El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 2
27%

BLOQUE 2

Las señales no pertenecían únicamente al códice.

Eso quedó claro antes del mediodía.

Inés reunió cuarenta y tres protocolos correspondientes a una franja temporal aproximada y separó aquellos donde aparecía la marca.

Había doce.

Sebastián pidió no conocer su contenido antes de revisarlos.

No quería seleccionar únicamente aquello que confirmara su hipótesis.

El primero afectaba a una arqueta.

El segundo, a dinero conservado bajo tutela.

El tercero, a un libro.

Otro contenía documentación familiar.

Después aparecían dos libros, escrituras privadas, bienes de una persona ausente y varios depósitos de naturaleza diferente.

No existía una categoría material única.

La señal no identificaba manuscritos.

Tampoco objetos religiosos.

Aparecía en obligaciones capaces de continuar más allá del primer receptor.

Aquello parecía cada vez más claro.

Irene dijo:

—Entonces no estamos siguiendo una práctica creada para libros.

—No desde el punto de vista jurídico.

—Estamos siguiendo una práctica de responsabilidad.

—Sí.

Eso era mucho mejor.

Permitía explicar todo lo anterior sin inventar una institución específica.

Los libros se manejaban mediante herramientas jurídicas que podían aplicarse también a otros bienes.

La particularidad del códice estaba en la duración.

Había permanecido fuera durante tanto tiempo que la obligación exigió numerosos relevos.

Mauro observó:

—Entonces empieza dentro de una práctica normal y se vuelve excepcional porque nunca termina.

Sebastián asintió.

—Eso es lo que la documentación sugiere hasta ahora.

Inés señaló tres protocolos marcados donde aparecían libros.

No procedían del mismo lugar.

Uno pertenecía a una iglesia.

Otro a una casa privada.

El tercero tenía una procedencia mal conservada.

En los tres existían relevos posteriores.

Uno había vuelto a su lugar de origen.

Otro terminaba con una devolución varios años después.

El tercero desaparecía de los protocolos conocidos.

Sebastián revisó ese último.

La descripción decía:

Libro de pergamino con cubierta oscura.

No era el códice.

La fecha tampoco coincidía.

Pero había pasado por cuatro responsables.

Después aparecía:

continúa bajo guarda fuera de la villa

Irene preguntó:

—¿Fuera de Nájera?

—Sí.

—¿Dónde?

No lo decía.

Mauro sonrió.

—Personas antes que lugares.

Sebastián no respondió.

La frase empezaba a repetirse demasiado como para usarla sin matices.

Algunas escrituras daban destinos.

Otras no.

Dependía de la función del documento.

Inés encontró entonces dos versiones de otro relevo.

El original notarial decía únicamente que determinado libro quedaba bajo responsabilidad de una persona.

Una copia doméstica añadía:

en su casa de Navarrete

Sebastián se quedó quieto.

—Esto importa.

Irene asintió.

—El protocolo conserva quién responde.

—Sí.

—La copia doméstica conserva dónde está.

—Exactamente.

Otra vez dos documentos que respondían a necesidades distintas.

El escribano debía identificar al responsable.

La familia quería saber dónde estaba físicamente el bien.

Irene dijo:

—Entonces no hay que decidir cuál versión es correcta.

—No.

—Hay que entender para qué se hizo cada una.

Sebastián asintió.

Los documentos no mentían necesariamente cuando omitían información.

Seleccionaban lo que resultaba útil para su función.

El error aparecía siglos después, cuando una omisión se interpretaba como si aquello que no se había escrito nunca hubiera existido.

Inés encontró otra señal vinculada con Esteban de Torremontalbo.

No pertenecía al códice.

Era anterior.

Esteban había recibido papeles y un pequeño libro pertenecientes a un pariente ausente.

Eso demostraba que ya tenía experiencia en obligaciones semejantes.

Irene dijo:

—Otra persona acostumbrada a responder por bienes ajenos.

—Sí.

Sebastián empezó a ver un rasgo compartido entre varios responsables.

No la profesión.

Tampoco el apellido.

Ni la pertenencia religiosa.

Experiencia.

Personas que ya habían demostrado capacidad para manejar bienes de terceros.

Irene dijo:

—Quizá “persona de confianza” no significaba solamente alguien conocido.

Sebastián la miró.

—¿Qué proponés?

—Alguien que ya hubiera demostrado que sabía responder.

Sebastián pensó.

—Eso se puede comprobar.

Inés revisó los antecedentes de Esteban.

Había recibido bienes ajenos en dos ocasiones anteriores.

En ambas existía constancia de devolución correcta.

Irene señaló.

—Eso explica por qué Fernando pudo elegirlo.

—Puede explicarlo.

Sebastián regresó a la escritura.

Y allí estaba:

por haber dado buena cuenta de otros bienes puestos antes en su poder

Sebastián sonrió.

—Ahora sí.

La selección no había sido arbitraria.

Esteban tenía antecedentes de cumplimiento.

La cadena se volvía menos misteriosa con cada documento.

Y más humana.

No necesitaba una organización.

Necesitaba reputación.

Personas capaces de responder.

Mauro regresó de una llamada.

—Tenemos un problema con la venta de Valdeterra.

Sebastián levantó la vista.

—¿Qué encontró Inés Arbizu?

—La versión anterior del inventario de la sucesión tiene firmas de tres ramas hereditarias.

—¿Y el acta de venta?

—Dos.

Irene se quedó quieta.

—Falta una.

—Sí.

Mauro explicó que una de las ramas sostenía no haber autorizado nunca la salida de determinados papeles pertenecientes a un fondo todavía indiviso.

Sebastián preguntó:

—¿Eso invalida la operación?

—No automáticamente. Depende de la titularidad efectiva de las cajas, de los poderes otorgados y de qué documentación pertenecía a cada rama.

—Pero ya no es solamente una mala descripción.

—No.

Por primera vez aparecía un problema jurídico contemporáneo serio.

No probaba robo.

Tampoco falsificación.

Pero podía significar que parte del lote se había vendido sin autorización suficiente.

Sebastián preguntó:

—¿Echevarne conocía esa situación?

—No tenemos ningún indicio de eso.

—¿El intermediario?

—Lo estamos comprobando.

Sebastián volvió a los protocolos antiguos.

La ironía era difícil de ignorar.

Siglos atrás, los documentos habían distinguido cuidadosamente quién tenía un bien y quién era su propietario.

En el presente, alguien podía haber vendido como parte de un patrimonio familiar documentos que el propio archivo histórico clasificaba como ajenos.