El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 3
28%

BLOQUE 3

La señal más importante apareció en un protocolo que ni siquiera mencionaba el códice.

Irene la encontró al comparar fotografías.

La misma línea oblicua.

Los dos puntos.

Pero en lugar de R llevaba otra letra:

C.

Inés buscó la explicación.

No estaba desarrollada en el margen.

Aparecía en un índice auxiliar:

C. — cotejado con relación anterior

Sebastián dejó de escribir.

—Eso es lo que necesitábamos.

Irene asintió.

Antes de determinados relevos, alguien comprobaba la nueva entrega con la documentación precedente.

La verificación no siempre quedaba desarrollada dentro del cuerpo del protocolo.

A veces bastaba una pequeña marca administrativa.

C.

Cotejado.

La misma idea que ya habían encontrado expresada en palabras.

Antes de otra entrega debía comprobarse la relación de procedencia.

Ahora tenían una huella directa de esa verificación.

Sebastián volvió a toda la secuencia.

Sancho Martínez.

Diego de Arce.

Bernardo de Villamediana.

Gonzalo López de Haro.

Martín de Soria.

Pedro de Arenzana.

Rodrigo de Cañas.

Bernardo Riaño.

García de Azofra.

Juan Alonso de Briones.

María de Briones.

Fernando de Navarrete.

Esteban de Torremontalbo.

Inés recuperó las copias donde los márgenes seguían visibles.

No todas los conservaban.

Algunas eran transcripciones posteriores.

Pero encontraron una C junto a la entrega de Diego.

Otra en el relevo de Martín.

Otra junto a Pedro.

La copia de Bernardo Riaño había perdido precisamente esa zona.

La de García conservaba:

C.

La de María también.

C.

Sebastián permaneció mirando.

—La procedencia fue comprobada una y otra vez durante generaciones.

Irene asintió.

—Sí.

—No estamos reconstruyendo continuidad solamente porque las descripciones coincidan.

—No.

Las propias personas que habían formalizado los relevos habían verificado documentación anterior.

Eso daba otra fuerza a la cadena.

No era únicamente una reconstrucción moderna construida sobre semejanzas.

Existían señales internas de control.

Mauro observó.

—Entonces mientras aparezca C, seguimos teniendo continuidad documental.

Sebastián respondió:

—Mientras podamos demostrar qué fue cotejado y con qué, sí.

—¿Y cuando desaparezca?

Nadie contestó.

Esa era precisamente la pregunta.

Buscaron la escritura de Fernando a Esteban.

La señal estaba.

C.

Después:

R.

Cotejo realizado.

Relevo asentado.

Esteban había recibido el volumen con la continuidad documental verificada.

Sebastián pidió el siguiente acto.

Inés encontró una referencia a un movimiento posterior.

Todavía no era una entrega.

Era una preparación.

La copia no tenía C.

Irene señaló:

—Puede ser simplemente porque todavía no habían cotejado.

Más abajo aparecía:

pendiente de cotejo

Sebastián se quedó quieto.

—Exactamente.

El libro podía estar preparado para moverse.

Pero la documentación todavía no había sido comprobada.

Eso confirmaba el orden.

Primero el cotejo.

Después la entrega.

Mauro preguntó:

—¿Quién iba a recibirlo?

El nombre estaba incompleto:

Lorenzo de...

La pérdida era física.

El apellido no sobrevivía en aquella copia.

Inés buscó el protocolo posterior.

No pertenecía al mismo fondo.

Otra escribanía.

Sebastián preguntó:

—¿Quién?

Francisco de Viguera.

La cadena volvía a dispersarse.

Cada cambio de escribano aumentaba el riesgo de que alguien, siglos después, perdiera el hilo.

Pero las señales podían permitir reconstruirlo.

Si la C aparecía también en documentos de Viguera, el cotejo no sería una costumbre particular de una sola escribanía.

Inés encontró una entrada.

Mismo bien.

Descripción abreviada.

Otro receptor.

Y en el margen:

C.

Irene sonrió.

—Entonces se repite.

—Sí.

No necesariamente bajo idénticas fórmulas en toda Nájera.

Pero al menos distintas escribanías registraban que la obligación previa había sido cotejada.

El receptor aparecía completo:

Lorenzo de Santurde.

Mauro lo anotó.

—¿Quién era?

Inés buscó.

Aparecía poco.

Una compraventa.

Una deuda.

Una representación.

Nada que explicara de inmediato por qué había sido elegido.

Sebastián sintió una incomodidad.

Era el primer responsable de la secuencia cuya idoneidad no podían justificar rápidamente por experiencia conocida.

Irene preguntó:

—¿La escritura dice quién lo propone?

Sebastián leyó.

No.

Solo:

persona señalada en la relación presentada

Mauro preguntó:

—¿Qué relación?

Una relación separada.

No estaba conservada dentro de esa escribanía.

Sebastián permaneció en silencio.

Por primera vez, un responsable aparecía escogido mediante un documento externo que ellos no poseían.

Eso ampliaba otra vez el problema.

No bastaba con seguir protocolos notariales.

Existían relaciones auxiliares que podían contener las razones de selección.

Mauro preguntó:

—¿Hay referencia a esa relación?

Inés buscó.

Encontró:

véase relación de personas suficientes conservada en archivo de Santa María

Todos la miraron.

Inés negó lentamente.

—No recuerdo ninguna serie catalogada con ese nombre.

Sebastián respondió:

—Probablemente ya no se llame así.

Buscaron en los inventarios de Santa María.

No apareció ninguna serie titulada personas suficientes.

Sí encontraron:

papeles sobre encargados de bienes ajenos

Sebastián se quedó quieto.

No era una lista secreta de responsables.

Ni quería tratarla como tal.

Podía contener personas relacionadas con todo tipo de bienes.

Pero la remisión desde el protocolo de Lorenzo era directa.

La signatura antigua coincidía con la referencia conservada en Santa María.

Irene dijo:

—Entonces tenemos que verla.

Inés asintió.

Mauro cerró su carpeta.

—¿Qué esperan encontrar?

Sebastián miró la C junto al relevo de Lorenzo.

—No lo sé.

—Por una vez.

—Pero sabemos qué no deberíamos encontrar.

Mauro levantó una ceja.

—¿Qué?

—Una lista secreta de custodios.

Irene sonrió.

Nada en la documentación apuntaba hacia algo semejante.

Lo más probable era encontrar algo mucho más ordinario.

Personas consideradas capaces de responder por bienes ajenos.

Administradores.

Comerciantes.

Escribanos.

Propietarios.

Hombres o mujeres cuya reputación permitía confiarles una obligación.

Y entre esos papeles quizá sobreviviera la razón concreta por la que Lorenzo de Santurde había recibido el volumen.

Sebastián volvió a mirar las marcas:

la línea oblicua,

los dos puntos,

la C,

la R.

No eran símbolos de una fraternidad.

Eran la memoria burocrática de un procedimiento.

Pequeñas señales creadas para que otros supieran que una obligación seguía abierta, había sido cotejada o ya había pasado a otra persona.

Siglos después, aquellas marcas permitían reconstruir lo que las descripciones incompletas ya no podían explicar.

Sebastián comprendió entonces que, antes de buscar grandes relaciones de manuscritos, tenían que aprender a leer la parte más humilde de los archivos.

Los márgenes.

Porque allí, casi sin llamar la atención, alguien había dejado constancia de que la responsabilidad continuaba.