BLOQUE 3
El sello no era heráldico.
Eso sorprendió a Mauro.
Habían llegado esperando encontrar algún escudo de la casa.
No fue así.
La marca utilizada sobre la documentación de bienes externos era mucho más simple.
Un sello administrativo.
Pequeño.
Sin pretensión alguna.
La propiedad donde se conservaban las cajas pertenecía todavía a una rama descendiente de los antiguos Valdeterra, aunque el apellido principal se había perdido generaciones atrás.
Inés Arbizu los recibió junto con un representante de la familia.
No era una mansión detenida en el tiempo.
Había reformas.
Muebles contemporáneos.
Habitaciones utilizadas.
El archivo ocupaba una dependencia acondicionada.
Aquello tranquilizó a Sebastián.
Nada de cámaras ocultas.
Nada de espacios olvidados detrás de un muro.
Solo cajas conservadas porque nadie había decidido todavía qué destino darles.
El representante familiar se llamaba Álvaro Mendívil.
Rondaba los sesenta años y parecía más preocupado por la posibilidad de una irregularidad patrimonial que por el valor histórico de los papeles.
—Cuando se vendieron las otras cajas, yo no participaba en la gestión —explicó—. Si había documentación que no debía venderse, quiero saberlo.
Mauro respondió:
—Todavía no estamos afirmando que la hubiera.
—La abogada dice que es posible.
—Sí. Posible.
Sebastián se mantuvo fuera de la discusión jurídica.
Su interés estaba en el archivo.
Irene empezó por examinar el estado material de las cajas.
Se conservaban mejor de lo esperado.
No todas.
Algunas hojas mostraban humedad antigua.
Otras estaban plegadas.
Pero los paquetes seguían relativamente organizados.
El primer grupo no aportó nada.
El segundo tampoco.
El tercero llevaba una etiqueta:
Obligaciones de administradores.
Sebastián se acercó.
Dentro aparecieron nombres conocidos.
Bernardo de Villamediana.
Gonzalo López de Haro.
Martín de Soria.
No estaban reunidos porque alguien moderno hubiera intentado reconstruir el recorrido del códice.
Aparecían dentro de escrituras distintas pertenecientes a la administración ordinaria.
Irene dijo:
—Esto no lo armó ningún investigador.
—No.
—Es la documentación de la casa.
—Exactamente.
Eso era mucho más importante.
Los nombres que ellos habían reconstruido desde archivos diferentes habían formado realmente parte de un mismo universo administrativo.
No como propietarios del volumen.
Como personas relacionadas con bienes ajenos.
Inés Montalbán encontró una hoja pequeña.
—Acá está la clave.
Era una relación de abreviaturas empleadas en el inventario.
Sebastián buscó.
D. — Devuelto.
T. — Transferido.
R. — Responsabilidad relevada.
Irene levantó la vista.
—Entonces la R junto al códice...
—Indica que Bernardo dejó de responder por él.
—Y otro asumió.
—Sí.
Nada misterioso.
Solo administración.
Pero aquella letra demostraba que la casa había registrado el cambio como un relevo de responsabilidad.
No como la salida de un bien propio.
Sebastián siguió las entradas.
Aparecía:
Libro grande en pergamino — responsabilidad relevada a G. L. H. según escritura.
Después:
guarda posteriormente a M. S.
Más abajo:
P. A.
Pedro de Arenzana.
Y finalmente:
R. C.
Rodrigo de Cañas.
Mauro se acercó.
—Todo junto.
Sebastián asintió.
Por primera vez tenían una secuencia continua preservada dentro de un único fondo.
Ya no dependían exclusivamente de unir protocolos procedentes de lugares diferentes.
La propia casa había seguido los cambios.
Irene observó las fechas.
—Esto continúa después de que el volumen salió físicamente de Valdeterra.
Sebastián se quedó quieto.
Era cierto.
La casa había seguido anotando los responsables posteriores.
Inés Montalbán explicó:
—Bernardo había administrado el bien mientras estuvo bajo control de la casa. No sería extraño que conservaran constancia hasta que la obligación se considerara definitivamente cerrada.
Mauro preguntó:
—¿Hasta que el libro regresara?
—Tal vez. O hasta recibir una constancia suficiente de cierre.
Pero no había cierre.
La última entrada no decía devuelto.
Tampoco finalizado.
Decía:
continúa fuera bajo responsabilidad declarada
Sebastián sintió una familiaridad incómoda.
Aquello recordaba a los registros de San Millán.
No porque pertenecieran a un mismo sistema.
Porque ambas administraciones intentaban resolver un problema semejante.
Cómo recordar un bien ausente sin confundirlo con un bien perdido.
Irene pasó a la siguiente hoja.
Aparecían otros libros.
Uno había sido devuelto.
Otro transferido.
Un tercero continuaba fuera.
Sebastián observó.
—No era el único caso.
Inés respondió:
—Ya habíamos encontrado otros.
—Sí. Pero acá vemos varios seguidos bajo un mismo control administrativo.
Eso añadía peso.
La casa había registrado diferentes bienes librarios ajenos durante períodos distintos.
No procedían todos de San Millán.
Tampoco de la misma institución.
Pero compartían una distinción clara entre conservar y poseer.
Sebastián anotó los casos.
Todavía no quería convertirlos en una estructura general.
Pero la evidencia crecía.
Irene extrajo una carpeta muy fina situada debajo del paquete.
—Esto estaba abajo.
Era una relación posterior.
La primera hoja no mostraba fecha visible.
Al abrirla apareció el mismo sello administrativo.
Y un encabezamiento:
Libros que permanecen fuera de la casa después de cesar la responsabilidad directa.
Sebastián se quedó inmóvil.
Había cuatro entradas.
La segunda correspondía al volumen:
Libro grande de pergamino procedente de San Millán.
Más abajo:
en guarda de Rodrigo de Cañas según última escritura recibida
Eso confirmaba nuevamente la línea.
Pero la siguiente frase era todavía más importante:
Deberá mantenerse noticia de su entrega mientras no conste restitución o nueva responsabilidad.
Mauro leyó sobre su hombro.
—Entonces Valdeterra seguía esperando información.
—Sí.
—Aunque ya no tuviera el libro.
—Sí.
—Ni fuera responsable.
—Exactamente.
Sebastián comprendió mejor por qué existían tantas ramas documentales.
Cada persona o institución que había intervenido podía conservar sus propios registros.
No existía un archivo central.
Existían memorias superpuestas.
Irene pasó la hoja.
Rodrigo aparecía otra vez.
Después una fecha.
Y una nueva anotación:
se recibió aviso de nueva entrega
Sebastián se acercó.
—¿A quién?
La hoja había sufrido una antigua mancha de humedad.
La tinta del nombre estaba desplazada.
Solo sobrevivía:
...án Ria...
Nadie habló.
Sebastián observó la línea.
Podía corresponder a más de un nombre.
El apellido tampoco estaba todavía completo.
Irene examinó la superficie.
—No está raspado.
—¿Humedad?
—Sí. Antigua.
La tinta había migrado.
Había trazos parcialmente visibles.
Sebastián preguntó:
—¿Puede recuperarse algo más con fotografía?
—Quizá. Sin intervenir.
Mauro lo miró.
—¿Ahora puedo decir Bernardo Riaño?
Sebastián negó.
—No.
—Tenemos “...án Ria...”.
—Y eso no basta.
—Álvaro investigaba a un Bernardo Riaño.
—Eso vuelve la hipótesis más interesante. No la convierte en lectura.
Irene sonrió apenas.
—Todavía.
Preparó una serie de fotografías con iluminación oblicua.
En una de ellas el apellido empezó a definirse mejor.
Ria...
Después una letra curva.
Luego otro trazo.
Mauro se inclinó.
—¿Una ñ?
Irene cambió el ángulo.
La grafía se aclaró.
Sebastián leyó.
Riaño.
Esta vez no corrigió a Mauro.
El apellido podía darse por establecido.
Faltaba el nombre.
La primera parte seguía deteriorada.
Solo conservaba el final:
...án Riaño.
Bernardo podía terminar así.
También otros nombres.
Sebastián miró la fecha.
Después la secuencia.
Luego recordó la nota de Álvaro Riaño:
No asumir parentesco.
No iba a completar el documento por coincidencia.
Pero el hallazgo cambiaba algo.
El apellido ya no aparecía únicamente en una libreta moderna.
Tampoco en una anotación aislada.
Figuraba dentro del registro que Valdeterra había mantenido para saber quién respondía por el volumen cuando la casa ya no lo tenía físicamente.
Sebastián volvió a observar la línea dañada.
...án Riaño.
Todavía no podían decir quién era.
Pero por primera vez podían demostrar que alguien con ese apellido había entrado en la cadena histórica del códice.