaban por encargo y distinguió a los compradores temáticos de quienes parecían buscar piezas concretas de una serie. También dejó aparte las operaciones ocasionales que podían no significar nada.
La imagen empezó a ordenarse.
Entonces encontró un mensaje que hasta ese momento había pasado inadvertido.
Una consulta sobre la hoja cinco no había sido enviada por Valdemora.
El remitente era:
Adrián Cifuentes.
Mauro se quedó inmóvil.
A. C.
El nombre aparecía dentro de una cadena reenviada y por eso no lo había visto antes.
Ya no era una sigla comercial.
Tampoco la sociedad que habían encontrado.
Era una persona.
Mauro buscó información sobre él.
Adrián Cifuentes había trabajado como historiador independiente y consultor de colecciones privadas. Durante años había colaborado en catalogaciones de archivos familiares y tenía algunas publicaciones especializadas, aunque nunca había alcanzado una notoriedad significativa.
Sebastián leyó la ficha.
—¿Es nuestro cliente?
—Puede ser.
—Necesitamos confirmarlo.
Mauro volvió a llamar a Valdemora.
Esta vez el silencio fue largo.
—¿Adrián Cifuentes?
—Sí.
—¿Es A. C.?
—Sí.
Por primera vez tenían confirmación directa.
—¿Era el cliente que buscaba el paquete de Valdeterra?
—Sí.
La figura que hasta entonces había sido apenas una inicial empezaba a adquirir forma.
No era un gran coleccionista ni el representante visible de una fundación.
Era un investigador profesional.
Mauro preguntó si Cifuentes compraba las piezas para sí.
—A veces.
—¿Y otras veces?
—Para terceros.
Valdemora no quiso identificar a esas personas.
Mauro respondió que necesitaba hablar con Cifuentes.
La pausa siguiente tuvo otro significado.
—No va a poder.
—¿Por qué?
—Murió hace ocho meses.
Mauro permaneció callado.
No permitió que la información se transformara en una insinuación.
Preguntó directamente por la causa.
Cáncer.
Una enfermedad conocida desde hacía tiempo.
Eso cerraba cualquier construcción innecesaria.
Adrián Cifuentes no era otra víctima relacionada con el caso.
Era un investigador que había muerto después de años de trabajo.
Mauro preguntó qué había ocurrido con su archivo personal.
Valdemora no lo sabía con certeza.
Cifuentes tenía una hija.
Parte de su colección podía haberse vendido y otra seguir conservada.
Aquello añadía una ironía incómoda.
Un hombre había dedicado años a reconstruir documentación dispersa y, después de su muerte, sus propios papeles podían haber empezado a dispersarse.
Mauro quiso saber si Álvaro Riaño lo conocía.
Sí.
Habían intercambiado mensajes varias veces.
No habían trabajado exactamente juntos, aunque tampoco podían considerarse competidores.
Valdemora lo explicó de otro modo:
—Buscaban lo mismo desde lugares distintos.
La frase tenía sentido.
Riaño quería ver las piezas y contrastarlas.
Cifuentes, además, intentaba reunir algunas mediante compra.
Dos métodos distintos frente a la misma pregunta histórica.
Valdemora confirmó que Cifuentes había poseído con seguridad al menos dos documentos relacionados con el paquete.
La hoja nueve.
Y otra pieza que podía corresponder al número once, aunque existían dudas sobre si era original o copia.
Su ubicación actual era desconocida.
La investigación acababa de incorporar un archivo perdido, pero no uno antiguo.
El archivo personal de Adrián Cifuentes.
Mauro regresó esa tarde junto a Sebastián e Irene.
Escribió el nombre debajo de la tabla y resumió lo demostrado: Cifuentes había investigado la serie, había sido cliente de Valdemora y mantenido contacto con Álvaro Riaño. Además, había poseído al menos dos piezas.
Irene observó las columnas durante unos segundos.
—Entonces los nombres repetidos no pertenecían a un mismo grupo.
—No.
—Se cruzaban porque todos trabajaban alrededor del mismo mercado.
—Exactamente.
Ésa era la conclusión más importante.
No había evidencia de una organización contemporánea dedicada a perseguir el códice.
Había un mercado pequeño donde investigadores, comerciantes y coleccionistas podían encontrarse muchas veces porque la documentación circulaba entre pocos especialistas.
La proximidad producía repetición.
No necesariamente complicidad.
Irene preguntó para quién compraba Cifuentes cuando no lo hacía para sí.
Mauro todavía no tenía respuesta.
Sebastián volvió a la tabla.
—Primero encontremos su archivo.
Allí podían quedar fotografías tomadas antes de la dispersión y anotaciones sobre hojas aún no localizadas. También podían sobrevivir los intercambios con Álvaro Riaño o referencias de procedencia que el mercado había ido simplificando con el tiempo.
Mauro volvió a mirar los nombres.
Había comenzado aquella revisión pensando que las coincidencias podían revelar una estructura oculta.
Terminaba entendiendo algo más difícil.
Todos se movían dentro de un universo reducido.
Una pieza podía salir de una familia y pasar por manos comerciales antes de llegar a un coleccionista. Años después podía terminar fotografiada por un investigador que jamás había tenido el original.
La repetición no demostraba coordinación.
Demostraba proximidad.
Y dentro de esa proximidad podían convivir errores completamente inocentes con decisiones que necesitaban explicación.
La tarea de Mauro era distinguir unas de otras.
Ahora tenía un nombre concreto para seguir.
Adrián Cifuentes.
Y si su archivo todavía existía, quizá conservara una reconstrucción que había empezado mucho antes de que ellos supieran siquiera qué estaban buscando.