El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 3
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La expresión fuera de registro sobrevivió más tiempo que algunos nombres.

Irene lo descubrió comparando inventarios separados por varias décadas.

En el primero aparecía Cristóbal de Medrano.

En el segundo, su nombre estaba abreviado.

En el tercero había desaparecido.

El volumen seguía figurando como:

volumen en pergamino fuera de registro

Sebastián observó la secuencia.

—Ahí está la degradación.

La persona desaparecía.

La condición permanecía.

El problema era que, sin saber quién respondía y por qué el bien había quedado fuera, la expresión podía terminar convertida en una categoría sin significado preciso.

¿Fuera de qué registro?

¿Por qué?

¿A quién pertenecía?

¿Quién debía responder?

Todas esas respuestas podían perderse mientras la etiqueta sobrevivía.

Irene comparó las versiones.

—En la primera dice que es ajeno.

—Sí.

—En la segunda ya no.

—No.

—Y en la tercera tampoco.

La naturaleza de la propiedad había dejado de explicitarse.

Solo permanecía la excepcionalidad.

Aquello era peligroso.

Un archivero posterior podía interpretar que se trataba simplemente de un volumen no catalogado.

No de un bien procedente de otra institución.

Sebastián recordó el comienzo de la investigación en San Millán.

Otro volumen.

Una unidad que había quedado fuera de la numeración general.

Una descripción que, con el paso del tiempo, dejó de explicar qué había ocurrido.

La misma clase de deterioro documental aparecía ahora en Nájera.

No porque alguien hubiera querido ocultar el libro.

Porque los registros cambiaban.

Irene preguntó:

—¿Tenemos alguna versión de la misma época que todavía diga San Millán?

Inés buscó.

Sí.

Una copia externa conservaba:

Libro antiguo de San Millán, fuera de registro por hallarse en guarda particular.

Sebastián sintió alivio.

Otra vez las omisiones no coincidían.

Una rama perdía la procedencia.

Otra la preservaba.

La identidad conseguía sobrevivir precisamente porque la información estaba distribuida.

Mauro entró con una carpeta.

Había hablado con Inés Arbizu.

—Confirmó algo.

Sebastián levantó la vista.

—¿Qué?

—La cláusula que impedía dividir determinados paquetes de obligaciones antiguas seguía vigente cuando se vendieron las cajas de Valdeterra.

—¿Eso convierte automáticamente la venta en ilícita?

—No. Significa que ciertas piezas podían requerir consentimientos que todavía no encontramos.

—¿Cuántas ramas firmaron?

—Dos.

—Y faltaba una.

—Sí.

Mauro dejó un nombre sobre la mesa:

Eduardo Fontalba.

—Fue el intermediario que organizó la operación.

Sebastián preguntó:

—¿Echevarne trató con él?

—Sí.

—¿Qué documentación le presentó?

—Por ahora sabemos que recibió el inventario simplificado.

—¿El anterior?

—No hay constancia.

La investigación contemporánea avanzaba.

Pero Mauro añadió:

—Hay fotografías de las cajas tomadas antes de la venta.

Irene se acercó.

—¿Quién las hizo?

—Parece que un tasador.

Mauro abrió una imagen.

Sobre una mesa aparecían varios paquetes.

Uno conservaba una etiqueta perfectamente legible:

Obligaciones antiguas — no dividir

Nadie habló.

Irene señaló.

—Entonces la advertencia existía físicamente.

—Sí.

—Antes de que las piezas llegaran al mercado.

—Sí.

Eso elevaba el problema.

Si después aquellas hojas habían terminado vendidas por separado, alguien había ignorado una indicación expresa.

Todavía no sabían quién.

Mauro abrió otra fotografía.

El paquete aparecía ya abierto.

Varias hojas podían reconocerse.

Una era la pieza adquirida por Larraz.

Otra coincidía con un fragmento vendido a un segundo coleccionista.

Una tercera todavía no la conocían.

Sebastián se quedó quieto.

—Estaban juntas.

—Sí.

—Hasta tiempos recientes.

—Sí.

Aquello eliminaba una posibilidad.

Al menos una parte de la fragmentación no era antigua.

Había ocurrido en época moderna.

Irene preguntó:

—¿Sabemos quién las separó?

—No.

—¿Fontalba?

—No sabemos.

—¿Echevarne?

—Tampoco.

Mauro no iba a acusar sin pruebas.

Hacía bien.

Pero el conflicto contemporáneo adquiría por fin una forma concreta.

Un conjunto documental coherente había sido convertido en piezas individuales.

Y al separarlo se había debilitado la información que permitía comprender su procedencia.

Sebastián volvió al códice.

Cristóbal de Medrano seguía siendo el último responsable demostrado.

La referencia final decía:

Debe revisarse su situación antes de nueva salida.

Irene preguntó:

—¿Salida de dónde?

No estaba claro.

Podía significar salida de la casa.

Un traslado fuera de Nájera.

O simplemente un nuevo relevo.

Necesitaban el documento siguiente.

Inés siguió la remisión.

Conducía a un inventario posterior perteneciente a una familia vinculada comercialmente con Cristóbal.

El fondo no se conservaba completo.

Pero sobrevivía un índice:

Bienes recibidos de C. de Medrano — libros y papeles fuera de registro.

Sebastián se inclinó.

—Entonces transfirió varios bienes.

—Parece.

—¿Sabemos si el códice estaba entre ellos?

—Todavía no.

—Necesitamos la relación completa.

Podía conservarse en otro fondo.

Podía haberse perdido.

O podía haber terminado, como tantos documentos del mismo período, en alguna colección privada.

Mauro miró las fotografías del paquete moderno.

—¿Y si parte de esa relación está entre estas piezas?

Sebastián lo miró.

Entonces la investigación histórica y la contemporánea dejarían de avanzar simplemente en paralelo.

Estarían trabajando sobre los mismos documentos.

Irene comprendió.

Las piezas que alguien había separado en tiempos recientes podían contener la relación necesaria para demostrar cómo el códice había dejado la responsabilidad de Cristóbal de Medrano.

No porque el mercado hubiese sabido que alguien buscaba aquel manuscrito.

Sino porque había fragmentado precisamente la documentación que explicaba procedencias.

Mauro guardó las fotografías.

—Voy a intentar reconstruir el paquete entero.

Sebastián regresó al inventario antiguo.

La última línea dedicada al volumen decía:

permanece fuera de registro hasta que se asiente nueva responsabilidad

No estaba perdido.

Tampoco abandonado.

No había sido incorporado a ninguna casa.

Seguía esperando otro nombre.

Y en algún lugar debía existir todavía la escritura, la copia o el fragmento capaz de volver a unir ese nombre con todos los anteriores.

Porque fuera de registro nunca había significado fuera de la historia.

Había significado exactamente lo contrario.

Alguien lo había apartado del inventario ordinario para impedir que pudiera confundirse con aquello que nunca había sido suyo.