El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 3
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Sergio Valdemora aceptó hablar.

No pareció sorprendido por la llamada de Mauro y tampoco reaccionó con inquietud. Propuso encontrarse en una cafetería próxima a la estación de Logroño.

Mauro fue solo.

No necesitaba transformar una conversación profesional en un interrogatorio aparatoso.

Valdemora tenía poco más de cincuenta años, cabello gris muy corto y una presencia discreta. Llegó con una carpeta de cuero gastada y habló antes incluso de sentarse.

—Supongo que quiere preguntarme por Valdeterra.

Mauro esperó.

—¿Por qué lo supone?

—Porque Echevarne me escribió hace unos días para preguntarme si recordaba unas consultas antiguas.

Eso explicaba una parte.

—¿Qué buscaba usted?

—Documentación dispersa.

—Necesito algo más concreto que eso.

Mauro colocó sobre la mesa una reproducción de la hoja siete.

—¿Por qué preguntó por su numeración?

Valdemora apenas miró la fotografía antes de responder.

—Porque sabía que pertenecía a una relación dividida.

Mauro no esperaba una admisión tan directa.

—¿Cómo lo sabía?

—Por una fotografía antigua.

—¿De dónde salió?

—De un archivo privado.

—¿De quién?

Valdemora negó.

—No puedo revelar la identidad de mis clientes.

Mauro cambió la pregunta.

—¿Fue uno de esos clientes quien le encargó localizar las hojas?

—Sí.

—¿Qué quería hacer con ellas?

—Reunirlas, si era posible.

La compra era una de las vías, aunque no necesariamente la única.

Cuando Mauro preguntó por el motivo, Valdemora explicó que el conjunto tenía valor histórico porque permitía reconstruir la procedencia de varios manuscritos riojanos.

—¿Incluido el Códice de San Millán?

Valdemora no fingió sorpresa.

—Sí.

El silencio se prolongó unos segundos.

—¿Desde cuándo lo sabe?

—Hace años.

—¿Quién se lo dijo?

—Mi cliente.

—Necesito un nombre.

—No puedo dárselo.

Mauro siguió.

—¿Su cliente compró piezas?

—Algunas.

Valdemora admitió haber intermediado en varias operaciones. No quiso precisar cuántas y tampoco aseguró que todas hubieran sido realizadas para una misma persona, aunque reconoció que había trabajado principalmente para un cliente en aquella búsqueda.

Mauro probó directamente:

—¿A. C.?

Por primera vez, Valdemora lo miró con verdadera atención.

No respondió.

Mauro no convirtió aquel silencio en una prueba.

—¿Sabe que algunas piezas podían proceder de documentación sujeta a una condición de indivisión?

—No.

—¿Vio alguna vez la faja que decía “no dividir”?

—No.

—La fotografía antigua que utilizaba su cliente, ¿mostraba el paquete todavía unido?

—Sí.

—¿Se veía la faja?

Valdemora dudó.

—No lo recuerdo.

Mauro registró la vacilación sin interpretarla. Podía ser cautela o una simple falla de memoria.

—Necesito esa fotografía.

—Tengo que pedir autorización.

—Pídala.

Valdemora cerró la carpeta.

—¿Existe una investigación penal?

—Existe una investigación patrimonial sobre determinadas procedencias.

—Eso no responde del todo.

—Responde lo necesario.

El hombre permaneció callado unos segundos. Después volvió a abrir la carpeta y sacó una hoja impresa.

Era una tabla numerada del uno al doce.

Había varias cifras marcadas.

Mauro las reconoció de inmediato.

El cuatro, el cinco y el seis figuraban confirmados, igual que el siete. También estaban señalados el nueve y el once.

—¿Qué significa?

—Es mi registro de localización.

Las marcas no indicaban necesariamente piezas adquiridas. Algunas habían sido vistas; otras, confirmadas mediante fotografías o catálogos.

La seis estaba en Madrid.

La cuatro, según Valdemora, en una colección particular.

Mauro nombró a Larraz y obtuvo una confirmación después de una breve pausa.

La siete seguía vinculada con Echevarne.

La cinco había sido vendida fuera de España.

—¿Dónde?

—Francia.

Valdemora no sabía quién la tenía actualmente. Afirmó haber confirmado únicamente la operación mediante un catálogo antiguo.

Mauro anotó el dato sin adelantarse. Si la pieza había salido del país, habría que revisar cuándo ocurrió y qué requisitos correspondían en ese momento. No iban a convertir una venta internacional en una irregularidad sin documentación.

La nueve, según Valdemora, había aparecido en una colección familiar cuyo nombre no estaba autorizado a revelar.

La once resultaba más dudosa porque podía tratarse de una copia.

Las restantes seguían sin localizarse.

Mauro señaló la numeración.

—¿Todo esto procede de la fotografía?

—Sí.

—Entonces su cliente tenía una imagen tomada cuando el paquete todavía estaba reunido.

—Correcto.

—¿Cómo llegó a sus manos?

—No lo sé.

—¿Nunca preguntó?

—No era parte de mi trabajo.

La respuesta era frustrante, pero plausible.

Una fotografía anterior a la dispersión podía haber llegado desde muchos lugares: una familia vinculada al archivo, alguien que hubiera intervenido en una tasación o un investigador que hubiese tenido acceso años atrás. No había nada delictivo en poseerla.

Sí demostraba que el interés por el conjunto era anterior a la investigación actual.

Mauro preguntó si el cliente había intentado localizar también el códice.

Valdemora negó.

—Nunca me encargó buscar el manuscrito. Solo quería documentación.

—¿Para reconstruir el recorrido?

—Sí.

Era la misma tarea que Sebastián realizaba desde los archivos, aunque aquel cliente había recurrido también a adquisiciones.

Mauro quiso saber si existía intención de publicar los resultados o formular alguna reclamación patrimonial. Valdemora no conocía ningún proyecto semejante. Tampoco había oído hablar de venta de información.

—Entonces ¿para qué reunirlo todo?

Valdemora volvió a mirarlo.

—Hay personas que coleccionan objetos y otras a las que les interesa reconstruir respuestas.

La frase podía ser una manera elegante de proteger la obsesión privada de un cliente.

También podía ser exactamente cierta.

Mauro insistió en que quería hablar con esa persona.

Valdemora prometió transmitir la petición.

Antes de terminar, Mauro cambió de asunto.

—¿Álvaro Riaño sabía que usted estaba buscando estas piezas?

La expresión de Valdemora se modificó apenas.

—Sí.

—¿Hablaron?

—Dos veces.

Riaño conocía la relación y había buscado algunas de las mismas hojas. Sin embargo, según Valdemora, jamás había intentado comprarlas.

—¿Qué quería entonces?

—Verlas.

Aquello encajaba perfectamente con Álvaro.

Quería cotejar documentos y comprobar correspondencias. La posesión no parecía haberle interesado.

Mauro preguntó si habían discutido o si Riaño había recibido alguna amenaza.

Valdemora no conocía nada semejante.

Sí recordó que Álvaro estaba preocupado por la dispersión de las hojas.

—¿Por qué?

Valdemora tardó poco en responder.

—Decía que una hoja separada podía usarse para sostener interpretaciones distintas, pero que cuando las piezas volvían a reunirse era mucho más difícil ignorar lo que realmente contaban.

Mauro permaneció en silencio.

Nada de aquello alteraba la explicación médica de la muerte de Riaño.

Tampoco aparecía una señal de violencia.

Pero por primera vez tenía una parte de su investigación que el cuaderno perdido no había podido conservar.

Álvaro sabía que otras personas seguían aquellos documentos y conocía su presencia en el mercado. También había descubierto que alguien pretendía reunirlos mediante compras. Frente a eso, su método había sido otro: examinar las piezas y comparar lo que cada una permitía demostrar.

Cuando Mauro regresó a Nájera encontró a Sebastián e Irene trabajando.

Dejó sobre la mesa una copia de la tabla que Valdemora le había permitido fotografiar.

Doce números.

Algunos localizados con seguridad y otros todavía dudosos.

Había también huecos que nadie había conseguido completar.

Sebastián estudió la hoja.

—Alguien hizo esta reconstrucción antes que nosotros.

—Sí.

—¿Riaño?

—No. Riaño conocía la búsqueda, pero trabajaba por su cuenta. Valdemora lo hacía para otro cliente.

Irene comprendió lo que implicaba.

No había una sola investigación sobre aquellos documentos. Sebastián e Irene estaban realizando la suya; Álvaro había seguido otra línea antes de morir, y alguien más había contratado profesionales para localizar o adquirir las piezas.

No era necesario imaginar que esas búsquedas estuvieran coordinadas.

Precisamente lo interesante era lo contrario.

Personas distintas habían llegado por caminos independientes al mismo conjunto porque habían comprendido que las hojas adquirían sentido cuando se leían unas junto a otras.

No contenían por separado una revelación espectacular.

Su importancia estaba en las relaciones que permitían establecer entre responsables, entregas y procedencias. Una hoja podía completar lo que otra dejaba abierto, y juntas permitían reconstruir recorridos que aisladas resultaban casi invisibles.

Entre ellos, el del Códice de San Millán.

Mauro señaló la tabla.

—El cliente de Valdemora intentaba comprar las que podía.

Sebastián permaneció en silencio.

Eso no tenía por qué ser siniestro. Un coleccionista podía considerar valioso recomponer un archivo disperso, igual que podía hacerlo una institución o un investigador con recursos propios.

El problema era otro.

Si suficiente documentación terminaba reunida dentro de una colección privada y dejaba de ser accesible, la procedencia podía reconstruirse para una sola persona mientras volvía a desaparecer para todos los demás.

Irene señaló los espacios vacíos de la tabla.

—¿Y si ese cliente consiguió algunas de las hojas que todavía nos faltan?

—Es posible —respondió Mauro.

—Entonces puede saber más que nosotros.

Sebastián observó los números.

—O puede creer que sabe más.

No iba a conceder autoridad histórica a una colección que todavía no habían examinado.

Una hipótesis seguía necesitando pruebas aunque alguien hubiera gastado dinero en reunir los documentos que la sostenían.

Sin embargo, por primera vez tenían delante una voluntad contemporánea paralela claramente identificable.

Alguien estaba intentando recomponer lo que el mercado había dispersado.

La intención todavía no estaba clara.

Y precisamente por eso resultaba importante averiguarla.

Porque separar documentos podía destruir una procedencia.

Pero reunirlos y mantenerlos fuera del alcance de los demás podía acabar produciendo, por un camino completamente distinto, una pérdida muy parecida.